La encuadernadora de Oxford Capítulo 13
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Capítulo 13

Cuando desperté, entraba una intensa luz por la ventana y enseguida me di cuenta de que había perdido el primer tren de la mañana y, probablemente, también el segundo. Me levanté de la cama de inmediato y desperté a Charlie.

–¿A qué viene tanta prisa? –me preguntó.

–Tengo que volver a la librería de mi padre. He de trabajar. –Me vestí a todo correr (el corsé, la enagua, la blusa) mientras él encendía un cigarrillo y me observaba desde la cama con un brazo por detrás de la cabeza.

–Me gustaría volver a verte –dijo.

Sonreí mientras me abrochaba la falda.

–Ah, ¿sí?

–Si es que aún te sirvo de algo, claro está.

Cuando ya solo me faltaba la chaqueta, me volví hacia el espejo que había colgado encima de la cómoda e intenté recomponerme el pelo.

–Imagino que no tendrás un cepillo.

Charlie abrió un cajón de la mesita de noche y me tendió un peine. Con él apenas conseguí parecer respetable, pero el tiempo corría y así tendría que ser.

–¿Cuándo vas a volver a Londres? –me preguntó.

–No lo sé.

Se sentó en la cama y empezó a balancear las piernas.

–¿Vendrás a visitarme?

–Lo intentaré.

Comprobé que el libro estuviera en la cartera y me puse los zapatos. Me incliné para besarlo y él intentó atraerme de vuelta a la cama. Parte de mí ansiaba permitírselo.

La planta baja estaba en silencio; el señor Grieves no había llegado aún.

Charlie se había puesto la camisa y los pantalones y me acompañó para abrir la puerta.

El reloj que tenían en la pared señalaba las diez y media y me dio un vuelco el corazón.

Iba a llegar tardísimo y no sabía qué le diría a mi padre.

Me despedí de Charlie con un beso y la promesa de volver a vernos algún día.

Cogí un cabriolé a la estación de Paddington y subí al tren de Oxford justo cuando este hacía sonar el silbato.

Tardé tres horas en llegar. Mi intención era la de examinar el Devoción , pero los esfuerzos del día anterior me habían pasado factura y dormí prácticamente todo el trayecto, hasta que me despertó el revisor cuando llegamos a Oxford.

Nada más bajar del tren corrí hacia casa, aunque la mañana había pasado y la tarde empezaba ya.

Llegué a la librería cerca de las dos y media y me topé con un grupo de personas…

que no eran clientes: mi padre; el señor Caxton intentando calmarlo; la señora Hawes, de la puerta de al lado, y el agente de policía Bolton, conocido de mi padre, pero por nada bueno.

El hombre, que había envejecido mucho y tenía el bigote blanco, me había detenido en una ocasión por alteración del orden público.

Harry y yo, presas de nuestra salvaje juventud, habíamos atacado al portero de Christchurch con huevos…

–¡Lilian! –gritó mi padre–. Por amor de Dios, ¿dónde estabas?

Miré al señor Caxton a los ojos y vi lo preocupado que estaba.

–En Londres –respondí–. Anoche perdí el último tren.

Me dio la sensación de que la señora Hawes estaba entusiasmada por el aspecto con el que me veía.

La mujer era la cotilla de la calle Victor, un vieja ricachona que no tenía nada más con lo que pasar el tiempo.

Di por hecho que, teniendo en cuenta cómo llevaba el pelo, lo arrugado que estaba mi vestido y el calor que aún sentía en las mejillas, la mujer sabía exactamente lo que había sucedido. Las mujeres suelen saberlo.

–¡En Londres! ¡Por todos los cielos, una mujer soltera sola en Londres! –graznó.

–Señorita Delaney –empezó a decir el agente Bolton con aquel tono de voz suyo que parecía un zumbido–: me alegro de ver que está usted sana y salva. Espero que no se haya metido en ningún problema.

–Por supuesto que no me he metido en ningún problema –respondí un poco tensa al ver que me estaba juzgando.

Me acerqué a mi padre y le cogí la mano. El hombre era una sombra de quien había sido y tenía la preocupación grabada a fuego en el rostro. He de admitir que me alegré de que así fuera; me alegré de ver que aún se preocupaba por mí.

–Lo siento. Cogí una habitación y estaba tan cansada que me he quedado dormida y he acabado cogiendo el tren de las once en punto. Pero estoy bien.

Mi padre abrió los ojos de par en par.

–¡Excepto por eso! ¿¡Qué te ha pasado!? –dijo señalando mi cabeza.

Mi padre se refería al corte que tenía en la frente y que se me había olvidado ocultar esa mañana. Me maldije por mi descuido. La señora Hawes fingió preocupación por mí y al señor Caxton no me atrevía a mirarlo; me resultaba sospechoso que permaneciera tan callado.

–Oh…, no es nada –le respondí–. Tropecé y me golpeé en la cabeza.

Esperaba haber sonado convincente, pero no las tenía todas conmigo.

Bolton se dirigió a mi padre:

–Bueno, pues ya está aclarado el asunto, así que no creo que mi presencia siga siendo necesaria.

Mi padre le estrechó la mano.

–Gracias, Bill.

Bolton se detuvo a mi lado antes de marcharse y me dijo:

–Señorita Delaney, le sugiero que la próxima vez que pretenda pasar la noche en Londres, avise a su padre con antelación.

–Sí, señor –musité educada, aunque no sentía simpatía alguna por él. Recordé cómo se había comportado cuando me arrestó. Recordé que había intentado liberarme de él porque me agarraba con mucha fuerza por las muñecas y la forma en que se rio de mí, que no era sino una niña de catorce años.

Por fin se marchó y sentí como si en la librería se pudiera respirar mejor.

–Ay, Lilian, querida –empezó la señora Hawes, y chasqueó la lengua–, ¡menudo susto le has dado a tu padre!

–Lo siento –repetí–. Gracias por venir a asistirlo, señora Hawes.

–¿Les apetece un té? ¿Preparo una tetera? –preguntó la mujer.

Fue el señor Caxton quien respondió:

–Creo que deberíamos dejarlos a solas, señora Hawes. Los Delaney tienen que abrir la librería. Venga, marchémonos.

Y la cogió del brazo a pesar de las protestas en tono agudo de la mujer. Cuando el señor Caxton se despidió de mí, ni siquiera me miró a los ojos:

–Nos vemos el lunes, señorita Delaney.

Noté que se me partía el corazón por el tono de voz que había utilizado. Por la falta de brillo. Por la decepción que transmitía.

–Sí, señor Caxton.

Una vez que se fueron y mi padre y yo nos quedamos solos, volví a dirigirme a él:

–Lo siento, padre. No pretendía preocuparte.

Le temblaban las manos y las cerró con fuerza y de manera que yo lo viera.

–Ahora eres adulta, lo acepto, pero has llegado tarde a trabajar. Te necesitaba aquí para que abrieras la librería mientras yo iba a la subasta.

Sentí como si me hubieran impactado con una bola de cañón en el pecho.

–No estabas preocupado por mí, ¿verdad?

–Tenía negocios que atender y no he podido hacerlo porque tú andabas callejeando Dios sabe dónde.

La rabia fue haciéndose fuerte en mi interior y me dieron ganas de darle rienda suelta; de plantarle en la cara todo lo que llevaba callándome tantos años…

, pero lo vi temblar. Tanto la piel como el aliento le olían a alcohol.

Ya estaba roto. No podía hacerle nada peor de lo que ya se había hecho él a sí mismo.

–Tienes razón –dije al tiempo que dejaba ir mi rabia–. Voy a ponerme a trabajar.

Subí a mi habitación a cambiarme sin esperar que mi padre dijera ninguna otra palabra.

Dejé la cartera en el escritorio y se abrió y quedó a la vista el lomo del Devoción .

Lo miré durante un momento y de repente sentí que me producía un arranque de ira.

Deseé no haber sabido nada de aquel libro quemado, no haber encontrado la carta.

Lo uno y lo otro no me habían causado sino dolor y pena.

Recordé el atraco en el pasaje Cecil, me toqué el corte de la frente y volví a ver la expresión del señor Caxton y a oír su tono de voz cuando se dirigió a mí.

Me resultaba insoportable. Saqué el libro de la cartera y lo guardé en el cajón donde tenía el Granuja , fuera de la vista.

Me cambié, me lavé la cara a toda prisa y bajé las escaleras.

Mi padre estaba en la oficina, con la puerta cerrada, y yo me puse con mis quehaceres con una diligencia nacida de la sensación de culpa.

Ordené, barrí, me encargué de los envíos, ayudé a los clientes –aunque apenas entró nadie– y a las cinco en punto cerré la librería.

Preparé la cena para los dos y, cuando llamé a la puerta de la oficina para avisarlo, mi padre me dijo que se la dejara fuera.

Cené sola y triste en mi habitación, esforzándome por encontrar en mi interior la fuerza suficiente para llegar hasta la hora de acostarme.

No pude evitar pensar en Charlie. Me pregunté qué estaría haciendo, si andaría por el West End, conquistando a otra chica.

Sentí un pinchazo de celos y, mientras miraba por la ventana la oscuridad de la calle Victor, recordé punto por punto la noche que habíamos pasado.

Volví a sentir sus manos, su pelo, su olor…

, la manera sorprendentemente agradable que tenía de comportarse.

Recordé nuestras risas y cómo me había quedado dormida a su lado.

No estaba segura de lo que aquello significaba…

, de en qué podría convertirse…, o si iba a convertirse en algo siquiera.

No era amor…, no, al menos, todavía, pero compartir la cama con alguien siempre significaba algo, quisiera uno o no.

Miré el cajón en el que había dejado ambos libros: el quemado Granuja y el prístino A él con devoción tal . Recordé que debajo de las guardas del segundo había notado algo. Puede que no fuera sino papel reutilizado. ¿Qué posibilidades había de que en aquel libro también hubiera una carta escondida?