La encuadernadora de Oxford Capítulo 12
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Capítulo 12

Llegaba tarde a Salisbury, pero no mucho, y, mientras me acercaba, vi a Charlie, una figura alta, dando vueltas frente a la puerta.

Tenía las manos metidas en los bolsillos, llevaba una cartera de cuero al hombro y se había puesto una bufanda para protegerse del frío.

Me quedé mirándolo un momento. Consultó su reloj, sin duda, preguntándose si realmente aparecería.

Era atractivo, con aquel pelo revuelto y su aspecto desaliñado.

Harry no era así. Se apoderaron de mí una serie de pensamientos amargos y apenas me enfrenté a ellos.

Reviví la discusión que habíamos tenido el día anterior y, de pronto, me di cuenta de que había echado a andar a buen paso hacia aquel otro hombre.

Hacia aquel que no sabía nada de mí ni de quién había sido.

Charlie me vio y una amplia sonrisa iluminó su cara.

–¡Lilian! –exclamó mientras me saludaba con la mano.

Crucé la calle en dirección a él y decidí que lo mejor que podía hacer era relajarme.

–Ha habido un momento en que pensé que no vendrías. ¿Qué tal la cabeza?

–Sigo teniéndola sobre los hombros –respondí, y me quedé mirando su cartera de cuero–. ¿Ahí llevas lo que yo creo?

–¡Directa al grano! Es algo que me gusta en las mujeres. –Sonrió y me ofreció el brazo.

–No será usted un calavera, ¿verdad, señor…? –le pregunté mientras lo cogía del brazo.

–Cutter. Charlie Cutter. Nacido en Hastings y criado en Londres.

Fuimos a un restaurante pequeño y famoso por sus carnes asadas y sus pasteles de frutas. El sitio era acogedor y estaba lleno, pero Charlie me explicó que conocía a alguien y enseguida nos llevaron a una mesa tranquila en un rincón muy acogedor.

–He pensado que querrías tener algo de privacidad mientras tratábamos este asunto –me dijo, tras lo que me ofreció una sonrisa a la que no pude sino responder con una de las mías.

Miró a uno y otro lado de manera muy teatral para comprobar que nadie estuviera observándonos y se puso la cartera de cuero en el regazo.

Sacó el libro y me lo entregó. Era como volver a tener delante el Granuja , pero completo y sin daños.

El cuero estaba limpio, teñido de aquel púrpura oscuro, casi negro.

El lomo estaba muy poco decorado; aparecían en él tan solo el título y el autor en papel de aluminio: A él con devoción tal , de Abel Bell.

Dos libros, dos títulos que sugerían amor y aventura.

Lo abrí y fui a la primera página. Sencillo, prístino.

Los editores, Montague y Cliff, radicados en Mánchester, y el libro publicado en 1850.

La emoción se apoderó de mí. Fui a la guarda delantera y pasé la mano por ella, por donde había estado la carta en el Granuja .

Sentí una pequeña subida justo antes de que la guarda se encontrara con el cuero; una subida que no debería estar ahí. Había algo debajo.

–¿Es lo que esperabas?

La pregunta de Charlie hizo que recordara dónde estaba.

–Eso creo.

–¡Pues eso hay que celebrarlo! ¡Ginebra con benedictino y carne asada!

Charlie se levantó y fue a la barra a pedir mientras yo pasaba las manos por cada milímetro del libro palpando cada junta, cada doblez.

Estaba a punto de sacar la chifla de la cartera y a empezar a rajar el libro para descubrir sus secretos cuando Charlie regresó con las dos ginebras y levantó la suya para brindar.

Su encanto era contagioso, pero, aun así, me costó guardar el Devoción en la cartera y coger el vaso.

–Por los libros y por quienes los aman –dijo Charlie, y brindamos.

A medida que la ginebra calentaba mi interior, notaba cómo me iba soltando.

–¿Cuánto tiempo llevas con el señor Grieves?

Charlie ladeó la cabeza de uno a otro lado como si estuviera sopesándolo.

–Un año, más o menos.

–Y ¿es bueno contigo?

Se rio.

–El bueno de Edmund no es bueno con nadie. Ya no.

–¿Era eso lo que no querías decirme el otro día?

–Vas a tener que invitarme a otro trago antes de que me ponga a cantar sobre ese asunto.

Sonreí.

–Me alegro de estar aquí –comenté.

Charlie levantó una ceja.

–Señorita Delaney, no sé qué es lo que intenta decir.

–Hablo de un acuerdo comercial, por supuesto. –Puse los codos en la mesa–. Tú tienes la información que quiero y, si me cuesta unas cuantas ginebras más conseguirla, me parece una buena inversión.

Me miró con esa sonrisa suya, poniendo esa mirada traviesa, y llamó al camarero para pedir dos ginebras más.

–Tú pregunta y ya veré yo si estoy lo bastante borracho para responder.

Me recosté y le di un sorbo a la ginebra.

–¿Cuándo empezó a recopilar estos libros el señor Grieves?

–Ya tenía el que está quemado cuando yo entré a trabajar para él. Los otros dos llegaron poco después.

–Y ¿cuándo se torció el trato?

–Hace unos seis meses. El señor Grieves no conseguía encontrar más libros y el comprador no se lo tomó bien; no sé si sabes por dónde voy. Incluso lo amenazó.

Me lo podía imaginar. Puede que el hombre del bombín marrón trabajara para esa persona, que seguía buscando los libros y estaba dispuesta a conseguirlos a toda costa.

–¿Quién era el comprador?

Llegaron las bebidas y Charlie se tomó la mitad de la suya de un solo trago.

–Eso no lo sé. Toda la comunicación se hacía por carta. No creo que el tipo en cuestión pasara jamás por la librería. Lo que me contó Edmund es que el comprador había pagado una fortuna por los libros.

Permanecí callada un rato, asimilando la información, mientras daba golpecitos con el dedo en el borde del vaso.

–No lo entiendo –dije en un momento dado–. Estos libros no son sino novelas románticas y de aventuras…, que ni siquiera están bien escritas. No tienen valor para un coleccionista y la encuadernación es sencilla. ¿Por qué iba a pagar alguien tanto dinero por ellos?

Charlie se encogió de hombros y me di cuenta de que se había acabado su segunda ginebra. Apuré la mía para ponerme a su altura.

–Ojalá lo supiera –respondió–. Puede que la carta que encontraste en el que está quemado tenga algo que ver.

Y, en efecto, así era. Alguien estaba buscando lo que contenían aquellos libros, no los libros en sí. Valoré si confesarle a Charlie que me habían robado la carta, pero quería que siguiera contándome lo que él sabía:

–El señor Grieves no le entregó los libros al comprador, así que ¿por qué molestarse en incluir su destino en el libro de registro?

–Se negó a entregárselos porque decía que el comprador no los merecía, signifique lo que signifique eso, y que él no iba a seguir siendo parte de aquello.

En cuanto a los registros, el señor Grieves es una persona extraña a la que le atormenta que las cosas no estén como deberían, así que, para él, no registrar adónde habían ido esos libros…

era superior a sus fuerzas, ¿entiendes? Creo que le daba igual que el comprador descubriera adónde habían ido los libros, pero quiso ponérselo difícil.

Yo también conocía a hombres obsesivos. Obsesivos tanto en su forma de ser como en cualquier otro detalle.

Mi padre era el primero. Su librería era su obsesión: sus libros, sus baldas y la manera de ordenarlas.

Supuse que el señor Grieves era igual; fastidioso con la manera de registrar los volúmenes y un gran conocedor de su oficio.

Cuando entré en su librería me dio la sensación de que el hombre sabía perfectamente qué libros tenía y dónde estaba cada uno.

–¿Qué le pasó al señor Grieves para que dejara de buscar los libros? –Y añadí–: ¿Has bebido lo suficiente para responder a esa pregunta?

–Alguien que le importaba murió. De mala manera.

Abrí los ojos como platos.

–¿Murió… o lo mataron? ¿Fue el comprador?

Charlie suspiró.

–No lo sé. Nunca habla de ello. Oye, ¿esto de los libros es lo único por lo que has vuelto?

–¿A qué te refieres?

–Si para lo único que te intereso es para cotillear sobre algo que pasó hace meses, ya te he contado todo lo que sé –comentó con los ojos mirando al suelo y el tono plano.

Luego se recostó en la silla, como alejándose de mí–.

Ya tienes el libro, así que ya puedes marcharte. No hace falta que te quedes a cenar.

Le cogí la mano antes de que se pusiera de pie y se marchara.

–Lo siento. Es que… este tema me absorbe. Hay alguien que dice de mí que soy como un perro con un hueso. Tienes razón, quería volver por el libro…, pero también quería verte.

Me miró a los ojos.

–¿De verdad?

–¡Pero que no se te suba a la cabeza! Eres un buen hombre y me has ayudado.

Se acercó a mí.

–¿Solo bueno?

Le aparté la cara.

–¡Pide más ginebra!

–¡Camarero! –gritó.

Llegó la comida y comimos, bebimos y reímos.

Hacía años que no me reía tanto. Olvidé mis preocupaciones; con él, dejaban de existir.

Hablamos de asuntos insustanciales. Se interesó por el vendaje del dedo y le conté lo que había sucedido, pero no que me había pasado porque estaba absorta pensando en él.

Le pregunté por su vida antes de los libros y me habló de sus veranos junto al mar en Hastings, donde aún vivían sus abuelos, aunque no iba a visitarlos tanto como le gustaría.

Yo le hablé de mis veranos en el río, de mi juventud salvaje robando sidra y gastando bromas en el canal.

Me dijo que le costaba creer que yo me hubiera comportado así.

En cambio, él era tal y como me lo había imaginado.

Se me pasó la hora y no me di cuenta de que había perdido el último tren hasta que salimos del restaurante a la gélida noche. Me daba igual. Cogería el primer tren de la mañana y llegaría a la librería antes de las diez.

Charlie se mostró muy galante.

–Deja que te acompañe a la estación.

Puse los ojos en blanco.

–Sabes muy bien que ya no hay trenes.

Estaba borracha, igual que él, pero me sentía muy animada.

Me dolía la cara de tanto reír, pero notaba la mano muy caliente, cogida de la suya, mientras avanzábamos balanceándolas por las animadas calles del West End.

La gente salía de los teatros y en los pubs se oía música y jolgorio.

Era como si todo resplandeciera a la luz de las farolas y daba la sensación de que nadie se percatara de nuestra presencia.

Aunque no es que me hubiera importado; hacía tiempo que me daban igual las miradas y las opiniones de los demás.

Una señorita no debería hacer esto, una señorita no debería hacer lo otro…

La corrección era para aquellos que podían perder posición social y a mí ya no me quedaba nada que perder.

–¿Y qué va a hacer, señorita Delaney? –me preguntó Charlie sonriendo.

¡Qué sonrisa! ¡Qué guapo era!

–Supongo que tendré que buscar algún sitio donde dormir.

Unos borrachos pasaron por nuestro lado y nos obligaron a apartarnos y acabamos en un portal. No recuerdo cómo empezamos a besarnos, pero no solo empezamos, sino que tengo la sensación de que estuvimos haciéndolo durante horas. Sus besos eran firmes, pero no duros, y no sacó las manos a pasear.

–Me pasaría toda la noche besándote –murmuró.

Charlie sabía a ginebra y a cerveza y yo sentía que me estaba emborrachando de él. Dejé de pensar, de preocuparme, y empezó a importarme únicamente qué iba a suceder a continuación.

–¿Vives lejos? –le pregunté.

Negó con la cabeza.

–Pero vas a provocar un escándalo.

–Me da igual. –Adelanté las manos, le cogí la cara y tiré de él y seguimos besándonos.

Charlie tenía una habitación encima de la librería y apenas tardamos unos minutos en llegar.

Sabía que no debería estar haciendo aquello, pero hacía años que había aprendido que mi vida era mía, que mi cuerpo era mío y que podía hacer con él lo que me placiera.

Sentirme así con un hombre al que casi no conocía era mejor que sentir el dolor y el vacío que había soportado durante los años que pasaron desde que mi vida con Harry llegara a aquel final tan abrupto.

Los besos de Charlie se volvieron feroces y los míos se acomodaron a ellos y empujaron lejos los recuerdos de Harry, de lo que había sucedido entre nosotros.

Le acaricié el pelo, la espalda…, llevé las manos a su cinturón.

Las suyas me rodearon las caderas y me acercaron a él y de pronto nos estábamos desnudando.

Maldije que mi vestido tuviera tantos botones, los nudos del corsé y los corchetes.

Al cabo de un rato, libre por fin de todo aquello, salí de mi pila de faldas y me entregué a sus brazos.

Notaba el frío en la piel desnuda, pero él era fuego encima y dentro de mí y decidí esforzarme por que aquel momento durara tanto como fuera posible.