La encuadernadora de Oxford Capítulo 11
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Capítulo 11

El frío se recrudeció y, a medida que la mañana avanzaba y yo trabajaba en el Manual de medicina botánica de Norteamérica , la nieve empezó a empañar las ventanas superiores del taller.

En vez de mi habitual y práctico moño, llevaba el pelo más suelto, con flequillo, para esconder el corte en la frente, y lo único que había hecho el señor Caxton al verme fue enarcar una ceja y preguntarme si tenía algún amorcito por ahí.

«Varios», le respondí, y, aunque se rio, por primera vez no bromeó al respecto.

Tanto Harry como Charlie ocupaban mi pensamiento mientras medía y cortaba las guardas.

Había elegido un papel marmolado de color azul pastel y amarillo que parecía que tuviera acianos y matorrales abstractos.

Mientras doblaba la primera guarda y alisaba el doblez con una plegadera de hueso, pensé en Charlie, en su bonita sonrisa y en lo adulador que era, en lo caliente que tenía la mano cuando se la cogí y en lo lejos que me parecía que quedaba el viernes a pesar de que estuviéramos a jueves.

Mientras medía el segundo papel e iba con él hasta la cuchilla, pensaba en Harry y en todo lo que era, había sido…

y debería haber sido para mí. Eran diablillos gemelos danzando en mi cabeza y, por detrás de ellos, el libro quemado, el misterio que contenía su encuadernación, aquella carta y el hecho de saber que había otros libros del mismo autor encuadernados de igual manera y que alguien los quería…

, y que los quería tan desesperadamente que estaba dispuesto a recurrir a la violencia para conseguirlos.

En ese momento sentí un dolor repentino en el dedo. Gotas de sangre cayeron sobre el papel azul y amarillo y me quedé mirándolo un instante, antes de darme cuenta de que me había cortado la punta del meñique limpiamente.

El señor Caxton llegó a mi lado antes incluso de que lo llamara. Apretó su mano alrededor de mi dedo y, como no tenía otra cosa cerca, cogió una tira de tela de algodón y me envolvió la herida con ella.

–No se preocupe, querida, que no hay encuadernador que se precie que conserve todas las puntas de los dedos.

–No sé lo que ha sucedido… –Aunque me oí decir aquellas palabras, era como si no fuera yo quien las pronunciara.

El señor Caxton me acompañó a mi silla sin dejar de apretar con fuerza mi dedo meñique con la mano para contener la hemorragia.

–Tome –me dijo–, sujete esto mientras voy a por una venda.

Así lo hice. La tela de algodón estaba empapada de sangre y me trajo a la memoria el pañuelo de la mujer del pasaje Cecil; volví a sentir la sangre pegajosa en la frente.

El dedo me latía con fuerza y con cada latido del corazón me llegaba una fuerte sensación de mareo.

El señor Caxton regresó con una botella de brandi y una bolsita.

–Espero que eso sea para mí. –Y señalé la botella con la cabeza.

– Courage! , querida. No soporto ver sangre. –Le dio un trago a la botella y por unos instantes me pareció un estibador o un peón de obra al final de un largo día de trabajo–. A ver, echemos una ojeada.

Con cuidado, retiró la banda de tela del dedo y, como me había quedado la otra mano libre, cogí la botella de brandi y yo también le di un trago. El hombre empezó a limpiarme la herida y, de pronto, esa actitud tan paternal que mostraba conmigo hizo que sintiera curiosidad.

–¿Tiene usted hijos, señor Caxton?

–Nunca me ha interesado. Manchan mucho.

–¿Y esposa? ¿Ha estado casado?

El hombre hizo una pausa de unos instantes en lo que estaba haciendo.

–No, querida. Amo mis libros y poco lugar queda para nada más.

–Y… ¿es suficiente con ellos?

A eso no respondió con palabras; se limitó a esbozar una de esas sonrisas suyas que podía significar de todo o nada en absoluto.

Pensé en mi padre, tan consumido por los libros que iban a acabar enterrándolo y supe, de repente, a pesar de lo mucho que los amaba yo también, que no quería acabar como él.

Esbocé una mueca de dolor mientras el señor Caxton me vendaba el dedo.

–¡Hale, lista! –exclamó al tiempo que me daba unas palmaditas en la mano. Entonces se puso serio–. ¿Encontró usted al tal señor Grieves?

Me llevé la mano a la frente por instinto para asegurarme de que el pelo aún me cubría la herida.

–Así es y me fue de ayuda.

–Bien. Confío en que eso fuera el final del asunto. No le queda a usted sino una semana para acabar el encargo del doctor Ashburn y ha manchado de sangre las guardas. Ponga fin a las distracciones.

–Sí, señor… –Me sentía mal por haberle fallado y aún peor por lo que iba a hacer a continuación–, pero tengo que volver a Londres… mañana.

Nunca había visto al señor Caxton disgustado. De hecho, dudaba que fuera capaz de enfadarse, pero el gesto que vi en su cara tenía que ser lo más cerca que podía estar de hacerlo.

–Oh.

–El señor Grieves tiene un encargo para mí. Ha adquirido una edición dañada de un Rabelais y quiere reencuadernarla para un cliente. Le ofrecí mis servicios y he de volver mañana para recoger el volumen.

El señor Caxton se me quedó mirando fijamente a los ojos, preguntándose si le estaba mintiendo.

–¿Qué Rabelais?

Esperaba que le respondiera que el Gargantúa , pero eso habría sido demasiado evidente.

– El tercer libro . Al parecer, al coleccionista de Grieves le gustan los libros controvertidos.

–Y ¿por qué iba a pedirle a usted que se lo encuaderne?

Primero actué como si me sintiera afrentada por sus palabras y, después, me encogí de hombros.

–Le dije que se lo haría barato. Me pareció que merecía la pena para conseguir otro cliente.

El señor Caxton se relajó lo suficiente para que me quedara claro que la mentira había funcionado… y me sentí aún peor.

–De acuerdo, pero que eso no la retrase con el Manual de medicina botánica de Norteamérica . Un cliente como el doctor Ashburn es más valioso que un librero del West End.

Asentí y volví al trabajo. Pensé que era mejor que demostrara mi compromiso.

Limpié lo que había ensuciado con mi accidente, tiré las guardas ensangrentadas y corté unas nuevas.

Pegué los bordes y las uní al cuadernillo, la de detrás y la de delante, tras lo que volví a poner el conjunto en la prensa.

Mientras la cola se secaba, me puse a trabajar en el segundo Ueberweg.

Cuando el reloj dio la una, llamaron a la puerta. Dejé la chifla y fui a abrir. Era Harry. El atractivo y expectante Harry. Se me cayó el alma a los pies; se me había olvidado que habíamos quedado para comer.

–¿Lista?

Tendría que explicarle lo que había pasado: lo del robo, por qué me habían asaltado…

Y él me pediría que lo dejara, que me olvidara de los libros, y entonces discutiríamos y odiaba discutir con él.

Harry pasaría a verme de otro modo, como un ser frágil que necesitaba su protección…

, y era muy probable que quisiera acompañarme al día siguiente, y eso… eso no podía ser.

–No puedo… –empecé a decir, y su gesto se entristeció de inmediato–. Lo siento, pero es que ayer perdí gran parte del día y tengo mucho trabajo que recuperar.

Harry asintió y me ofreció una sonrisita.

–¿Y mañana?

–Lo siento… –y esbocé una mueca–, pero es que tengo que volver a Londres.

Movió la cabeza de lado a lado.

–Entiendo. –Se dio la vuelta y estaba a punto de marcharse cuando se giró de nuevo hacia mí, de golpe–. Cuando… cuando apareciste por la Turf…, pensaba que por fin ibas a pedirme perdón, pero supongo que estaba equivocado.

Una indignación que hacía tiempo que había enterrado afloró en mí.

–Y ¿por qué tengo que pedirte perdón?

–¿Es que no lo recuerdas? ¡Por Dios, Lily…! No puedo creer que pensara que habías cambiado.

–Y lo he hecho.

–Iba a casarme contigo.

Se me llenaron los ojos de lágrimas, pero me esforcé por contenerlas.

–Será mejor que te vayas –le dije.

Se frotó la cara, aquellas mejillas rojas de ira o de pena o de ambas cosas al mismo tiempo, y se marchó sin decir nada más, puede que temeroso de revelar algo de lo que fuera a arrepentirse.

Tardé un momento en recomponerme, en conseguir que desapareciera la tensión de mi voz, en hacer desaparecer aquellas lágrimas que no habían llegado a caer, y entonces entré en el taller.

El señor Caxton, que no me cabía duda de que lo había oído todo –dado que el vestíbulo que había entre la puerta principal y el taller propiamente dicho era minúsculo–, me miró con una expresión extraña que yo ya había visto una o dos veces en el rostro de mi padre.

Era la tristeza que siente un progenitor cuando sus hijos están sufriendo.

–Los libros son un pobre sustituto del amor, querida –me dijo con un tono de voz agradable.

–Sí…, pero los libros no te rompen el corazón.

El hombre negó con la cabeza y volvió a su labor, pero me dijo:

–Claro que sí.

Me froté los ojos y me dejé caer en mi silla. Arranqué la cubierta del tercer Ueberweg y el señor Caxton y yo apenas hablamos en lo que quedaba de jornada.

Así llegó el viernes y cogí el tren hasta Paddington.

Dejé el libro quemado en casa y lo sustituí por una chifla.

Esa mañana no vi a mi padre y apenas hablé con el señor Caxton.

Ambos estábamos dolidos y yo tendría que esforzarme para recuperar su confianza, pero no quería pensar en eso.

Para mí, el libro quemado era más importante.

Mi mundo se derrumbaba, pero aquello, aquel misterio, podía controlarlo.

Si lograba resolverlo, dar con la reina, con su granuja, y conseguir que me contaran su historia, me liberaría de todo aquel asunto y mi vida, mi pequeña vida, y mi confinamiento… habrían tenido algún significado.