La encuadernadora de Oxford Capítulo 10
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Capítulo 10

Busqué por toda la cartera. Por toda. Reproduje en mi pensamiento cada momento del intento de robo y del rescate de Charlie e incluso el tiempo que habíamos pasado en el pub .

El único rato que la perdí de vista fue durante los pocos minutos en los que el hombre del bombín marrón se la llevó y en los que Charlie me la devolvió.

Pero ¿habían sido unos pocos minutos o más tiempo?

Mis recuerdos eran una mezcolanza de sensaciones y todo me parecía, a la vez, muy claro…

y no tanto. Volví a buscar la carta. ¿Se habría caído?

¿Se habría salido mientras tiraba de la cartera?

¿La habría cogido el ladrón mientras escapaba?

Pero yo había tenido que abrir las hebillas para comprobar que el libro estaba allí…

, ¿no? Me dolía la cabeza, un dolor que florecía detrás del ojo como un hongo en pleno crecimiento.

Los recuerdos cada vez me parecían menos rotundos, más nublados, y adquirían nuevas formas en cuanto les daba un par de vueltas.

¿De verdad había visto el libro envuelto en el lino? Sí, en efecto. De eso estaba segura. Y, aun así, en cuanto me embargó la certeza…, la duda hizo aparición de nuevo.

Llegué a la conclusión de que el enigma tenía una única solución: que el ladrón se hubiera quedado la carta.

Ahora bien, eso implicaría que sabía lo que estaba buscando, que sabía que yo lo tenía y que había estado esperándome.

Charlie me dijo que alguien había pagado al señor Grieves para dar con los libros, pero que el trato acabó mal.

No obstante, ¿cómo era posible que alguien supiera que yo tenía el libro?

Las preguntas se arremolinaban como una bandada de estorninos y, en cuanto creía que una respuesta empezaba a tomar forma, el patrón cambiaba y aparecían preguntas nuevas.

«Esos libros son peligrosos», había dicho el señor Grieves… y empezaba a comprender a qué se refería.

De repente me sentí desprotegida en el abarrotado vagón del tren.

Veía hombres con bombín marrón por todos lados, todos ellos con la misma mirada lobuna del de Londres.

Las mujeres me miraban de soslayo y todos allí sabían lo que llevaba en la cartera y querían quitármelo.

La abracé con fuerza e intenté hacerme pequeña, como si fuera a ser capaz de desaparecer con solo hundirme en el asiento.

El hombre del bombín marrón ya estaba en el pasaje Cecil cuando yo llegué. Intenté convencerme de que era un ratero común, un criminal oportunista que había visto a una mujer sola y había probado suerte. E intenté convencerme de ello porque la alternativa me daba miedo…, me aterraba.

El tren paró en Oxford y bajé a toda prisa y salí corriendo de la estación. Mantuve la cabeza gacha y la cartera pegada al pecho mientras me apresuraba por las calles de mi ciudad.

Pero Oxford era una desconocida esa noche.

En cada sombra veía un peligro y no podía moverme lo bastante rápido para llegar a la puerta de mi casa.

Cuando por fin enfilé la calle Victor y vi la luz de los escaparates de la librería de mi padre derramándose por la calle, el nudo que sentía en el estómago y el dolor de cabeza empezaron a deshacerse el uno y a disiparse el otro.

Estaba a escasos metros de la puerta cuando, de entre las sombras del centro de la calle, de allí donde no alcanzaba la luz de las farolas, salió un hombre.

Solté un grito y este corrió hacia mí con las manos adelantadas para cogerme.

Eché a correr hacia la puerta de la librería y, entonces, su voz cortó la oscuridad:

–¡Lily!

Me volví y vi de quién se trataba:

–Harry. –Sentí que me quedaba sin aire y a punto estuve de dejarme caer en sus brazos–. ¿Qué haces aquí?

–Estaba esperándote. Ya te dije que la siguiente vez sería yo quien viniera a visitarte –me explicó sonriendo, aunque parecía un poco preocupado por mi chillido.

Ahí estaba, sin embargo, esa calma que tanto me había gustado de él en su día. Me alegraba muchísimo de verlo, más de lo que habría imaginado, y tuve que hacer un esfuerzo titánico para no lanzarme a sus brazos.

Subió a la acera conmigo y enseguida vio la sangre seca que tenía en el pelo y acercó sus manos a mi cara.

–Pero… ¿qué te ha pasado?

Me encogí como para apartarme de él, aunque solo por instinto…, pero él, sin embargo, dejó caer las manos de inmediato.

–Ojalá supiera qué responder…

–Pero ¿te has caído? ¿Te has golpeado con algo? ¿Te… te ha golpeado alguien?

Por fin me atreví a mirarlo a los ojos.

–Por Dios… –dijo, y me dio la impresión de que veía cómo se ponía la armadura de caballero–. Tiene mala pinta. ¿Quién ha sido? ¿Han sido los Barrow? Voy a ir a verlos. Ya verás, voy a ir y…

Negué con la cabeza y noté como si mi cerebro rebotase contra las paredes del cráneo.

–No. –Y bajé la cabeza para evitar la sensación de mareo que me embargó de pronto–. No ha sido en Oxford. Hoy he estado fuera.

Me dio la impresión de que su enfado empezaba a remitir ahora que no tenía a nadie con quien pelear. Me cogió por el codo y se lo permití.

–Ven, que voy a llevarte a ver al doctor.

–No, no, que no es para tanto. Lo que necesito es descansar. Una buena noche de sueño cura todos los males, como se suele decir.

–Y los dichos suelen estar en lo cierto. –Evidentemente, aquella no era la manera en que Harry había esperado que acabara la visita. Suavizó su tono de voz–. ¿Estás bien, Lily?

Le cogí la mano.

–Sí, se me pasará. ¿Te parece que quedemos mañana para comer? Te lo explicaré todo, te lo prometo.

Asintió y dijo:

–Vendré a buscarte a mediodía.

Le retuve la mano más tiempo del necesario, más de lo que debería una mujer soltera, pero la tenía caliente y me resultaba muy real…, y es que la corrección nunca había sido mi fuerte.

–Lily… –empezó a decir entre susurros.

Me hacía a la idea de lo que iba a decir, pero estaba demasiado cansada para escucharlo en aquel momento.

–Buenas noches, Harry –dije amablemente, y le solté la mano.

Vi aflorar en él la tristeza y lo cierto es que yo también la sentí.

Le puse la mano en la mejilla y él apretó la cara contra mi palma.

Sentí de nuevo aquel dolor que tan familiar me resultaba cuando estaba a su lado.

El dolor se agudizó y los recuerdos que había enterrado en su día empezaron a salir a la superficie.

Me aparté y una ráfaga de aire frío pasó entre nosotros.

–Nos vemos mañana –le dije.

Harry asintió y, como sabía que haría, se quedó hasta que entré en la librería.

Una vez dentro me apoyé contra la puerta e intenté ordenar mis pensamientos, pero me latía la cabeza y me dolía el pecho y lo único que quería era dejarme caer en la cama y que el sueño se llevase todo lo sucedido.

Sin embargo, de detrás, de la oficina, me llegó un ruido que me resultó extraño.

Era como un suave resuello impropio de una librería.

El hombre del bombín marrón me había encontrado…

y estaba buscando los demás libros, o esperándome.

Cogí un paraguas del paragüero que mi padre tenía junto a la puerta, porque no había otra cosa que coger, y me acerqué muy poco a poco a la oficina.

El sonido no era continuo, sino que daba forma a una especie de ritmo.

La puerta estaba entreabierta y yo la abrí del todo convencida de que iba a encontrarme con aquella mirada lobuna y con el resplandor plateado.

No obstante, no se lanzó a por mí ningún demonio, ni con bombín ni sin él. Era mi padre quien producía el sonido. Se había quedado dormido en el escritorio. El resuello… eran sus ronquidos.

Bajé el paraguas y de súbito sentí una gran fatiga.

–Padre, despierta.

Pero ni se inmutó ante mis palabras y no tardé en darme cuenta del porqué.

A los pies tenía una botella de whisky vacía.

Mi padre no bebía, como mucho una jarra de cerveza de vez en cuando con algún amigo o con algún cliente, aunque, al parecer, esa noche había decidido hacerlo hasta perder la conciencia.

Estaba boca abajo en el escritorio, con una pila de cartas a modo de almohada.

Aunque no alcanzaba a ver de qué hablaban dichas cartas, el encabezado era del Banco de Londres y del Condado.

Se me partió el corazón por él…, por ambos…

, por lo que aquello podía llegar a suponer.

Debería despertarlo y llevarlo a la cama, arriba, pero entonces sabría que lo había visto en aquel estado, que había visto las cartas y que sabía lo de la deuda.

Se sentiría avergonzado y se encerraría aún más en sí mismo.

O podía dejarlo allí, teniendo en cuenta que estaba enfermo, hasta que hiciera el frío suficiente para que se despertara y se fuera a la cama.

Hacer como que nada de aquello estaba sucediendo.

Sonreír mientras la casa se nos venía encima.

–¿Qué hago? –susurré…, pero nadie respondió.