Capítulo 9
El whisky me calentaba el cuerpo y a medida que lo sorbía noté que la chispa de la vida regresaba a mí.
Charlie y yo nos sentamos en el pub Salisbury, en San Martin.
Charlie me explicó que era un sitio relativamente nuevo, que solo llevaba abierto dos años.
El interior era espléndido, con banquetas tapizadas de cuero rojo, columnas doradas de estilo romano y enormes candelabros –puede que incluso demasiado grandes para el lugar–.
Detrás de la barra había jóvenes atentos con pajarita y mandil yendo de acá para allá diligentemente por delante de unos espejos brillantes con marcos de dibujos de encaje.
La clientela estaba compuesta en su mayoría por oficinistas y gente trajeada, y también había una serie de parejas jóvenes que se cortejaban y, junto a la barra, un grupo de mujeres pasándoselo en grande.
En el pub ni había mucho ruido ni era grande el alboroto, los que bebían estaban calmados y di por hecho que el dueño pagaba a algún policía para que así fuera.
Charlie estaba sentado a mi lado, con las manos en la mesa, mirándome de vez en cuando, poniendo mala cara cuando me veía el corte de la frente y murmurando no sé qué de que tendría que haber llegado antes.
Se había puesto bien el cuello de la camisa y el pelo, pero, aun así, ¡menuda pinta debíamos de tener!
Temblé un poco cuando noté que se me pasaba el susto.
Nunca me habían robado, aunque había participado en algunas peleas de patio con otras chicas.
Sin embargo, esto de que me agrediera un hombre adulto con muy malas intenciones era algo completamente nuevo y diferente.
Intenté dar con la razón por la que el hombre del bombín marrón habría llegado a la conclusión de que merecía la pena robarme.
No iba vestida con ropa lujosa ni llevaba joyas y mi cartera estaba vieja y llena de marcas.
Di por hecho que debía de haberle parecido una buena oportunidad: una mujer sola atraía la atención de los maleantes en ciudades como Londres.
Aun así, no podía apartar del pensamiento la idea de que había algo más…
, por la manera en que me había mirado, por ese brillo acerado de sus ojos. Temblé al recordarlo.
–¡Menudo final para una tarde de lo más anodina! –comentó Charlie para romper el largo silencio que se había hecho entre nosotros.
Dejé a un lado la imagen de aquellos ojos y le di un sorbo al whisky .
–Gracias por recuperar la cartera.
Se encogió de hombros como si no hubiera supuesto ningún esfuerzo para él.
–Era lo mínimo que podía hacer. El tipo se ha llevado un buen puñetazo. Estaba trasteando con las hebillas de la cartera cuando lo he alcanzado y me he lanzado a por él. Me ha pegado un puñetazo y ha salido corriendo. Creo que después del forcejeo con usted no quería meterse en otra pelea.
–Ha sido muy valiente.
–Debe de ser un libro muy especial para usted para haberse arriesgado a que le hicieran daño.
–Lo es.
No sé por qué, pero, de repente, empecé a hablarle del tema.
De hecho, le conté toda la historia, desde sus orígenes, en la colección del doctor Ashburn, hasta la carta pegada al cartón de la cubierta y cómo todo eso me había llevado a mí hasta allí.
Cuando acabé, se recostó, soltó un silbido y apuró la bebida.
–Y ¿qué le ha dicho Grieves de los otros libros? –me preguntó.
Enarqué una ceja. Me dolió un poco por el corte de la frente.
–¡Dígamelo usted, que estaba escuchando detrás de la puerta!
–¡Me ha pillado, jefa! –Y se echó a reír–. Es que no recibimos muchas visitas en la librería… y menos de chicas tan guapas.
No pude evitar sentirme halagada. Era un muchacho atractivo con un aire travieso, así, despeinado, como lo había visto antes…
, con unos agradables ojos marrones y el brillo de la vida y de la diversión a su alrededor.
Tenía el pelo de color rubio oscuro con una onda suave y, de pronto, me vi paseando de su mano.
–No debería contarle esto… –dijo mientras se inclinaba hacia mí–, pero el bueno de Grieves le ha mentido. Porque le ha dicho que tuvo dos libros de Abel Bell, ¿verdad? –Negó con la cabeza–. Pues llegó a tener tres.
De pronto se desvanecieron de mi cabeza todos los pensamientos sobre el pelo y halagos.
–¿¡Tres!?
–Alguien le pagó para que los localizara, pero algo salió mal con el trato que tenían y Grieves se hizo a un lado.
Pero, claro, no podía venderlos porque ¿quién iba a comprarlos?
Carecen por completo de valor, pero Grieves no quería que el comprador se los quedara, así que se los envió a algunos de sus clientes.
Uno, en efecto, al doctor Ashburn, el segundo no sé a quién, pero el tercero sigue en la librería, empaquetado y listo para salir. Si quiere, puedo conseguírselo.
Las ansias por cogerlo de la pechera y gritar: «¡Sí, cuanto antes!» eran tan grandes que amenazaban con superarme, pero luché por controlarlas y dejé las manos en el regazo.
–Y ¿cuánto me costaría?
Charlie sonrió:
–¿Qué le parece ir a cenar y a ver un espectáculo conmigo?
Al parecer, no solo tenía pinta de travieso. La idea de pasar una velada con aquel joven ni me asustaba ni me echaba para atrás, como solía ser lo habitual con otras personas… De hecho, su propuesta produjo en mí una sensación de entusiasmo.
–No vivo en Londres.
–Vive en Oxford, ¿no es así? Porque allí es donde John Caxton tiene su taller de encuadernación.
–Veo que presta usted atención.
–Siempre, señorita Delaney.
–Creo que podríamos tutearnos y que me llames Lilian…, si vamos a ir a cenar.
Su sonrisa se hizo mucho más amplia.
–¿Podrías volver el viernes? Para entonces tendré el libro.
–¿No lo echará de menos el señor Grieves?
–No quiere ni verlos y este del que te hablo está en una caja que tenemos que enviar a un coleccionista de Edimburgo que no espera recibirlo. Nadie va a echarlo de menos.
«Excepto –pensé de repente y sentí un vacío en el estómago– la persona que pagara a Grieves para dar con ellos, se trate de quien se trate». Aparté aquella nube negra de la cabeza y me concentré en el joven y atractivo Charlie.
Entonces comprobé qué hora era.
–¡Pero si tengo que irme!
Me puse de pie a toda prisa, con la cartera todo el rato en la mano, y se me subió la sangre a la cabeza. Me tambaleé, me sujeté a la mesa y Charlie me cogió por el brazo.
–¡Cuidado! –me dijo mientras tiraba de mí y me acercaba a él…, puede que más de lo necesario.
Me aparté educadamente.
–Debo irme, voy a perder el tren.
Charlie me acompañó a la salida del pub y me paró un cabriolé.
–A la estación de Paddington –le dijo al cochero. Luego se dirigió a mí–: El viernes. Nos encontramos aquí, digamos, ¿a las seis en punto?
A pesar del miedo que me daba perder el tren, no pude evitar sonreír –primero por su compañía, pero, además, porque era probable que él supiera más de los libros.
–Sí, a las seis en punto.
Me cogió la mano algo más de tiempo del debido después de ayudarme a subir al cabriolé.
Su mano, que había recuperado mi cartera, era áspera y fuerte, no como las manos de los libreros que había conocido hasta entonces.
Me pregunté quién sería aquel extraño que había hecho una buena obra conmigo pero del que no sabía nada en absoluto.
Podría tratarse de cualquiera. A pesar de eso, me descubrí esperando con anhelo nuestro próximo encuentro –¡y eso que aún no había acabado el primero! –.
El cochero hizo restallar el látigo y Charlie cerró la puerta del cabriolé, se separó del vehículo y levantó la mano a modo de despedida.
Me senté bien y me abaniqué la cara; tenía las mejillas en llamas.
Volvió mi sonrisa y no me abandonó hasta que subí al último tren para Oxford, donde no solo me abandonó, sino que fue sustituida por el pánico.
Porque, una vez en el tren, saqué el libro quemado de la cartera, lo desenvolví y… descubrí que la cubierta suelta y la carta habían desaparecido.