La encuadernadora de Oxford Capítulo 8 #2
16%

Capítulo 8 #2

Vi volúmenes que conocía bien, los apellidos que buscaban habitualmente aquellos que querían leer un libro: Dickens, Doyle, Twain, Wells.

Y en estanterías más retiradas, títulos más oscuros, como Las sepulturas verdes de Balgowrie de Findlater o dos novelas de Amy Levy, que había muerto tan joven.

Vi textos religiosos junto a novelas picantes.

Era como si el lugar careciera de organización.

Supuse que, a nada que Grieves se pareciera a mi padre, sabría perfectamente dónde encontrar cada uno de los libros.

Cogí uno de una de las baldas, pero no tanto por el libro, sino por la encuadernación.

Tela hasta un cuarto de las cubiertas y cuero rojo de ternero con rotulaciones y motivos decorativos estampados en frío y sin dorado.

Sin duda, era obra de un maestro. Buscando la marca del encuadernador me di cuenta de que la guarda de la cubierta trasera estaba despegada.

Miré por debajo y vi las letras MC seguidas de un punto: Mohan Chand.

–¿Está buscando algo?

Me sobresalté y se me cayó el libro. El sonido que hizo este al caer al suelo fue como si hubieran disparado un mosquete en una habitación en silencio.

De pie, en la entrada a la otra estancia, había un hombre delgado más o menos de mi altura con bigote y anteojos.

Vestía camisa y chaleco y llevaba las mangas enrolladas, dejando así a la vista unos antebrazos firmes y musculosos que no resultaban propios de su edad –debía de andar por los cincuenta–.

Tenía el pelo oscuro, aunque había empezado a encanecérsele, y no llevaba bien peinadas las puntas del bigote.

–Pues… –empecé a decir mientras el hombre me lanzaba una mirada afilada, hostil. Me apresuré a recoger el libro, comprobé que no estaba dañado y volví a ponerlo en su sitio–, ¿es usted el señor Grieves?

–En efecto. ¿Y usted es?

Me acerqué a él con la mano tendida.

–Lilian Delaney. Soy encuadernadora, aprendiz de John Caxton.

Me dio la mano, pero lo hizo como con cautela, sin apretar.

–He visto el trabajo de su maestro. Es muy bueno. ¿En qué puedo ayudarla?

Resultaba evidente que no quería que estuviera allí, pero perseveré.

–Esto va a sonarle extraño, pero ha caído en mis manos un libro que, por lo que tengo entendido, fue suyo. Se titula Granuja canta en un show ; está escrito por Abel Bell y ha sufrido graves quemaduras.

Su actitud cambió de inmediato. Cruzó los brazos y la grieta que había abierto en él valiéndome del nombre del señor Caxton empezó a cerrarse a toda velocidad.

–No sé de qué me habla.

–Yo creo que sí. Formaba parte de un grupo de libros que le envió al doctor Ashburn y fue él mismo quien me lo entregó. Me dijo que se lo había enviado usted por error.

–¿Y viene usted a devolverlo?

–No exactamente. Yo lo que quiero… es saber más acerca del libro en cuestión. Su editor, por ejemplo. ¿Hay otros libros de este mismo autor? Es que creo que su historia podría ser muy interesante.

El hombre miró por los escaparates como si tuviera miedo de que lo estuvieran observando.

–Será mejor que me acompañe.

Grieves me dirigió por la otra estancia hasta una puerta que había detrás del mostrador.

Se trataba de su oficina. Era una habitación agradable, pequeña, y llena de papeles y libros de registro.

Una ventana alta dejaba entrar la suficiente luz a pesar de la hora, por lo que la oficina no resultaba sombría.

–¡Charlie!

Casi de inmediato, un joven más o menos de mi edad, puede que algo más joven, apareció como falto de resuello.

–¿Señor?

–Por favor, tráenos un poco de té. Y cierra con llave la puerta de la librería.

El joven asintió, se me quedó mirando unos instantes, me sonrió y salió a toda prisa.

He de confesar que me sentía un poco incómoda con la idea de que me encerraran allí con ellos, pero que fuera todo tan misterioso hizo que dejara las preocupaciones a un lado.

Sospechaba que Grieves sabía mucho más sobre el libro quemado y quería que me lo contara todo, aunque también tenía la sensación de que él no quería hacerlo.

–¿Lleva el libro encima?

Asentí e hice ademán de sacarlo de la cartera, pero él saltó de inmediato:

–¡No! No quiero volver a verlo.

Cerré la cartera.

–¿Por qué?

El hombre se acicaló el bigote con el pulgar y el índice, pero me pareció más un hábito nervioso que un acto consciente.

Grieves no era lo que me habría esperado.

Era elegante, pero había algo en él que lo hacía parecer peligroso, algo que nunca había visto en ningún librero.

Estos tendían a ser personas amables, criaturas solitarias que perseguían el conocimiento, pero Grieves no era así.

–Está quemado. No vale nada –respondió desviando la mirada de mí hacia la mesa.

–Algún valor tiene –dije con cautela–. He encontrado algo.

Sus ojos se abrieron de golpe.

–No quiero saberlo. ¡Esos libros están malditos!

–¿Libros? ¡Sabía que había más! ¿¡Los tiene usted!?

Se le crispó el bigote y volvió a atusárselo con el pulgar y el índice. Llamaron a la puerta y el joven, Charlie, entró con una bandeja de té.

–Por favor, ¿sabe usted al menos quién es el editor? Y ¿por qué puso el libro quemado en el envío del doctor Ashburn? Él no se lo pidió.

Charlie miró a su jefe y luego me miró a mí. Acto seguido, dejó la bandeja en el escritorio.

–¿Algo más, señor?

Grieves le hizo un gesto para que se marchara acompañándolo de una mirada desdeñosa.

–Me ha dicho que es usted la señorita Delaney, ¿verdad?

Asentí al tiempo que me quedaba mirando cómo Charlie salía de la habitación. El joven dejó la puerta entornada y me pregunté si estaría escuchando al otro lado.

–Pues no puedo ayudarla, señorita Delaney. Tiene usted razón, había otro libro de Abel Bell, ambos encuadernados con ese cuero púrpura. El otro lo vendí y no puedo dar a conocer el nombre de mis clientes.

Aquello era, al mismo tiempo, una profunda decepción y una emoción rampante. ¡Existía otro libro y también la manera de dar con él!

–Y ¿podría decirme quién es el editor? ¿El título?

Grieves torció la mandíbula. Estaba molesto.

Cogió unas lentes para leer y abrió el libro de registro que tenía delante.

Pasó hacia atrás unas pocas páginas y bajó el dedo por una larga columna de ventas.

Vi que en cada entrada catalogaba el título, el autor, el editor y el comprador, además de la fecha de la venta y por cuánto había vendido el ejemplar.

Meticuloso y limpio, algo que nunca habría imaginado por cómo tenía de desordenada la oficina.

Una tabla del suelo crujió justo al otro lado de la puerta y mis sospechas sobre el joven que nos había traído el té se vieron confirmadas. Me esforcé por no sonreír. Yo habría hecho lo mismo si mi padre se reuniera con un joven en su oficina.

–Me temo que no anoté ese detalle –dijo Grieves, y cerró el libro de registro–. ¡Menudo descuido! No puedo ayudarla.

No es que no pudiera, es que no quería. Me negué a que se me notara la frustración que sentía y persistí:

–Tuvo usted dos de estos libros, ¿verdad?

–Así es.

–Y ¿sabe si hay más?

–No, lo desconozco y, es más, no me importa lo más mínimo. Escuche, señorita Delaney, esos libros no me han traído más que problemas. No los quiero aquí y no quiero hablar de ellos, y si alguno vuelve a caer en mis manos, lo destruiré.

Su enfado no solo me preocupaba, sino que me intrigaba.

Resultaba curioso el poder que aquellos dos ejemplares ejercían sobre él.

Dudaba mucho que el hombre hubiera encontrado la carta, dado que la guarda seguía bien pegada cuando yo la liberé, así que alguna otra cosa debían de haber tenido aquellos libros para que el tal Grieves se mostrara tan irritado.

–Veo que ya le he quitado tiempo más que suficiente.

Ninguno de los dos habíamos probado el té. Me puse de pie y me eché la cartera al hombro. Mientras lo hacía, oí pasos que se alejaban de la puerta.

–Le aconsejo que olvide que ha visto ese libro, señorita Delaney –me dijo Grieves, que también se levantó.

–No sé si voy a poder.

–Se lo digo en serio –se inclinó un poco hacia mí y con los ojos abiertos como platos, con expresión de loco, añadió–: esos libros son peligrosos.

Solté una risita nerviosa.

–¿Cómo va a ser peligroso un libro? –le pregunté.

Me miró con desdén, como si mi pregunta fuera absurda.

–Márchese, por favor. Queme el que tiene y olvide que estuvo en su poder.

Lo dijo con tanta fuerza, con tanto miedo en su tono, que no me quedaron ganas de reír e incluso desapareció mi sonrisa.

Abrí la puerta y se produjo una especie de corriente de aire que casi me absorbió hacia la librería y a punto estuve de caerme. El joven Charlie no estaba lejos, colocando libros en las estanterías. Cuando vio lo que me había pasado, se olvidó del volumen que tenía en la mano.

–Señorita, ¿está usted bien?

–Sí, sí –respondí mientras me ajustaba la capa y me aferraba a la correa de la cartera como si eso fuera a servir para equilibrarme.

El señor Grieves salió tras de mí.

–La señorita Delaney se marcha, Charlie. Acompáñala a la puerta.

Y, dicho esto, el librero volvió a su oficina y cerró la puerta de golpe. Charlie me ofreció una sonrisa, como si se estuviera disculpando por el señor Grieves, y dejó el libro que tenía en la mano a un lado.

–No se lo tenga en cuenta. Desde que murió un buen amigo suyo, no ha sido el mis… ¡Ay, ya he vuelto a hablar de más! Por aquí. Sígame.

El joven me llevó por la larga galería hasta la puerta, sacó una llave del bolsillo, abrió la cerradura, luego la puerta y salí a la calle.

No había estado mucho tiempo en la librería, pero el día se había vuelto oscuro, aunque las farolas no estaban encendidas todavía.

El pasaje Cecil solo estaba iluminado por unas pocas ventanas, así que parecía medianoche en vez de media tarde.

El frío me invadió y sentí que me calaba hasta los huesos.

Me pegué la cartera al cuerpo y noté el peso del Granuja , pero no me proporcionó el consuelo que me había ofrecido hasta entonces.

Las palabras de Grieves se me repetían como una ostra en mal estado.

Tanto miedo…, tantas advertencias… Que quemara el libro.

Que olvidara que lo había visto. No entendía a qué venía todo aquello.

Intenté apartar del pensamiento las advertencias del librero mientras me dirigía a San Martin. Llegué a una zona más oscura donde las luces que salían de los escaparates eran más débiles y los toldos proyectaban sombras aún más oscuras.

No oí al hombre hasta que lo tuve encima.

Chocó conmigo, cogió la cartera y tiró de ella. Por un instante me quedé sin respiración, pero, por instinto, sujeté la correa y tiré.

El hombre era alto, ancho de hombros y llevaba un bombín marrón.

Me dije que debía recordar aquellos detalles para la policía, pero los pensamientos me iban y me venían a toda velocidad y acabé centrándome en lo que menos importaba: chaqueta de tweed con botones de latón, los zapatos pelados, olor a tabaco…

El hombre gruñía y resoplaba como un perro mientras los dos tirábamos de la cartera. La agarró mejor y noté un dolor fuerte en los hombros, como si el esfuerzo fuera a sacármelos de su sitio. Aun así, aguanté.

Grité pidiendo ayuda. Chillé. Unas cuantas puertas se abrieron a lo largo de la calle. La gente se detuvo. Un hombre se acercó a nosotros.

–¡Eh! –se dirigió al ladrón.

Mi asaltante miraba a uno y otro lado y, aunque empezó a embargarlo el pánico y a tirar con más fuerza de la cartera, yo no pensaba soltarla.

Oí pasos corriendo por la calle. Mi asaltante iba a tener que soltar la cartera, no le quedaba otra; de lo contrario, lo pillarían.

Levantó la cabeza y le vi los ojos por debajo del ala del bombín. Fríos. Vacíos. Los ojos de un lobo. Me enseñó los dientes y uno de ellos brilló a la luz de las ventanas: era plateado.

Entonces dejó de sujetar la cartera unos instantes. Pensé que la soltaría, pero se dirigió hacia mí, me embistió en el lateral de la frente con el hombro y me asestó un puñetazo en el estómago.

El mundo empezó a dar vueltas. Caí al suelo y de pronto me di cuenta de que ya no tenía la cartera… ¡Escapaba de mis manos! ¡Me estaban robando el libro quemado! El hombre salió corriendo mientras apartaba a la gente a su paso.

–¡No! –Intenté ponerme de pie, pero la gente, con la mejor de sus intenciones, me lo impidió.

–Solo es una cartera –me decían–. Mejor que se lleve eso a que le quite la vida.

–¡Señorita Delaney! –gritó alguien por detrás de la gente mientras la apartaba para acercarse a mí.

Era Charlie. Me ayudó a levantarme.

–¡Me han robado la cartera! ¡El libro! –Me faltaba la respiración y señalé al ladrón, que acababa de llegar al final del pasaje Cecil.

Charlie salió corriendo tras él. Ambos desaparecieron por San Martin.

Alguien me ayudó a sentarme en una silla que habían sacado de una tienda. Llegué a ella cojeando. Me sentía vacía sin el libro, como si acabaran de arrebatarme todos mis posibles futuros en aquel acto sin sentido.

Una mujer muy amable me limpió la frente con un pañuelo.

–Tiene usted un corte, querida –me dijo justo antes de enseñarme las manchas de sangre en su pañuelo.

Me latía la cabeza y no veía bien; solo puntos y chispas. Fue entonces cuando regresó Charlie. Resollaba. Tenía el pelo revuelto. El cuello de la camisa abierto y rasgado.

Pero traía la cartera.

¡Solté un grito de alegría y me lancé a sus brazos!

Una oleada apabullante de alivio me golpeó con fuerza.

Me aparté del joven y abrí la cartera. Dentro, a salvo, estaba el libro envuelto en lino.

Mi miedo de desvaneció y, en su lugar, apareció el dolor.

Sentía como si la cabeza me fuera a estallar, como si alguien estuviera golpeándola desde dentro con un martillo.

Y el estómago también me dolía. Me daba miedo pensar en lo que me encontraría cuando llegara a casa y me examinara el cuerpo.

Me daba la sensación de que se me estuviera haciendo un moratón grande y sentía los músculos del cuerpo…

como si fueran a rompérseme. Intenté ponerme recta, pero el dolor de la tripa se hizo muy intenso y a punto estuve de caerme al suelo. Fue Charlie quien me sujetó.

Me llevé la cartera al pecho y la abracé con fuerza.

La frente me picaba y me pinchaba. Me toqué la herida y retiré la mano cubierta de sangre, pegajosa. Charlie me dio su pañuelo y me tapé la herida con él.

–Creo que necesita usted algo más fuerte que el té –me dijo el joven.

–Un whisky . Lo que necesito es un whisky .