La encuadernadora de Oxford Capítulo 8
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Capítulo 8

Fue una semana lenta que vio cómo octubre daba paso a noviembre.

Yo había estado todo el tiempo dedicándome al Manual de medicina botánica de Norteamérica .

Por fin me había decidido por un cuero marroquí sin grano, un cuero de color verde con una celidonia dorada hecha a mano y un encaje fino en los bordes.

Pasé medio día cosiendo las cintas de la cabeza y del fondo con hilo verde y amarillo y el resto de la semana bosquejando un diseño y creando una plantilla para que me resultara mucho más sencillo realizar el diseño de la cubierta.

El doctor Ashburn iba a pagar por algo único, moderno y especial y eso era lo que pensaba hacerle.

A pesar de mi desinterés inicial en el libro, el amor por mi trabajo había vuelto y estaba disfrutando de aquella labor.

Me quedaban poco menos de dos semanas para entregar el encargo y estaba convencida de que, si nada se torcía y no tenía que rehacer la cubierta, no solo llegaría a tiempo, sino que podría entregarlo antes de plazo.

Después de haber estado con Harry y de haber visto que él también albergaba dudas acerca del libro quemado, mi curiosidad había menguado y la constante ansia por analizarlo, examinarlo y buscar más secretos en la encuadernación se me había pasado y ya no era sino una ligera sensación en el pecho.

Hasta que el señor Caxton recibió aquella carta y, claro, la sensación volvió… multiplicada por diez.

–Señorita Delaney, hemos encontrado a su librero –me dijo mientras me tendía la carta.

La enviaba un amigo suyo de Londres que algo sabía del tal Grieves. Edmund Grieves, según parecía, era un librero de cierto renombre, con reputación de ser capaz de encontrar volúmenes que nadie más podía hallar.

–Mi amigo también dice que tiene facilidad para conseguir que los coleccionistas vendan…, aunque no tengan especiales ganas de hacerlo –añadió el señor Caxton ladeando la cabeza.

–Vamos, un personaje desagradable. ¿Por qué iba a hacer tratos con él el doctor Ashburn?

–No me atrevería a especular, pero todo coleccionista tiene un libro del que no se puede olvidar; un volumen por cuya adquisición haría cualquier cosa. Doy por hecho que entiende usted lo que es la obsesión por un libro en particular.

Percibí una reprimenda en su tono de voz. Me concentré en la carta y no en la creciente ansia que sentía por levantarme a toda prisa hasta el cajón en el que tenía guardado el Granuja .

–Su amigo dice que no ha descubierto nada sobre el autor ni sobre el editor. ¿Le habló usted del libro?

El hombre frunció el ceño.

–Así es.

Me sentí pequeña a su lado. No me correspondía hacerle ese tipo de preguntas, ni allí ni en ningún sitio.

Seguro que lo había hecho por ayudarme, para dar con más información de la que me ofrecía el libro y, además, tampoco había razón alguna para mantener aquello en secreto.

Aun así, me sentí a la defensiva, como si no quisiera que nadie más que aquellos en quienes confiaba o a quienes yo quería contárselo estuvieran al corriente; como el señor Caxton o Harry.

A mi padre no se lo había contado y ser consciente de que no lo consideraba una persona cercana me entristeció más de lo que me habría esperado.

El señor Caxton, que había visto mucho en la vida, se dio cuenta de mi decepción. Me dio unas palmaditas en el brazo y el asunto quedó olvidado. Que le pidiera disculpas no serviría sino para agravar la situación, así que le sonreí torpemente y seguí leyendo la carta.

–Grieves tiene su librería en Londres, en el pasaje Cecil –comenté con un tono de voz demasiado agudo debido a la emoción–. Podría ir a verlo el fin de semana.

El señor Caxton negó con la cabeza.

–¿No es entonces cuando debe ayudar a su padre?

Abrí la boca para objetar, pero lo cierto es que tenía razón. Acostumbraba a pasar el sábado en la librería y mi padre me necesitaba. Y el domingo no podía ser, porque lo más seguro es que el señor Grieves tuviera cerrada la librería.

Bajé la carta y sentí la desesperada decepción de cuando te encuentras ante un callejón sin salida.

–… Sí.

En mi mesa de trabajo, los cuadernillos del Manual de medicina botánica de Norteamérica estaban cosidos, pegados y prensados y solo faltaba que les pusiera las cubiertas.

Este, sin embargo, era un paso crucial y no había que apresurarse.

Aún me faltaban por completar dos de los volúmenes de la Historia de la filosofía de Ueberweg y ambos estaban en diferentes etapas de desnudez.

Tenía mucho trabajo y mi profesión era mucho más importante que una carta a medias en una novela que a nadie le importaba lo más mínimo.

–En otra ocasión –comenté mientras le devolvía la carta al señor Caxton–. Puede que en Año Nuevo tenga oportunidad de hacerlo.

Volví a mi mesa de trabajo, cogí una chifla y empecé a alisar la pieza de verde marroquí por los bordes para que quedase lisa sobre las tapas.

–¡Por amor de Dios, mujer –exclamó el señor Caxton–, no voy a permitir que esté usted con esa cara tan larga, haciéndonos languidecer a ambos!

Tengo unos libros que he de enviar a un coleccionista de Bloomsbury.

Los tendré preparados el miércoles. Iba a enviarlos por correo postal, pero va a llevárselos usted.

Dejé caer la chifla.

–¿¡Lo dice en serio!?

–¡Sí, sí, pero, por lo que más quiera, monte primero la cubierta de ese libro!

El miércoles –después de haber pasado las primeras horas del día desempaquetando un pedido con mi padre y comprobando qué tal se había pegado la cubierta del Manual de medicina botánica de Norteamérica en la prensa de percusión– cogí el tren de las once y veinte de la mañana, que me dejó en la estación de Paddington a las dos y media.

Daba igual cuántas veces hubiera estado allí, el lugar era tan sorprendente que siempre me pillaba con la guardia baja.

Un gran monumento al acero y al cristal, una obra maestra de Brunel utilizada a diario por miles de personas para las que aquella majestuosidad se había convertido en algo mundano.

En un día como el que había amanecido, con el sol de invierno brillando bajo a través del cristal, el vestíbulo estaba lleno de amplios rayos de luz y el lugar desplegaba su majestuosidad.

Yo llevaba un paquete de libros bajo el brazo –tres volúmenes de las comedias de John Fletcher– para un coleccionista que anhelaba ser dramaturgo.

Se consideraba la resurrección de Shakespeare, pero no era sino un ricachón con amigos aduladores.

El hombre tenía una casa señorial en la plaza Tavistock, en Bloomsbury, y cogí un carruaje que me llevara directa.

Los libros pesaban y quería deshacerme de ellos de manera que pudiera encomendarme al verdadero propósito por el que había ido a la ciudad.

Después de entregarlos, me encaminé al pasaje Cecil.

El día era seco y la caminata agradable, pero era la impaciencia la que me dirigía y llegué a la entrada de la carretera de San Martin antes de que el reloj hubiera dado las tres y media.

El pasaje Cecil era una vía abarrotada que conectaba San Martin con los teatros, las oficinas y los restaurantes de la plaza Leicester y había en él numerosas personas que mantenían innumerables conversaciones.

Aquel era un lugar que bebía las mieles del arte, el barrio de los libreros, donde había vivido Mozart, se publicaba The Dome y donde habían empezado los directores de las primeras películas; un lugar en el que levantabas una piedra y encontrabas una librería esotérica o a un aspirante a poeta o a editor.

Los edificios eran nuevos, con apenas unos pocos años de antigüedad, y las antiguas casuchas habían sido reemplazadas por las casonas de gente adinerada, los tacones elegantes sobre los adoquines y el aroma a papel envejecido.

El señor Grieves tenía su establecimiento en la parte más alejada, en el número 25, junto a la nueva librería de John Watkins, un viejo amigo y cliente del señor Caxton.

El sol de invierno ya había empezado a ocultarse por detrás de los edificios más altos, lo que dejaba la calle envuelta en sombras profundas.

De pronto me llamó la atención un fogonazo de luz en una esquina.

Un hombre con un bombín marrón se apoyaba en una puerta oscura.

El fogonazo lo había producido la cerilla con la que estaba encendiendo un cigarro.

Se me quedó mirando mientras de su boca salía una nube de humo.

No dejaba de observarme y sentí un escalofrío que poco tenía que ver con la temperatura del día.

Aceleré el paso y agradecí que el pasaje Cecil no fuera una calle larga.

No tardé en llegar a la librería de Grieves.

La luz del interior se derramaba en la calle y captaba brevemente a los curiosos y a aquellos que se dirigían apresurados a algún que otro quehacer.

Entré en la librería y de inmediato me sentí como en casa.

A pesar de la reputación de Grieves, su establecimiento era impresionante.

Se trataba de una larga galería abarrotada de baldas llenas de libros a uno y otro lado que desembocaba en una sala a la izquierda.

En esa sala había un mostrador y una caja registradora, más baldas con libros y también ejemplares en el suelo, apilados.

Había libros, de hecho, allá donde miraras.

Leí los títulos de algunos lomos con la intención de darme algo de tiempo para animarme a hablar con el tal Grieves. Oí a alguien en otra estancia, suspiros y arrastrar de pies, el rasgueo de la pluma sobre el papel.