Capítulo 7
Mi aliento producía vaho a medida que recorría San Giles camino de mi casa. Cuando llegué a la esquina que tenía que doblar, titubeé y me vino a la cabeza lo que me había dicho el señor Caxton. ¿Tenía amigos…?
Hacía años que no, pero tampoco es que los echara de menos.
No había nadie en quien pensara cuando el día había sido duro ni tampoco cuando había sido interesante y me apetecía compartirlo, o cuando caminaba por el canal u olía a los castañeros en Navidad.
Pensé en la carta, en el amor que se expresaba en aquellas palabras quemadas, en esa reina que escribía a su granuja…
, como había hecho yo en una ocasión. Me pregunté si aún seguiría queriendo verme tanto como en su día y decidí, de improviso, que deseaba saberlo.
Me cambié la cartera de hombro para estar más cómoda y me dirigí al sur por San Giles hasta donde se encontraba con la calle Ancha.
Estaba concurrida, las farolas, encendidas, proyectaban manchas de luz entre la oscuridad.
Los colegios universitarios se hallaban iluminados desde dentro y sus comedores estaban atestados y los estudiantes y los profesores entraban y salían por la portería.
Dejé atrás el Colegio Balliol y sorteé a los juerguistas bien vestidos que había frente al Teatro Sheldonio.
Dejé atrás el gran e imponente Edificio Clarendon y giré en la calle Catherine.
Siempre me había encantado aquella parte de Oxford, donde lo viejo y lo nuevo se encontraban.
Aquella calle había sido la ronda de los Cazarratones en su día y, luego, durante un breve periodo de tiempo, había pasado a llamarse calle del Gato.
Me resultaba curioso que una ciudad pudiera mudar la piel, sus nombres, sus edificios…
, con la facilidad con la que un libro podía cambiar de cubierta.
Antes de llegar a la Biblioteca Bodleiana, giré en New College y pasé por debajo del Puente de los Suspiros. Inmediatamente a la izquierda, fácil de saltárselo, estaba el pasadizo del Infierno, una boca estrecha entre dos edificios, tan estrecha que ni siquiera podías estirar el brazo.
Seguí el pasadizo hasta el final, donde, anidando entre los altos edificios de los colegios universitarios y la vieja muralla de la ciudad, se encontraba la Taberna Turf, en su día refugio de criminales y en la actualidad el lugar preferido de los estudiantes y de quienquiera que fuera capaz de encontrarla.
Oí la taberna antes de verla: las charlas apagadas, el tintineo de vasos.
Una serie de braseros calentaban e iluminaban el patio escondido que, a pesar del frío, estaba tan lleno como siempre.
En la Turf siempre había un espíritu alegre, como si cada noche fuera Nochevieja.
Siempre esperaba ver a un hombre en una esquina vendiendo cucuruchos de castañas, y el olor a vino especiado y a sidra caliente permeaba todas y cada una de las piedras que pisaba.
Aquel día también estaba contenta la gente y los estudiantes se desahogaban como solo ellos saben.
Pasé por su lado y entré en la tasca. Aquello era una madriguera de estancias torcidas e irregulares con el suelo cubierto de serrín y donde los parroquianos tenían que agachar la cabeza para no darse con las vigas.
Grupitos de jóvenes con la cara roja, tanto hombres como mujeres, parloteaban pegados a las paredes de piedra.
Parecía un lugar de tiempos inmemoriales.
Detrás de la barra, sirviendo una jarra de cerveza a un hombre que ya había tomado demasiadas, vi a Harry.
Estaba encorvado por debajo de las vigas, pero más por lo bajo que era el techo que por lo alto que era él.
Nos conocíamos desde la infancia, del colegio y de corretear por las calles de Oxford y descansar en Puerto Meadow en los cálidos atardeceres de verano.
Habíamos sido inseparables, los mejores amigos en un primer momento y, después, inevitablemente, algo más. Hasta que dejamos de serlo.
El borracho se alejó tambaleándose y yo me acerqué. Harry estaba limpiando la barra, consciente de que había entrado un nuevo cliente, pero sin saber que era yo.
–¿Qué le pongo, señorita?
–Una jarra de cerveza joven, por favor.
Puede que fuera el sonido de mi voz o lo que le había pedido, pero levantó la vista y me vio por primera vez en años.
–¿Lily?
–Hola, Harry.
Me sonrió. Una sonrisa amplia y reluciente. Una sonrisa que iluminó la taberna.
–¡Cuánto tiempo sin verte!
–Demasiado. ¿Qué tal estás? –Me alegraba de volver a verlo, aunque me resultaba extraño.
–No me quejo. ¿Sigues vendiendo libros con tu padre?
–Ahora soy encuadernadora, pero sigo ayudándolo en la librería de vez en cuando, sí.
Tiró del tercer grifo para servirme lo que le había pedido.
–¿Has quedado con algunos amigos?
–… Eso espero. –Y sonreí. Estaba tan nerviosa que me temblaba la mano–. Me preguntaba si podrías hacer un descanso.
Movió las cejas como si se sintiera confuso, pero no dejó de sonreír.
–Acabo de trabajar enseguida, ¿me esperas?
Caminamos bajo la luz de las farolas, con las capas subidas hasta la barbilla.
Viejos amantes en calles viejas. Seguíamos un ritmo sencillo y nuestros pasos y los recuerdos que compartíamos nos llevaron a donde quisieron.
Es fácil hablar cuando caminas al lado de alguien; sin necesidad de mirarlo a la cara es más sencillo que las palabras fluyan.
Y fluyeron. Hablamos de cómo había sido nuestra vida desde la última vez que nos vimos –tres años y medio, casi cuatro–, dejando de lado los últimos meses de enemistad.
Lo había visto una o dos veces de lejos, al final de la calle o entrando en alguna tienda cuando yo salía, pero no habíamos vuelto a hablar.
–Pues he andado de acá para allá –me explicó Harry–. Pasé un tiempo trabajando en el ferrocarril en Didcot, pero eso no es para mí.
–Y ahora les sirves cerveza a los encopetados.
Se rio.
–No son mala gente. La mayoría de ellos ni siquiera se percatan de mi existencia.
–¡Pues deberían!
Nos miramos el uno al otro. Sentí que me ponía colorada y me alegré de que hubiera anochecido. Habían pasado años y, sin embargo, nuestra conversación era fluida como si nos hubiéramos visto apenas hacía unos días.
–Así que encuadernadora. –No era una pregunta, pero, aun así, noté duda en su tono de voz.
–Aprendiz de John Caxton en San Giles.
Harry asintió despacio, como si supiera de quién le hablaba.
–Ya… No sabía que las chicas se dedicaran a eso.
–¡De chica nada, que ya soy una mujer! –le respondí con las cejas bien altas para hacerle ver que su comentario me había hecho gracia–. Pues hay muchas mujeres encuadernadoras. Incluso un gremio al que espero unirme algún día. Me atrevería a decir que la profesión se está modernizando.
–¡Pues qué bien! ¡Muchas deberían modernizarse! ¿Has oído eso de que las mujeres van a poder votar? Va a suceder dentro de poco, ya lo verás.
–No sabía que te interesara la política. Por lo que yo recuerdo, tu único interés en la política consistía en tirarles tomates a los oradores de la esquina de Carfax.
–¡Sí, pero porque la cesta de tomates la habías robado tú y algo había que hacer con ellos!
Yo fui una niña furiosa, huérfana de madre, y, cuando los confines de la librería y de la pena de mi padre me asfixiaban, la ciudad y quienes vivían en ella se convertían en mi patio de recreo.
Había olvidado muchas de aquellas travesuras, pero con Harry a mi lado todo volvía a mi memoria y, con ello, empezaba a embargarme una sensación de desconexión entre la persona que había sido entonces y la que era ahora.
Caminamos en silencio durante un tiempo y, de pronto, nos encontramos en una zona del canal que nos resultaba muy familiar.
–¿Te acuerdas de este sitio? –le pregunté mientras bajaba de la acera y cogía el sendero de sirga.
Los árboles delimitaban el camino y el nivel del agua estaba alto después de las inclementes lluvias de otoño. Había atadas unas pocas barcazas con las ventanas oscuras y el motor frío.
–Recuerdo que desamarraste media docena de barcos, pero que fue a mí a quien persiguieron.
–Nunca te he visto correr tan rápido.
–¡Eras un diablillo! Dios…, por aquel entonces te habría seguido al infierno aunque no me lo hubieras pedido. Cuando se te metía una idea en la cabeza, ¡no había quien te la sacara! Eras como un perro con un hueso.
Y seguía siéndolo. De pronto sentí el peso del libro en la cartera.
–Ahora tengo un hueso nuevo.
–¡Que Dios ampare a la ciudad! Y ¿de qué se trata?
–De un misterio… que he encontrado dentro de un libro.
Me miró como si no comprendiera de qué le estaba hablando.
Le conté lo del libro quemado, lo de la carta, lo de los puntos y cómo había llegado a mis manos.
Hablar de ello en alto me resultaba emocionante, como si se tratara de la historia de una novela o de un folletín romántico.
Me di cuenta de que por eso había ido a verlo, quería un amigo al que contarle aquello, pero ahora que estaba con él…
la historia ya no me parecía tan importante.
–Y ¿crees que es real?
Su pregunta me alcanzó como un puñetazo.
–¡Por supuesto que lo es!
–No sé…, a mí me parece una locura. ¿Por qué iba a esconder esa dama una carta debajo de la cubierta de un libro si lo que quería era que la encontraran? ¿Quién va a buscar ahí? ¿No crees que podría ser una broma?
El señor Caxton me había dicho algo similar y mi entusiasmo había decidido ignorar sus palabras.
Ahora que Harry decía lo mismo, la duda empezó a asediarme y, en cuanto la vi aparecer, ya no fui capaz de deshacerme de ella.
Podía ser falso, un pedazo de papel reutilizado u olvidado en el suelo de un taller de encuadernación, utilizado a modo de refuerzo.
Yo esperaba que no fuera solo eso porque, de esa manera, podría seguir profundizando en lo que quiera que fuera aquello.
–Te has quedado pensativa –me dijo Harry mientras se giraba para mirarme a los ojos–. Lo siento, Lily, no pretendía… Bueno, ya sabes…
–No pasa nada –le dije, pero no era eso lo que sentía.
Un silencio tristón se apoderó de nosotros. Fue él quien lo rompió al cabo de un rato:
–¿Por qué has venido a verme? –Su tono de voz era más suave, desaparecido ya el niño y reemplazado por el hombre.
–¿La verdad? –Lo miré–. Quería ver a un amigo. Mi padre me contó que se había encontrado con tu madre en el mercado y que le había dicho que trabajabas en la Turf.
–Bueno, pues en este caso me alegro de que mi madre sea una cotorra… Gracias por haber venido, Lily. ¿Te puedes creer que haya pasado tanto tiempo y que sigamos siendo los de siempre?
–A ver, los de siempre… Tú ya no tienes las orejas tan grandes.
Harry soltó una risotada y se puso las manos a los lados de la cabeza.
–Y tú ahora te cepillas el pelo –le devolvió él, y vi en aquel hombre al chico divertido y encantador que había conocido cuando era niña–. Debes de estar rechazando propuestas a diario.
Volví a ponerme colorada.
–De hecho, varias al día. ¿Y tú? ¿Estás casado y con tres chiquillos que tienes que atar en corto?
–Cuatro… ¡y seis perros! –Sonrió y negó con la cabeza–. No, no he tenido tiempo para nada de eso. Seguimos solos mi madre y yo. Ya sabes que soy lo único que tiene desde que mi padre se marchó.
Asentí. Mi padre me había puesto al día del cotilleo. El de Harry se había gastado los ahorros de la familia apostando en las carreras de caballos y lo había perdido todo, tras lo que huyó con una chica del hipódromo.
–Te has convertido en un buen hombre…, a pesar de mis esfuerzos.
–Y tú en una buena mujer, a pesar de la tinta con la que tienes manchados los dedos. Quién lo habría dicho, ¿eh?
Las sonrisas se volvieron tristes y ambos fuimos conscientes de que la noche había terminado. Hablamos del pasado, nos sonrojamos flirteamos sin propósito y ya no nos quedó nada más que decirnos.
–Será mejor que vuelva con mi padre.
–Sí, seguro que mi madre también se está preguntando por dónde ando. He dicho muy en serio lo de que me alegraba de verte, Lily. La próxima vez seré yo quien pase a saludarte.
–Me encantaría.
Volvimos a la calle, donde él giró a la derecha y yo a la izquierda.
Harry miró hacia atrás en una ocasión y recordé lo que nos había distanciado.
Era algo que había intentado olvidar. Acababa de decir que me habría seguido al infierno y, de hecho, así lo había hecho… , solo que yo conseguí escapar y él no.
Parpadeé para evitar las lágrimas y culpé al frío nocturno de aquel escozor en los ojos. Me fui a casa.