Capítulo 6 #2
Probé la hoja en el pulgar y no me pareció lo bastante afilada, así que la afiné en una tira de cuero grueso.
Cuando pude cortar con ella un pelo de mi brazo, rasgué con cuidado la guarda a lo largo del lomo, pero solo ejerciendo la presión suficiente para cortar una hoja, no más profundo o podría dañar la encuadernación.
Haciendo un poco de fuerza, levanté el cartón del cuadernillo y dejé expuesto el lomo.
El refuerzo estaba descolorido y hecho de un papel barato que –a pesar de que el libro se había impreso hacía apenas unos años– había empezado a rajarse.
No sin cierta emoción, me di cuenta de que tendría que reemplazarlo.
Entrar en las tripas de un libro, desgarrar los restos de fábrica, era mi parte preferida del proceso.
Cogías algo débil, soso, y lo convertías en algo fuerte y precioso que sobreviviría a su dueño.
Yo misma estaba convirtiéndome en una pequeña parte de la historia del libro.
Porque ¿qué es un libro sino una serie de historias?
La historia que hay en sus páginas, la historia de su autor, su viaje desde la tinta a la página, pasando a través del editor y hasta llegar a las manos de sus dueños, de sus encuadernadores, de sus restauradores y de sus lectores.
Yo no era sino una pequeña parte de la historia de aquel libro y de la historia de todos en los que había trabajado, y eso me proporcionaba una inmortalidad invisible.
Los libros nos sobrevivirían a todos y me sentía satisfecha con ser una nota a pie de página en su vida.
Con ayuda de la chifla retiré el papel del lomo y dejé a la vista los hilos.
Aún no había decidido cómo acabar aquel libro.
Tardaría unos días en dar con algo adecuado –Ashburn me había dicho que a su esposa le gustaba lo moderno–, luego pasaría otros días bosquejando el diseño y redefiniéndolo, pero entretanto había mucho que hacer.
Con el lomo libre, corté una tira de algodón y otra de papel grueso a modo de protección y empecé a preparar la cola.
Mientras hervía y removía la cola, me quedé mirando al señor Caxton, que seguía cosiendo el Voltaire, aunque más despacio de lo habitual.
De pronto sentí un pinchazo de preocupación por él, igual que me había pasado con mi padre.
Ambos hombres, los mentores de mi vida, parecían frágiles, envejecían a ojos vista, y no me sentía preparada para vivir sin ellos.
–Se le quema la cola –me dijo el señor Caxton sin levantar la vista de su labor.
Fue entonces cuando me llegó el olor. La cola, sencillamente agua y unos pedacitos de cartílago de conejo, se había endurecido y se había pegado al cazo.
–¡Maldita sea!
Él no dejó de reír mientras yo rascaba la cola estropeada y la tiraba a la basura.
–¡Señorita Delaney, no se habla así delante de un caballero!
–¡Uy!, ¿acaso hay alguno por aquí?
En ese momento se levantó y vino a ver la que había liado.
–La distracción desemboca en errores. ¿De qué se trata? ¿Algún joven?
Puse los ojos en blanco mientras acababa de limpiar el cazo y empezaba de nuevo con el proceso.
–¿Acaso cree que tengo tiempo para cortejos?
–Cuando se es joven, se encuentra tiempo para todo.
–Siempre que una no sea encuadernadora.
– Touché . La cuestión es que no es usted la misma. Entiendo que no quiera contármelo; hoy en día, la vida de una jovencita tan solo le pertenece a ella. Porque… no será por ese libro, ¿verdad? ¿O por esa carta?
–En parte. Además, anoche a mi padre le pasó algo raro, como si hubiera sufrido algún ataque. A punto estuvo de caerse y sintió dolor en el pecho.
La sonrisa del señor Caxton desapareció.
–No sabe cuánto siento lo que me cuenta. ¿Ha ido a ver al médico?
La forma en que lo miré era una respuesta en sí misma.
–Hablaré con él esta tarde –me dijo–. Haré que comprenda lo importante que es seguir con vida.
–Seguro que a usted le hace más caso que a mí.
Me planteé contarle lo de la deuda, lo del gran préstamo que había pedido –… aunque no imaginaba para qué lo necesitábamos–, pero pensé que ya había aireado suficientes secretos y que mi padre me despreciaría si lo contaba.
–Si puedo hacer algún otro trabajo para usted, me vendría bien ese dinero extra –le dije.
–¡Ja! ¿Ve cómo tiene un enamorado?
Me burlé de su comentario.
–Sencillamente, me vendría bien un dinero extra.
Me miró un segundo más con aquellos ojos brillantes y me dio la sensación de que sabía que le mentía o de que, al menos, no le estaba contando toda la verdad, pero que, al mismo tiempo, era consciente de que era mejor que no me presionara.
–Pues hay que encuadernar los tres volúmenes de una Historia de la filosofía de Ueberweg en ternero negro, al estilo de la Biblioteca Wellington.
–¡Yo me encargo! –dije a toda prisa. Aquellos tres volúmenes me mantendrían ocupada mientras trabajaba en el manual–. Gracias.
Y, dicho aquello, cada uno volvió a su tarea.
Preparé una vez más la cola, en esta ocasión sin incidentes y, mientras se enfriaba lo suficiente para utilizarla, examiné el Manual de medicina botánica de Norteamérica .
No iba a ser necesario guillotinar las páginas, pero el lomo era un poco plano e irregular debido a los rodillos mecánicos.
Cogí el martillo y, con una serie de golpes juiciosos, redondeé el lomo hasta conseguir una curva homogénea.
Puse el libro en la prensa y le di un poco más de forma, para que adquiriera un perfil parecido al de una seta.
Ahí tenía el libro, desnudo, expuesto, mientras yo trataba de imaginar cómo quedaría el resultado final, porque poco más podía hacer hasta que tuviera una idea o supiera qué color quería o cuál iba a ser el tema.
Todo eso no era algo que se te ocurriera de buenas a primeras.
Para algunos libros, su forma final no era sino algo sencillo, la encuadernación uniforme para una biblioteca, o se te ocurría rápidamente y enseguida te quedaba claro; los había, en cambio, que tardaban más en dejarte ver cuál era su estilo.
Este volumen, me temía, iba a ser de estos últimos.
Y lo único en lo que yo podía pensar mientras miraba el libro, consciente de la multitud de pasos que iba a tener que dar, de piezas que iba a tener que montar para completar su encuadernación, era en cuántos sitios había para esconder algo en una encuadernación: la tela de algodón y la parte trasera del lomo, las guardas, la cubierta o la tapa, ya fuera esta de cartón o de madera…
Se podía escribir un soneto en la parte interior del cuero de becerro y quedaría preservado para siempre, aunque nunca nadie fuera a leerlo.
Se podía grabar un retrato en una tapa de madera y cubrirlo con vitela de manera que no se notara nada de nada en la cubierta.
Podían ocultarse páginas, cartas y confesiones detrás de las guardas.
Incluso podía escribirse un mensaje en el lomo.
Un libro era un objeto con muchas capas y nosotros no alcanzábamos a ver sino una pequeña parte de ellas al leerlo.
La campanilla de la puerta sonó con un gorjeo agudo que me sacó de mis pensamientos.
El señor Caxton no se movió, dado que estaba entre mis atribuciones como aprendiz atender a quienes vinieran al taller. No era sino el mozo, que nos traía los emparedados, como cada día a la una en punto. La mañana se me había pasado en pensamientos insustanciales y en quemar la cola de conejo.
Después de comer centré mi atención en los Ueberweg y les hice lo mismo que le había hecho al Manual de medicina botánica de Norteamérica : desposeerlos de las cubiertas y limpiar los lomos.
No era la primera vez que encuadernaba libros para la Biblioteca Wellington; requerían pensar poco y poca creatividad.
Era agradable concentrarse en una tarea sencilla y mecánica cuando las preocupaciones del día a día y las intrigas del Granuja amenazaban con hacerse con mi conciencia a cada segundo.
A continuación, corté el cuero, prensé los volúmenes, preparé las guardas y descubrí que nos quedaba poco pan de oro y escribí al proveedor para que nos enviara más.
Abrí el correo, barrí los recortes de papel, producto de guillotinar o cortar páginas, rellené las lámparas de aceite e hice cuanto pude para mantenerme ocupada.
A medida que avanzaba el día y la oscuridad iba cayendo sobre las ventanas, me dio la sensación de que el señor Caxton me observaba.
Yo me encontraba en ese momento ordenando los cajones de las guardas, organizándolas por colores y tipos: las marmoladas, las salpicadas, las lisas, las que tenían patrón, las pintadas.
–No sabía que fuera usted tan diligente –me dijo.
–Hay que tener ordenado el taller.
–Ah, ¿sí? –Suspiró y, a continuación, oí esos ruiditos característicos que indicaban que se había quitado los anteojos y que estaba frotándose los ojos.
–Son más de las siete. Debería haberse marchado usted hace más de una hora.
Miré mi reloj y comprobé que tenía razón.
–Es que esto hay que hacerlo.
–Sí, pero no hoy. Márchese, salga a divertirse, que es lo normal a su edad. ¿Acaso no tiene amigos que tengan ganas de verla?
La pregunta me pilló por sorpresa. Aquella era una de las poquísimas preguntas que el señor Caxton no me había hecho nunca sobre mi vida fuera de aquellas paredes…
, y lo cierto es que me sentí un tanto avergonzada por la respuesta que le di, pero es que había hecho de los libros mi vida y apenas quedaba sitio para nada más.
–Estoy muy ocupada para eso –respondí, porque sabía que se daría cuenta de que aquello era mentira y, por lo tanto, no persistiría en su búsqueda de la verdad.
–Lo mal que miente solo es comparable a lo mala aprendiz que es, así que voy a hacer lo que haría todo buen maestro: echarla a la calle.
Me reí. Una risa corta.
–¿Echarme a la calle?
–Pero solo por esta noche, que no soy ningún monstruo.
Venga, márchese y eche esto en el buzón de camino a su casa.
–El hombre me tendió una carta que iba dirigida a alguien que yo no conocía–.
Le pregunto por el tal Grieves. La ayudaré cuanto pueda siempre que esta nueva fantasía no interfiera con su trabajo, como ha hecho hoy.
Aquellas palabras, por severas que fueran, soltaron el nudo que había estado sintiendo en el estómago a lo largo de todo el día.
Cogí la carta.
–¡Gracias, señor Caxton!
No me pareció que estuviera tan contento como era habitual en él.
El señor Caxton era un hombre de placeres e intereses sencillos y tenía todo el tiempo del mundo para aquellos que compartían su gusto por esos placeres e intereses o, sencillamente, los respetaban.
Ese día, sin embargo, le había demostrado impaciencia y frustración con el libro que me había confiado un cliente muy importante.
El señor Caxton se había dado cuenta de todo y me sentía terriblemente triste por haberlo decepcionado de aquella manera.
–Y lo siento.
El hombre me hizo un gesto con la mano para que me fuera.
Me puse la capa, guardé el libro quemado en la cartera y salí a la fría y seca noche de octubre.