Capítulo 6
A la mañana siguiente no parecía que mi padre tuviera secuelas del susto de la noche anterior, si bien hizo todo lo posible por evitar mis preguntas y me apremió para que me marchara a trabajar en cuanto bajé las escaleras y puse un pie en la librería.
No le dije nada de la deuda, pero me quedé observándolo unos instantes.
Su actitud cascarrabias contaminaba hasta el alma de la librería, haciendo que pasara de ser un refugio a ser una mazmorra.
Sus preocupaciones le pesaban horrores y, conociéndolo como lo conocía, las ignoraría hasta el momento en que no pudiera seguir haciéndolo y, para entonces, toda oportunidad de recibir ayuda habría pasado.
Al salir de la librería pensé, por primera vez, en que los momentos en que lo viera de acá para allá por casa y lo oyera dando golpes y maldiciendo estaban contados y que, de hecho, eran pocos ya.
–Tiene usted una pinta, señorita Delaney, que parece que haya estado durmiendo en un seto –me soltó el señor Caxton desde su mesa de trabajo al entrar en el taller.
Contuve un bostezo.
–Gracias.
Aquella no era la manera en que solía responderle habitualmente y el señor Caxton se dio cuenta.
–¿Qué sucede? ¿Acaso el doctor Ashburn fue desagradable?
Colgué la capa y demás, pero cayeron en el sillón que había frente a la mesa de trabajo de mi maestro. Me dolía el cuello de haber dormido en el escritorio y aún tenía impresa en la mejilla la marca de la madera. La cartera y los pedazos del Granuja los tenía a salvo en el regazo.
–No, en absoluto. Me dio esto. –Saqué el Manual de medicina botánica de Norteamérica y se lo tendí–. Quiere que lo reencuaderne para regalárselo a su esposa.
El señor Caxton le dio vueltas al volumen.
Eran unos movimientos habituales, casi inconscientes, con los que comprobó el estado del lomo, pasó las manos por los cartones en busca de deformaciones o dobleces, buscó desgarros en las páginas o que estuvieran mal guillotinadas, y no abrió el libro hasta haber hecho todo aquello.
Lo hojeó, pero sin preocuparse tanto por el contenido de las páginas como por cómo estaban dispuestas.
Sus pequeños anteojos redondos relumbraban a la luz de la lámpara de aceite, dado que se negaba a instalar luz eléctrica por miedo a que fuera a decolorar los libros o a incendiar las paredes.
–Muy bonito –dijo–. Supongo que le habrá dado un mes.
–Tres semanas.
–¡Qué descaro!
Cogí el libro sin mucho cariño y, una vez más, el señor Caxton se dio cuenta. Para ser una persona tan obsesionada con los libros, tenía muy buena vista para las expresiones faciales.
–¡Ay, Dios, señorita Delaney, su emoción es contagiosa! ¡Conténgase, por favor!
–No, si estoy emocionada… –«Pero no por este volumen», pensé al tiempo que me preguntaba si el hombre sería capaz de leerme el pensamiento con la misma facilidad que el gesto.
–Pues espero que lo demuestre un poco mejor delante del doctor Ashburn.
Puse los ojos en blanco y decidí guardarme para mí cualquier ocurrencia que se me pasara por la cabeza.
Me quedé un rato más en el sillón, mientras convencía a mis extremidades para que se movieran, y aproveché para fijarme en cómo trabajaba el señor Caxton.
Hacía tiempo que no me detenía a hacerlo, dado que, a excepción de pequeñas mentorías por esto o aquello, la mayor parte del día trabajábamos cada uno por nuestra cuenta.
Sus manos se movían sin esfuerzo mientras cosía las signaturas de una edición temprana del Cándido de Voltaire.
Era un verdadero maestro de la encuadernación y comprendí que se me había olvidado lo mucho que me gustaba ver el proceso de devolver un libro a la vida.
Apreté la cartera con la mano, sentí el Granuja , sus pedazos envueltos cuidadosamente en lino, incluidas todas y cada una de las desconchaduras del cuero.
¿Me consideraría el señor Caxton una boba por preocuparme por un libro que no tenía salvación?
–Me está mirando usted –comentó el señor Caxton sin dejar de trabajar.
–Estoy disfrutando de cómo cose. Sería usted una buena costurera.
–Seguro que mi aprendiz no sería tan gandula como usted.
Nos quedamos en silencio. Un silencio nacido de años de familiaridad. Tenía que decírselo. Sentía la necesidad de hacerlo. Quería hacerlo. El secreto me quemaba como había ardido el cuero del libro en cuestión.
El señor Caxton suspiró:
–Me está mirando usted, pero no es para apreciar la manera en que coso. Suéltelo de una vez.
–El doctor Ashburn me dio una cosa más.
El señor Caxton levantó las cejas y me miró por encima de los anteojos.
–Espero que, sea lo que sea, no resulte indecente.
Saqué de la cartera el libro quemado y lo puse en su mesa de trabajo. El hombre dejó el Voltaire a un lado mientras yo desenvolvía el volumen.
El señor Caxton arrugó la nariz al oler el cuero quemado. El libro, que había rehecho más o menos después de haberlo diseccionado, se encontraba delante de él. Lo miró. Me miró.
–Está muerto. ¿Le pidió el doctor que lo resucite?
–Su intención era echarlo de nuevo al fuego.
El señor Caxton levantó el libro quemado y esbozó una mueca al ver la cubierta suelta.
–Pobrecillo.
–Alguien lo salvó de las llamas.
–Y muy a tiempo. Las páginas están bien. –Le dio la vuelta–. Granuja canta en un show …, no me suena. Y el autor tampoco: Abel Bell. –Negó con la cabeza–. Parece una novela romántica… Nunca habría dicho que el doctor Ashburn pudiera tener algo así en su colección.
–En realidad –y me incliné sobre la mesa de trabajo con una sonrisa de complicidad–, el doctor Ashburn me explicó que le había llegado en un envío reciente, pero que él no lo había comprado.
El señor Caxton volvió a enarcar las cejas y examinó nuevamente el libro.
–Hum…, resulta intrigante.
–Y hay más –le dije mientras cogía la cubierta suelta y le daba la vuelta para dejar la carta a la vista.
El señor Caxton se puso bien los anteojos y giró la lámpara.
–Levanté la guarda y esto estaba justo debajo.
–Vaya, vaya… –murmuró mientras leía lo que seguía siendo legible de la carta.
–¿No le parece interesante? Da la impresión de que esta carta se escondió en el libro con toda la intención.
De una reina para su granuja, se trate de quienes se trate.
Y hablan de asesinatos, de confinamiento y de dinero.
Alguien estaba lo bastante interesado como para salvar el libro del fuego, pero luego ha acabado en un envío de otros libros.
Y mire esto. –Y señalé la línea en la que ponía «igual que estos libros»–.
Pone «libros». Podría haber más y podrían contener más cartas.
–Curiosamente, esta misiva parece estar escrita en papel reutilizado. Podría ser de cualquier año y de cualquier sitio. Podría ser una página de una novela o de una obra de teatro.
Lo miré con aire severo.
–Usted sabe bien que no es el caso.
–Como usted bien sabe, poca cosa sé yo.
El señor Caxton dejó a un lado la carta y se centró en el resto del libro. Entornó los ojos para analizar la esquina de la contracubierta, junto al borde derecho del cartón.
–¿Qué es esto…? –Acercó la lupa y sujetó la esquina por debajo de la lente.
–¿Qué ha visto?
–Una marca.
Me acercó la lupa y me indicó dónde mirar.
En efecto, yo también la vi, desvaída por la goma, pero obvia: cinco pinchacitos como los puntos de las cartas de una baraja.
No obstante, no estaban dispuestos como lo estarían en un cinco, sino como los de un seis al que le faltase un punto arriba del todo:
*
* *
* *
–¿Alguna vez había visto una marca como esta, señor Caxton?
–Lo cierto es que no.
–Y mire aquí –le dije mientras levantaba la guarda en la parte baja de la cubierta y le enseñaba la marca del encuadernador–. ¿Conoce usted a algún encuadernador con las iniciales «FFG»?
Chasqueó la lengua.
–Estoy viejo y hay días en que no recuerdo ni mi propio nombre. «FFG» podría hacer referencia al encuadernador o al taller de encuadernación…, ¡o incluso al gremio al que pertenece!
Me dejé caer en el sillón. No se sabía nada del editor, no teníamos ni idea de quién podía ser el encuadernador y no sabíamos ni para quién era la carta ni quién la enviaba. Al autor tampoco lo conocíamos y de aquella vulgar novela tampoco habíamos oído hablar.
El señor Caxton examinó el resto del libro durante unos momentos, pero enseguida perdió el interés y reemprendió la labor del Voltaire. Al cabo de un rato, cuando se dio cuenta de que no me movía, volvió a dejar la aguja.
–¿Le interesa a usted este asunto?
–Sí. –Puede que incluso más de lo que debería, pero había tantas cosas fuera de mi control que había pensado que quizá pudiera descubrir alguna de ellas.
–¿Dónde consiguió el libro el doctor Ashburn?
–Me comentó que le había llegado en un envío de un librero llamado Grieves.
El señor Caxton frunció el ceño.
–Grieves…, Grieves…, Grieves… Me suena de algo, pero no alcanzo a recordar de qué. Si tanto supone esto para usted, ya preguntaré por ahí.
Al oír aquello recuperé la chispa y me levanté del sillón como una exhalación.
–¿¡En serio!?
–Si con eso consigo que abandone ese estado de desidia y vuelva al trabajo… ¡Que no le pago para que esté usted sentada en un sillón!
–No, señor, me paga para que esté sentada en aquella silla de allí –respondí mientras señalaba mi mesa de trabajo.
Recogí los pedazos del Granuja , los envolví de nuevo en el lino y lo guardé todo en el último cajón de mi escritorio con la esperanza de que el hecho de que dejara de verlo sirviera para que me lo quitara de la cabeza y me centrara en el trabajo.
Me puse con el Manual de medicina botánica de Norteamérica .
La encuadernación era sencilla, tela desde el lomo hasta un cuarto de las cubiertas por encima de cartón forrado de papel simple.
Las guardas eran marmoladas, de ese verde que se denomina «pavo real», aunque producidas en masa y sin el lustre de los papeles hechos a mano.
Tiré la funda a la papelera y cogí un cuchillo.