La encuadernadora de Oxford Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Subí las escaleras con aquella deuda pesándome en el pensamiento.

Una vez en mi dormitorio, saqué de la cartera el libro quemado y el manual, el libro por el que había ido a visitar al doctor Ashburn.

En ese momento me quedó más claro que nunca que debía concentrarme en mi trabajo y conseguir tanto dinero como pudiera para hacer frente a la deuda de mi padre; y los clientes como el doctor Ashburn eran idóneos para ello, si bien no podría saldar así la deuda a juzgar por la urgencia de la carta que mi padre había recibido del banco.

Bajo la parpadeante luz de mi lámpara de aceite, estudié el Manual de medicina botánica de Norteamérica . Era un volumen precioso, pulcro, con una encuadernación sencilla, del montón incluso. Las ilustraciones eran estupendas y detalladas y las fuentes utilizadas eran claras.

Pero me daba igual.

Por mucho que intentara ignorarlo, el libro quemado no dejaba de llamarme. ¡Me gritaba! El olor a cuero chamuscado se había apoderado de mis sentidos y no quería abandonarme. Por no hablar del pedazo de papel en el que se hablaba de un asesinato… y que tiraba de mí como la gravedad.

Porque le echara un vistazo rápido no iba a pasar nada.

Dejé a un lado el manual y cogí el Granuja canta en un show .

Saqué el pedazo de papel de donde lo había dejado, en el interior de la contracubierta, puesto que la cubierta había acabado de separarse por completo excepto por unos pocos hilos amarillentos.

Corté los hilos con unas tijeras, dado que tenía unas pocas herramientas en casa por si decidía quedarme trabajando hasta tarde, cosa que a menudo hacía.

Retiré el cuero del cartón con cuidado, haciendo palanca.

Se desconchaba y se rajaba, se pelaba como una cebolla…

, hasta que el cartón quedó a la vista. Por dentro, corté la guarda para dejar al descubierto el cartón.

La cuestión es que no era cartón, sino papel.

Un buen papel, caro y resistente. Aquello era lo que había conseguido que el libro no se deshiciera cuando el fuego se llevó parte del lomo.

Con una cuchilla fui quitando el papel del cartón y resultó, ¡oh, sorpresa!, que no era un solo papel, sino dos. Únicamente estaban encolados los bordes de arriba, por lo que salió con facilidad y la segunda hoja quedó a la vista, comida aquí y allá por el fuego y encolada por completo al cartón.

Esa página también estaba escrita y, aunque la letra era vaga contra el cuero de ternero, oscurecido por el calor de las llamas, aún se leía bien y quedaba claro que se trataba de una carta.

Sentí un escalofrío nada más verla. Era evidente que alguien se había tomado muchas molestias para ocultarla y que, al mismo tiempo, pretendía que otra persona la encontrase.

Me temblaban las manos, pero giré la llave de la lámpara para que me diera más luz y empecé a leerla:

A mi granuja:

Nuestra historia. Nuestro amor. Se lo envío al mundo de la única manera posible …

Aquí estamos escondidos. Entre Dios, la encuadernación y yo .

… no mirará aquí. Su hombre ni lee ni ve en los libros nada más que papel, a diferencia de nosotros, ¿verdad?

Ahora, mi confinamiento tiene significado, igual que estos libros …

… encontrarán la manera de llegar a ti… hay pocas posibilidades, pero esta es mi última esperanza .

El dinero es mío. No pueden quitármelo mientras siga respirando y como se atrevan …

Mi granuja. Ojalá …

Pero me alegro de que esté muerto. Esta historia es la verdad… Nos hará libres a ambos .

No queda mucho tiempo… has de …

Yo, tu reina

El fuego se había llevado palabras aquí y allá, pero el significado estaba claro. Cogí el pedacito de papel y lo puse en el borde quemado: «Mi granuja. Ojalá no lo hubieras matado». Aun así, la mujer que escribía la carta se alegraba de ello.

Dejé el cartón a un lado y me froté los ojos.

Me picaban por lo largo que había sido el día y por la poca luz, que me obligaba a esforzarme para leer la letra apenas visible, casi borrada, de la carta de aquella mujer, una carta que no podía dejar de mirar y releer.

Una reina y un granuja. Un amor que acababa en tragedia.

Y dinero de por medio, como suele suceder.

Volví a mirar la encuadernación. Era rudimentaria, aunque al artesano no le faltaba habilidad, si bien estaba hecha a toda prisa. Sofoqué un bostezo. Era casi medianoche. Mi cuidadoso análisis del cuero me llevó mucho más tiempo del que había imaginado.

Comprobé la contracubierta. No estaba tan dañada. Llevé el cuchillo a la guarda y la levanté. En el cuero de debajo, una marca llamó mi atención:

FFG

¡Por fin! Ahí estaba la marca del encuadernador, tres iniciales dentro de una sencilla caja dorada en frío en el cuero. Oculta, cómo no, como parecía que estaba todo en aquel libro.

Aparté la guarda a la espera de encontrar otra página, otra carta, pero allí no había nada, solo el cartón. He de confesar que me sentí decepcionada.

Cogí la cubierta y volví a leer la carta, la copié en un papel limpio y la leí una y otra vez hasta que me dolieron los ojos y se me cerraron los párpados.

Imaginé a aquella reina enamorándose de su granuja y las fuerzas que los rodeaban, conspirando contra su unión.

Encarcelada por algún hombre poderoso y desagradable y el granuja luchando por llegar hasta ella, siendo su única esperanza…

, la última…, esconder una carta en un libro para ver si, por casualidad, el granuja la encontraba.

Mientras me quedaba dormida, con la cabeza en el escritorio, una palabra de la carta y su última letra, ese plural, empezaron a flotar a mi alrededor en la oscuridad:

«Libros…».