Capítulo 5
Una vez bajé del tren, en Oxford, me apresuré por el puente de Hythe y giré a la izquierda en la calle Walton hasta Jericho para llegar a casa. Hacía frío y no me había parado a ponerme los guantes. Tenía las manos tan congeladas que me dolían. Los libros me pesaban y empezaba a dolerme el hombro.
Las palabras de aquel pedacito de papel me atormentaban.
Estaba segura de que las había escrito una mujer, lo que quedaba claro con esa caligrafía, pero era todo un misterio tanto a quién se las había escrito como a quién había matado la persona en cuestión.
El pedacito era parte de una página más grande –había restos de otras letras en los bordes–.
Lo que no estaba claro era si el pedazo de papel se había quemado antes de encuadernarlo al libro o si ya era parte del mismo cuando este se quemó.
Era por la tarde, sobre las seis, y sabía que el señor Caxton no esperaría que apareciera por el taller a aquellas horas.
Además, tenía que ir a casa para ver si mi padre había comido y para recordarle que mantuviera el fuego encendido.
Aunque, en realidad, yo lo que quería era ir al taller y seguir indagando en el libro quemado.
Al mismo tiempo, quería ser una buena hija y que mi padre me mirase con cariño con sus ojos de color miel…
, pero mi padre no era así. No obstante, me necesitaba y su necesidad era mayor que mi deseo.
Reduje el paso a medida que llegaba a la esquina de la calle Jericho, donde cogería la calle Victor hasta mi casa.
Ansiaba enterrarme entre libros…, pero el mundo real reclamaba mi atención.
Las luces de la librería estaban encendidas y su fulgor anaranjado llegaba hasta la calle a través de los escaparates.
Oxford por la noche tenía ese color. Los tonos dorados de las nuevas farolas eléctricas iluminaban la piedra pálida y le daban encanto a la ciudad.
Aún no había luz en el piso de arriba y tampoco veía a mi padre por las ventanas.
Lo más seguro era que estuviera en la oficina y que se hubiera olvidado de apagar las lámparas de la librería.
Estaría inclinado sobre un libro o sobre el libro de registro, con una pluma en la boca y una mancha de tinta en los labios.
Hacía tanto frío que sentía la cara aterida. Di por hecho que mi nariz había adquirido un alarmante tono rojizo. Cuando fui a abrir la puerta sentí un fuerte escalofrío en la nuca, pero no se debía al viento, sino a que alguien estaba mirándome.
Aunque había farolas a ambos lados del final de mi corta calle, el centro de la misma estaba en sombras. Me quedé observando con los pelos de la nuca como escarpias, pero no vi que ninguna sombra se moviera. Nada se movía, de hecho, en la oscuridad.
En uno de los edificios de enfrente se encendió una lámpara, que dibujó un rectángulo de luz al otro lado de la calle y me dejó claro que allí no había nada ni nadie.
Me reprendí por haberme asustado. Había sentido un escalofrío –por la noche, en octubre y mal vestida para soportar el frío–, nada más.
Me sacudí los restos de la sensación y entré en la librería.
–¡Cerrado!
El grito impaciente me llegó desde la parte de atrás de esta.
Me encontraba demasiado cansada para soportar aquel tono y respondí con el que se le antojó a mi propia impaciencia:
–Soy yo, padre.
Él se acercó a la puerta de la oficina.
–¿Dónde has estado?
Me dirigí a las escaleras.
–Pues trabajando, ¿dónde si no?
No me apetecía explicarle los pormenores de mi viaje, como habría hecho en otro momento. Lo que quería era ir arriba, a mi habitación, y ponerme con el libro.
–Ha sido un día largo –aseveró.
Asentí.
–Estoy cansada. Me voy arriba.
Aunque ya tenía un pie en el primer escalón, me dijo:
–Espera, que tengo una cosa para ti.
Intenté que no se me notara la frustración.
–¿De qué se trata?
–Ven, ven. –Hizo un gesto con la mano para que lo siguiera y se acercó a su oficina arrastrando los pies.
La oficina estaba hecha un caos, como siempre.
El escritorio estaba abarrotado de papeles y libros, igual que las estanterías.
Un ventanuco dejaba entrar algo de luz por el día, pero estaba muy sucio y mi padre no me permitía que lo limpiara; según decía, prefería la luz suave y, además, era mejor para los libros.
Debajo del ventanuco se alzaba orgullosa una caja de caudales de metal verde que me llegaba hasta la cintura y que mi padre había adquirido hacía unos años, a raíz de que sufriéramos un robo.
La caja, además de la cerradura de la puerta principal, era la única concesión a la seguridad que mi padre se permitía en la librería.
Caminar por aquella pequeña habitación sin tirar nada era una gesta. Las pilas de libros formaban sendas laberínticas hasta el escritorio y el único lugar en el que no había libros era una silla que mi padre tenía para los coleccionistas que venían de visita o para sus clientes preferidos.
Me fijé en las migas y en el papel encerado que había en una esquina del escritorio.
Consciente de que ni lo uno ni lo otro estaba allí por la mañana, me sentí aliviada porque, al menos, había comido.
Mi padre, ligeramente encorvado y más delgado que nunca, consiguió llegar al escritorio y se inclinó sobre el cajón de más abajo.
De él sacó una caja de madera con cerradura y, tras coger la llave de su bolsillo, la abrió.
La caja de caudales era para libros importantes, que por supuesto eran mucho más valiosos que las monedas y los billetes.
La caja de madera era para guardar las ganancias del día a día.
De la caja sacó unos cuantos billetes y me los tendió.
–¿Qué es esto? –le pregunté.
–He vendido el Shelley que has encontrado.
Por un momento, me olvidé por completo del libro quemado y de sus secretos.
–Se ha vendido muy rápido, ¡ha llegado esta misma mañana! –comenté mientras contaba los billetes.
–La señora Rowley es coleccionista de Shelley, entre otros poetas. Le he enviado una nota y ha venido de inmediato.
Tenía veinte libras en la mano.
–¿Esto es mío?
Mi padre asintió.
–La señora Rowley ha pagado ciento cincuenta.
Estaba convencida de que aquel volumen costaba por lo menos quinientas, pero no quería agriar aquel momento.
–¡Vaya! Pero no puedo aceptarlo, padre, es demasiado.
Intenté devolverle el dinero, pero me empujó la mano para rechazarlo.
–Una parte de la venta ha de ser para quien encuentra el libro. Utilízalo como prefieras. No sé…, cómprate un vestido nuevo.
Lo cierto era que necesitaba un vestido, pero me ardía el alma al pensar que uno, con todo lo que conllevaba, me dejaría con apenas unos pocos peniques en el bolsillo. Doblé los billetes y los sujeté con fuerza.
–Gracias, padre. ¡Qué maravilla!
Él asintió y cogió la caja de madera con intención de devolverla al cajón, pero nada más levantarla, trastabilló y la caja se le cayó sobre el escritorio.
Había tropezado con una de las patas de la silla. Dejé caer la cartera, dejé caer el dinero y lo cogí a él antes de que se golpeara la cabeza con una de las estanterías de madera.
–¡Padre!
Tenía el gesto torcido de dolor y se agarraba el pecho. Lo ayudé a sentarse en su silla.
–¿Estás bien? ¿Qué te sucede?
–No es nada, no es nada –decía él, pero tenía la cara roja y sudaba como si acabara de correr un kilómetro a pleno sol.
Le cogí la mano y, con una gran desazón en el pecho, fui consciente de que era la primera vez que nos tocábamos en años. Sentí la debilidad de su cuerpo al sostenerlo. Hasta ese momento no me había dado cuenta de lo mucho que había envejecido.
–¿Qué ha pasado? –le pregunté mientras se recomponía.
–Un susto, nada más. Me he tropezado por lo mucho que pesa la caja –respondió medio en broma–. No te preocupes por mí, muchacha.
–Debería llamar al doctor Ingram.
Me agarró por el brazo y me miró como si fuera a matarme.
–Ni se te ocurra. Estoy bien. Si quieres ayudarme, tráeme un poco de agua.
No quería dejarlo allí, pero parecía que el peligro hubiera pasado y que volvía a ser el de siempre, aunque aún le faltaba ligeramente el aliento. Fui a por el agua que me pedía y me fijé en lo que le temblaba la mano mientras se la bebía.
–Creo que voy a acostarme –me dijo, como si estuviera admitiendo la derrota.
–Padre…
–Ni una palabra más, Lilian. Arregla este desorden, por favor. –Se levantó, sacudió una mano como para espantar mi preocupación y, sin mirar atrás, salió de la oficina.
Me quedé escuchando cómo subía las escaleras, un sonido que había oído miles de veces pero que, en esta ocasión, parecía crucial. Como si fuera a ser la última vez que lo oyera.
Sus pasos eran más lentos de lo habitual e incluso se detuvo un momento como a mitad de camino, pero no se cayó ni me llamó para pedirme ayuda.
Me quedé esperando hasta que oí que se cerraba la puerta de su habitación y me puse a recoger.
Cogí los billetes del suelo, los doblé y los metí en la cartera, después guardé la caja del dinero y coloqué bien los libros del escritorio.
Fue entonces cuando me fijé en una carta que había sobre la mesa.
La enviaba el Banco de Londres y del Condado y hablaba de un crédito que pronto vencería y que seguía sin saldarse.
Cogí la carta y busqué la suma de la que hablaba.
Nada más verla sentí un nudo en la garganta.
¡Mi padre no ganaba eso al año con la librería!
Dejé la carta exactamente donde la había encontrado; no quería que mi padre me considerase una entrometida.
Volví a guardar casi todo el dinero que me había dado por la venta del Shelley en la caja de madera, aunque me quedé unas pocas libras.