Capítulo 4
Compré un emparedado en un carro de la estación antes de embarcar en el tren de última hora de la tarde, pero me olvidé de él por completo en cuanto saqué de la cartera el libro quemado.
Dejé la tela en la mesita del tren y, con cuidado, puse encima el volumen, Granuja canta en un show .
No es que el tren fuera lleno, pero al otro lado del pasillo vi a una señora vestida de verde que arrugó la nariz ante el olor a cuero quemado.
La miré, puse cara de disculpa y esperé a que apartara la mirada, pero no lo hizo.
El vagón estaba muy bien iluminado, lo que me permitió ver en el libro detalles que no había percibido en el estudio del doctor Ashburn…, y esos detalles me llevaron a hacerme aún más preguntas.
El fuego se había comido la parte superior del cuero y había manchado el resto con hollín.
En el lomo, en la parte que había escapado de lo peor, se veía que el cuero estaba teñido de un púrpura tan oscuro que parecía casi negro.
En el lomo no había rotulaciones o motivos decorativos, solo el título y el autor.
No había un solo detalle que delatara el valor de aquella edición o el interés que podía tener para un coleccionista, pero lo que estaba claro era que, si aquella era una impresión para un uso diario, para un libro común, la elección del cuero lo habría encarecido, cuando la tela habría sido más económica.
Levanté la cubierta con miedo a que se me quedara entre las manos. No fue el caso, aunque no me habría extrañado, dado que el fuego se había comido parte de la charnela del lomo. Algo mantenía entero aquel libro, pero no me quedaba claro qué era.
En la primera página prácticamente no había información sobre él.
Aparecía el título, el autor de la obra, la fecha de publicación, 1851, pero la zona donde debería aparecer el nombre el editor estaba ennegrecida.
No había grabado ningún colofón del mismo, no había frontispicio, no había ilustración alguna que lo distinguiera como un buen volumen y no se detallaba el contenido ni nada en absoluto sobre el editor.
La página estaba curiosamente vacía para tratarse de un libro encuadernado de aquella manera.
Inspeccioné el interior de la cubierta. Las guardas, de color rojo, estaban pegadas con poco cuidado, con zonas desiguales y bultos que me irritaban con solo verlos y hacían que ansiara ponerme a corregirlos.
El fuego había alcanzado la esquina superior y había fundido la cola, lo que había provocado que el papel se rizara y que los bordes estuvieran chamuscados.
Con la uña lo fui retirando un poco más y vi que, por debajo, había un segundo papel.
–¡Qué curioso! –oí que decía una voz.
Levanté la vista y vi que la señora del otro lado del pasillo, la del vestido verde, estaba sentada ahora a mi mesita.
–¿Va a salvarlo?
Estaba tan absorta en el volumen que la sorpresa que me produjo percatarme de repente de que la mujer se había movido sin que me diera cuenta me dejó sin palabras.
–Porque ¿se puede salvar? –insistió.
–Se puede –respondí a toda prisa para encubrir que me hubiera quedado mirándola como alelada– y lo haré, siempre que encuentre el tiempo para ello.
–Le pido disculpas por haberla sorprendido. Nunca había visto a nadie prestar tanta atención a un libro.
Intenté ser educada, pero lo cierto es que no me apetecía hablar:
–No pasa nada.
–¿Es usted librera de profesión? –Los ojos de la mujer resplandecían y era evidente que estaba ansiosa por hablar.
–Encuadernadora.
Ella asintió.
–¡Mi esposo también! Es una labor que consume el alma, ¿no le parece?
No sabía cómo responder a eso, dado que yo jamás habría dicho algo así, pero de pronto fui consciente de que era verdad.
–Los libros son así –fue lo único que dije.
Me esforzaba por dar con la manera de poner fin a la conversación, pero aún quedaba una hora de tren y los vagones estaban lo bastante llenos como para que el hecho de que me cambiara de sitio no me garantizara que fuera a encontrar otra mesita en la que trabajar.
–¡Qué razón tiene! –convino ella y, por un dichoso momento, se quedó callada y me dio tiempo a estudiarla.
Iba bien vestida, con un conjunto de color verde pastel y una chaqueta a juego, gruesa, cálida, acorde con el tiempo que teníamos.
En su propia mesita había dejado un sombrero de ala ancha con una decoración de flores secas en el lazo.
No era rica, pero pobre tampoco, lo que hizo que me preguntara por qué viajaría en aquella parte del tren en vez de en un vagón de compartimentos.
–¡Pero qué modales! –exclamó de pronto mirándonos al libro y a mí una y otra vez–. Soy la señora Chand.
Sentí como un pinchazo en los oídos: «Chand».
–¿Y su esposo es encuadernador?
La mujer asintió y sonrió.
–¿Mohan Chand?
–Está claro que su reputación lo precede –comentó la mujer.
–Su trabajo es precioso. Vi una copia del Diccionario de Johnson que encuadernó para un cliente. El cuero de ternero marmolado y la marroquinería del lomo eran exquisitos.
La mujer se mostró impresionada.
–Veo que sabe usted de lo que habla, ¿señora…?
–Delaney. Señorita Lilian Delaney.
–Delaney… ¿No hay en Oxford un librero con ese apellido?
–En efecto, es mi padre. –No tenía claro si me sentía orgullosa de que lo conociera o si me sentía invadida en cierta manera porque aquella desconocida supiera quién era mi padre.
La mujer asintió de nuevo y volvió a bajar la mirada a la mesa.
–Hábleme de este libro que pretende salvar, señorita Delaney.
–Pues me temo que no hay mucho que contar. El fuego se ha llevado el nombre del editor y el autor se esconde tras un seudónimo, o eso creo. Tengo la impresión de que lo han reencuadernado, porque parece que hay otro papel reutilizado bajo la guarda.
Le di la vuelta al libro para enseñarle la parte de abajo de una página. La mujer abrió los ojos igual que los había abierto yo.
–¿Y alguien lo quemó? ¿A propósito?
–No estoy segura. Lo que está claro es que alguien lo salvó, pero acabó en un envío de libros a un cliente sin que este supiera nada de su existencia.
–¡Menudo misterio! Quizá, si encuentra usted al encuadernador, este pueda arrojar algo más de luz. Desde luego, parece una edición para biblioteca, sencilla y uniforme, si bien la elección del color resulta curiosa.
–Eso es lo que creo yo también, pero no encuentro ninguna marca.
El tren silbó y la señora Chand me dijo:
–Esta es mi parada. ¡Se me ha pasado el tiempo volando!
Viajo tanto por el país que me resulta imposible tener presentes todas las estaciones.
–A continuación, se levantó, cogió su sombrero y su cartera, que estaba en el asiento, y lo hizo todo sin dejar de mirar el libro quemado–.
A menudo, mi esposo esconde su marca debajo de la guarda trasera.
Dice que le importa poco que los coleccionistas la vean, pero que quiere asegurarse de que otros encuadernadores sí lo hagan.
La mayoría estampaba su marca sin más, ya fuera en la esquina del interior de la cubierta o, algunos, incluso en la propia cubierta, con lo que sus iniciales se convertían en parte de las rotulaciones y los motivos decorativos.
Mis dedos ansiaban buscar de arriba abajo dicha marca en el libro, si es que había alguna.
El tren redujo la velocidad hasta que se detuvo del todo.
–Espero que logre resolver el misterio y que sea fructífero, señorita Delaney.
–Muchas gracias, señora Chand. Ha sido un placer conocerla –respondí, tras lo que levanté la vista para mirarla a los ojos, pero la mujer ya estaba en la otra punta del pasillo.
Volví a concentrarme en el libro, emocionada.
No llevaba encima las herramientas necesarias para desvestirlo, así que decidí no seguir adelante con mi investigación.
Lo que hice fue zambullirme en sus páginas.
Estaban impresas con gran claridad, prácticamente perfectas.
Había zonas donde los tipos se veían pálidos, lo que indicaba una cobertura pobre de la tinta, y también había varios errores tipográficos, palabras mal escritas y comas que parecían puestas al azar.
Era un libro en el que nadie había puesto mucha atención y que parecía que hubieran editado a todo correr.
El propio texto, algo que me quedó claro tras leer unas pocas páginas y ojear unas cuantas más, parecía ser la historia de un amor ilícito en los confines de un convento. Era poco mejor que una novela barata.
Los daños los había sufrido, sobre todo, la cubierta. El cuero quemado se desconchaba en mis manos.
El tren dio una sacudida, mi mano salió disparada hacia delante… ¡y la cubierta se desgajó del resto de la encuadernación!
–¡No, no, no! –exclamé entre susurros acunando el cartón roto.
Mientras intentaba colocar la cubierta de nuevo en su sitio, un pedacito de papel chamuscado cayó del cartón.
No era inusual que los encuadernadores usaran papel para forrarlo y encolar el lomo, pero aquello era más habitual en libros más antiguos, no en aquellos que imprimían las máquinas modernas.
Lo habría ignorado por completo de no ser por las palabras que había escritas en él.
Dejé la cubierta con cuidado encima del libro y cogí el pedacito de papel.
Con una letra redondeada y cursiva, alguien había escrito: «¡Ojalá no lo hubieras matado!».