Capítulo 3 #2
Sentí cómo la emoción me ascendía por los brazos, como si irradiara del propio libro.
Lo hojeé. El texto estaba limpio, impreso hacía un puñado de años en Nueva York y acompañado de cubiertas de color y magníficas ilustraciones de todo tipo de plantas.
La funda resultaba chabacana, como la mayoría de las que venían de Nueva York, y las dos telas con las que habían encuadernado lomo y cubiertas eran de unos aburridos tonos marrones que contrastaban con el papel crema.
–Es un libro bonito. Espero hacerle justicia.
–Seguro que sí. Lo necesito en cuestión de tres semanas. ¿Es un problema?
«¿De dónde provenía el olor? ¿Qué se había quemado dentro de esa caja y por qué estaba allí?».
–En absoluto.
–La noto distraída.
No me había dado cuenta, pero llevaba varios minutos sin mirar al doctor Ashburn, incluso mientras me hablaba.
–Le pido disculpas. –Noté que se me calentaban las mejillas y debieron de enrojecérseme–. Esa caja de ahí…, ¿contiene algo quemado?
Los rasgos del hombre adoptaron una expresión siniestra.
–Sí. Compré el Manual junto con otros ejemplares –se acercó a la caja y con su enorme mano sacó un libro muy dañado por el fuego–, pero este se encontraba con los demás y ahora he de airear estos volúmenes. Como poco, he de considerarlo un inconveniente; un sabotaje, como mucho.
–¿Me permite? –Adelanté la mano.
Era un volumen pequeño. Las cubiertas estaban ennegrecidas y el fuego se había comido el cuero.
Los bordes de las páginas estaban ligeramente chamuscados, pero estas no se veían muy dañadas, como si alguien hubiera rescatado a tiempo el volumen del fuego.
No había dorado en los bordes; eran páginas corrientes, guillotinadas.
No me quedaba claro si la encuadernación era antigua o nueva, pero resultaba peculiar tanto por su color como por su estilo.
Abrí la cubierta con las manos manchadas ya por el hollín.
Las guardas eran de color granate y me resultaron gruesas al tacto.
Había manchas de humo en el papel y la parte baja de la primera página se había quemado.
Granuja canta en un show , de Abel Bell, publicado en 1851, si bien el nombre del editor estaba ennegrecido y resultaba ilegible. Nunca había oído hablar del autor y, sin editor, era complicado saber de dónde provenía.
–Señorita Delaney.
Levanté la vista y resulta que el doctor Ashburn me estaba mirando con cara de cierta impaciencia.
–Le pido disculpas, señor, pero es que me duele ver un libro tan dañado.
Me acerqué para devolvérselo, pero él levantó la mano con la palma por delante.
–Ese volumen no solo no tiene ningún valor, sino que carece de interés para mí y también carece de él para Grieves, que es el librero que me lo ha enviado. –Otro apellido que desconocía–. Puede quedárselo y hacer lo que prefiera con él. Si no se lo lleva, volverá al fuego.
Me encogí al imaginar al hombre condenando aquellas páginas al fuego, pero tenía razón: aquel libro carecía de valor.
Aun así, alguien se había tomado la molestia de salvarlo para que no se convirtiera en ceniza.
Me di cuenta de que el libro me importaba lo suficiente como para no permitir que ese fuera su destino.
–Con gusto se lo quitaré de las manos. Y, por supuesto, encuadernaré el manual para la señora Ashburn.
–Tres semanas, señorita Delaney.
–Ni un día más.
Entonces, y a pesar de mi aparente mala educación, volvió la naturaleza afable del doctor.
Me dio una tela para el libro quemado e hizo sonar una campanita que había en la pared.
Lo envolví con la tela y me limpié el hollín de las manos en la capa.
Volvimos a la biblioteca. La luz había cambiado y la estancia resplandecía por el efecto de la misma en las incrustaciones doradas y en la ornamentación de oro en los bordes de los libros.
–Haga una buena encuadernación y habrá más trabajo para usted a medida que vaya aumentando mi colección.
No pude evitar sonreír.
–Gracias por tener fe en mí.
–No haga que me arrepienta.
Su tono de voz hizo que la sonrisa se me congelara.
Aquella era una oportunidad mejor que cualquier otra.
Los encargos regulares por parte del doctor Ashburn podrían abrirme las puertas de muchas otras bibliotecas y ayudarme a consolidar mi carrera como encuadernadora.
Ya no tendría que trabajar en aquella esquina del taller del señor Caxton, sino que, al igual que Sarah Prideaux, tendría mi propio taller y mis propios aprendices.
Metí en la cartera el libro quemado envuelto en tela junto con el manual y justo en ese momento apareció el mayordomo en la puerta de la biblioteca.
El hombre me acompañó a la salida; fuera me esperaba un elegante carruaje negro y brillante, con el escudo de la familia del doctor Ashburn en la puerta.
–El cochero la llevará a la estación –dijo el mayordomo, pero no hizo ademán siquiera de ayudarme a subir.
Fue un criado el que me abrió la puerta del carruaje. Subí y me puse la cartera en el regazo.
El peso de los libros me confortaba en aquel entorno.
Yo no conocía aquel lujo ni sabía cómo actuar ante los sirvientes porque jamás había tenido ninguno.
Solo sabía de libros. Nada más entrar en la biblioteca del doctor Ashburn había sentido que aquel era mi sitio y, nada más salir, volvía a sentirme como una impostora.
Me aferré a la cartera y a los libros que contenía.
Aparte de que se trataba de una petición del doctor Ashburn, el Manual de medicina botánica carecía de interés para mí, pero el otro, el volumen quemado de un autor desconocido, un nombre que parecía sacado de una chistera más que de la realidad, me intrigaba enormemente.
¿Quién quemaría un libro y luego lo salvaría? ¿Quién se lo enviaría a un coleccionista al que el libro en cuestión le importaba un ardite? ¿De dónde había escapado aquel ejemplar y por qué se había tomado alguien la molestia de preservarlo?
Mis dedos ansiaban explorarlo, pero la encuadernación estaba frágil por efecto del fuego y no quería arriesgarme a que una sacudida del carruaje le provocara más daños.
Sin embargo, una vez en el tren no pude resistirme.