La encuadernadora de Oxford Capítulo 3
5%

Capítulo 3

El tren a Bath era rápido, solo se tardaba unas pocas horas en llegar, contando una parada que se hacía en Didcot, donde cambié de tren para coger la Línea Occidental.

Para ir de la estación a la casa del doctor Ashburn cogí un cabriolé del que tiraba una preciosa yegua blanca.

El viaje en tren transcurrió mientras estudiaba las notas de reuniones anteriores a las que había asistido con el señor Caxton, las preguntas que el hombre les había hecho a los clientes y la información que les proporcionaba.

El viaje en el cabriolé lo pasé tomando mis propias notas.

Casa Tynesdale, la mansión del doctor Ashburn, se alzaba en la falda de una colina que ascendía suavemente y se encontraba a unos ocho kilómetros de la ciudad.

El cabriolé cogió el largo camino de entrada y las vistas del valle de Avon fueron volviéndose más y más espectaculares a medida que ascendíamos por la colina.

La niebla se aferraba a los lados del valle como si se tratara de humo flotante y convertía la ciudad en un espectro, como el vago contorno que queda cuando la tinta se ha agotado en una impresión.

En un momento dado, la mansión apareció delante de nosotros.

Era un edificio de estilo neogótico construido con la típica piedra pálida de Bath; de hecho, era un magnífico ejemplo.

Así, cuando bajé del cabriolé, no pude sino tomarme un momento para admirarla.

Tynesdale estaba repleta de torres almenadas, arcadas elevadas y chapiteles y pináculos extremadamente puntiagudos; un derroche de expresión contrario al estilo clásico y sereno a menudo preferido por la gente adinerada.

El cabriolé se marchó y, mientras me acercaba a la entrada, con la vista aún fija en las gloriosas ventanas saledizas, la gran puerta principal se abrió.

En el umbral había un hombre corpulento con semblante severo que hizo que de inmediato me recorriera el cuerpo un escalofrío que me heló los huesos.

Llevaba un traje negro de gran calidad con un cuello blanco tan almidonado que serviría para apurar un afeitado.

Enseguida sentí que mi atuendo debía de parecer andrajoso al lado del suyo: un vestido de lana granate que disimulaba bien las manchas de tinta.

Debajo llevaba una blusa cómoda y sencilla, cubierta por una chaqueta cuyo dobladillo empezaba a descoserse y por una capa con un terrible siete remendado en el hombro.

Y aunque no hacía falta ser un lince para darse cuenta, supuse que aquel mayordomo debía de fijarse en todo con suma atención.

–Buenos días –me dijo el mayordomo al tiempo que hacía una leve reverencia–. ¿La señorita Lilian Delaney, supongo?

–La misma. –Intenté sonar confiada, aunque no era así como me sentía–. Por lo que tengo entendido, el doctor Ashburn desea que le eche una ojeada a un libro.

–Por supuesto.

Su voz era tan fría como el pleno invierno y me pregunté cuánto tiempo se quedaría allí, viendo cómo temblaba –porque no había tenido tiempo de ir a casa a ponerme ropa de más abrigo–, antes de considerar que era digna de entrar en la casa.

Quería ponerme recta y levantar la barbilla y decirle: «Su señor ha requerido mi presencia, así que déjeme entrar de inmediato», pero un hombre como aquel, el mayordomo de una casa de aquel tamaño y origen, estaba muy por encima de mi posición y, hasta cierto punto, no me habría extrañado que me hubiera hecho entrar por la puerta de atrás.

Por fin se apartó e hizo un gesto con el brazo hacia el interior de la casa para que entrara.

–Por favor, pase. El doctor Ashburn la espera en la biblioteca.

La biblioteca que albergaba la Colección Ashburn.

Estaba a punto de entrar, yo, allí donde mi maestro no había podido, y de ver y tocar libros a los que él jamás había tenido acceso.

Sentí un escalofrío de emoción y no conseguí esconderlo especialmente bien.

Me pareció ver que el mayordomo arrugaba el ceño.

La biblioteca de Ashburn, renombrada en los círculos bibliófilos por ser un santuario silencioso de conocimiento y ciencia, era una estancia agradable en la zona más apartada de la casa que, por lo que me pareció, no recibía la luz directa del sol.

Hasta la puerta era digna de admiración: un elegante nogal con incrustaciones de latón y volutas talladas en lo alto.

El mayordomo abrió la puerta y me instó a entrar.

La habitación era luminosa y tenía ventanas arqueadas enmarcadas por gruesas cortinas de color verde.

Había dos sillones frente a una chimenea y una mesita entre ambos.

Al fondo había un piano que parecía más para decorar que para entretener.

En las otras tres paredes estaban los libros.

La colección del doctor tenía reputación de contar con los textos médicos más importantes del mundo, lo que la convertía no ya en la mejor biblioteca médica del país, sino del mundo, y no era difícil entender el porqué.

Respiré hondo para hacerme con el olor de aquel lugar y percibí la insinuación de la antigüedad y del cuero, junto con el olor a cedro ardiendo en la chimenea.

La del cedro era la madera preferida entre los bibliófilos más serios porque se trataba de una madera dura que ardía despacio y apenas producía humo, lo que podría manchar e incluso dañar los libros.

Al fondo de la estancia había una segunda puerta, apenas visible entre las baldas.

Di por hecho que daba al estudio del doctor.

Mientras cruzaba el umbral dubitativa y entraba en aquel santuario, aquella otra puerta se abrió y por ella apareció el doctor Ashburn.

Se trataba de un hombre alto, corpulento y ancho de hombros, pero llevaba bien el sobrepeso. A pesar de su edad –muy por encima de los cincuenta–, conservaba todo el pelo, de un rubio aún vivo. Vestía un traje de color gris oscuro.

–Señorita Delaney –dijo mientras avanzaba a zancadas hacia mí con la mano tendida–, es un placer.

–El placer es mío, señor. Gracias por requerir mi presencia.

A punto estuve de no alcanzar a darle la mano porque no lo estaba mirando a él, sino los miles de volúmenes que había en aquellas baldas, que me tenían como hechizada.

–No me lo puedo creer –dije, aunque para el cuello de la camisa–, esta es… la Colección Ashburn.

–Parte de ella –añadió el doctor mientras, él también, admiraba las baldas por detrás de mí.

Fue entonces cuando lo observé. El hombre me sacaba más de una cabeza. Era imponente, pero afable, y, si lo que se contaba sobre su trabajo era cierto, también era atento con sus pacientes.

–¿Es cierto, perdone que se lo pregunte, que tiene usted aquí un ejemplar de Della simmetria ?

El doctor ladeó la cabeza y dijo:

–Sí que está usted bien informada.

A continuación, se acercó a una estantería que había unas pocas filas a su derecha y, casi sin mirar, sacó un volumen fino de entre los demás.

–Alberto Durero, 1591 –dijo–. Su obra maestra, en la que detalla las simetrías y proporciones ocultas del cuerpo humano.

Abrió el libro como pasadas dos terceras partes y desplegó con mucho cuidado una página doble. No pude evitar abrir la boca de par en par.

–Ver una obra así, de esa época, con los pliegues intactos…, es increíble –comenté–. ¿Es la traducción italiana? Aunque la encuadernación no es tan antigua…

–Tiene buen ojo, señorita Delaney. Tuve que pedir que me lo encuadernaran de nuevo debido a que su anterior dueño permitió que sufriera un percance con el agua.

–Es una encuadernación preciosa. Simple y elegante.

El doctor dejó el Durero en su sitio.

–Como ya habrá imaginado, siento pasión por la historia de la medicina y mi biblioteca se concentra precisamente en eso, si bien en los últimos tiempos he descubierto que también me atraen temas más modernos. Y por eso está usted aquí. Por favor, si no le importa.

El hombre hizo un gesto hacia su estudio y se adelantó.

Yo le seguí despacio para resultar educada, mientras leía con voracidad los lomos en busca de títulos que conociera.

Vi, por ejemplo, un volumen del Anatomía del cuerpo humano de Thomas Gibson, un libro de finales del siglo XVII , encuadernado con un estilo asombroso que supuse que sería holandés, dado que tenía un lomo de vitela pálida que llegaba a las cubiertas.

Y en una balda que había junto al estudio vi una edición alemana del siglo XVIII del Aforismos de Hipócrates y cientos… , ¡miles!, más.

El estudio era mucho más pequeño que la biblioteca y las paredes estaban llenas de armarios con puertas de cristal, detrás de las que se encontraban las verdaderas joyas de la colección, incluido un Tratado de la pintura de Da Vinci.

Había allí, sin embargo, un olor que no encajaba y que, de hecho, era el mayor miedo de cualquier coleccionista. Olía a quemado.

En un escritorio situado en el centro de la estancia se hallaban varios libros. El doctor Ashburn rodeó el escritorio, cogió un volumen y me lo tendió.

–Quiero regalarle este libro a mi esposa. Buscaba una encuadernación elegante para la obra, pero, como verá, las cubiertas son sencillas y la tela es de lo más insulsa.

– Manual de medicina botánica de Norteamérica . ¿Le gustan las plantas a su esposa? –pregunté, a pesar de que el olor a quemado me agredía los sentidos. Busqué su fuente y acabé dando con una caja que había en una esquina.

–Y las Américas. De un tiempo a esta parte, estoy oyendo de boca de ciertos coleccionistas que John Caxton realiza unas encuadernaciones exquisitas, pero no alcanzaba a comprenderlo, porque lo conozco y sé que su estilo es tradicional.

Fue entonces cuando me enteré de que contaba con una aprendiz y el misterio quedó resuelto.

Me gustaría que fuera usted quien encuadernara este libro de la manera que considere adecuada para una dama de la posición de mi esposa, que disfruta de lo moderno.