Capítulo 2 #2
Me despedí, aunque no me quedé esperando una respuesta. Salí de la librería y dejé que la puerta se cerrara, dudando de que mi padre se hubiera dado cuenta siquiera de que me había marchado.
Huyendo del frío, no tardé ni diez minutos en llegar al taller del señor Caxton.
El hombre tenía la chimenea encendida y las contraventanas de las altas ventanas del taller abiertas para que entrase la luz de aquella mañana de invierno.
Después de haber estado en los confines desprovistos de aire de la librería de mi padre, aquello era un refugio.
–Llega usted tarde, señorita Delaney –me dijo el señor Caxton sin levantar la vista de su labor.
–No es así y lo sabe. Por cierto, mi padre ha conseguido parte del inventario del señor Forstatter y he estado ayudándolo.
Entonces sí que levantó la vista.
–Y ¿ha conseguido el Bunyan?
Asentí y el hombre sonrió.
–Me alegro por él.
–También ha conseguido el Shelley de 1810, el del plagio, aunque no lo sabía. Le he dicho que fue usted quien me contó la historia de la edición retirada de boca de un conocido de Stockdale.
El hombre se recostó y me miró con gesto adusto:
–¿Me arrastra usted a una sucia mentira, mancillando así mi buen nombre?
–Así es, y no me cabe duda de que antes o después volveré a hacerlo.
El señor Caxton soltó una risotada y se quedó callado. Sentía que me miraba mientras me desabrochaba la capa y la colgaba en un gancho junto a la chimenea.
–Es una terrible ironía, aunque también resulta entretenido, que tenga usted que mentir para que la crea.
–Terrible.
–Su padre no tardará en darse cuenta de su valía. –Y me guiñó el ojo, gesto que acompañó de una sonrisa, algo que acostumbraba a hacer.
Algunos dirían que el señor Caxton tenía un comportamiento inapropiado y poco caballeroso, pero yo ya había conocido a algún que otro caballero y puedo asegurar que no eran ni la mitad de caballeros que el señor Caxton.
El corazón del hombre era el de un verdadero amante de los libros y no veía a los demás en función de su sexo o su posición, sino de las pasiones que pudieran compartir.
Yo había nacido con el deseo de convertir algo que estuviera roto en algo bonito y el señor Caxton se había dado cuenta de ello desde el momento en que entré en su taller y me quedé boquiabierta y se me salieron los ojos de las cuencas ante las riquezas que allí había.
Además de leer los libros, que no era sino la mitad del interés que tenía en ellos, aprendí a descomponerlos en pedazos, a conocer su anatomía.
Descubrí lo que había por debajo de su encuadernación, como si fuera a encontrar un significado aún más profundo para las palabras estudiando sus huesos y volviendo a colocarlos en su sitio.
–He recibido una petición de lo más interesante –me comentó el señor Caxton al tiempo que me tendía una carta.
Era del doctor W. Ashburn, físico de duques y condes y un reconocido coleccionista de libros. El hombre había conseguido una serie de volúmenes en una subasta, no especialmente valiosos, pero curiosos, y había uno en concreto que quería que encuadernáramos para regalar.
–El doctor Ashburn vive cerca de Bath –dije–. ¿Por qué no contrata a alguno de los encuadernadores de allí?
–Siga leyendo.
Así lo hice… hasta que leí las palabras que pensaba que nunca leería.
–¿¡Quiere que sea yo quien lo encuaderne!?
El señor Caxton asintió.
–Debería sentirme menospreciado –dijo el hombre–, que llevo una década intentando entrar en la biblioteca de Ashburn. Ahora bien, no albergo malos sentimientos hacia usted.
–¡Qué magnánimo es, señor! –respondí sonriéndole tanto como el contenido de la carta hacía que sonriera por dentro.
–Su estrella está en alza, querida. Espero que sea capaz de estar a la altura. Parte usted hacia su mansión hoy mismo.
Parpadeé.
–¿¡Hoy mismo!?
–A la gente como Ashburn no le gusta esperar. Coja el tren. Yo me encargaré de informar a su padre. Ya he enviado un telegrama a casa del doctor para avisar de que va de inmediato.
–¿Y usted no viene? –De repente sentí miedo. Nunca había ido sola a visitar a un cliente.
–Soy viejo y estoy cansado. ¿Va a hacerme recorrer el país con el tiempo que tenemos? No, usted es más que capaz y me ha acompañado las veces suficientes para saber cómo se hace.
–Pero… –En efecto, había acompañado al señor Caxton a aquellas reuniones, había tomado notas y me había vuelto invisible a ojos de condes, reverendos y barones cuyas colecciones admirábamos.
Había sido la secretaria, pero ahora era una encuadernadora por derecho propio…
, aunque no tenía claro que estuviera tan preparada como yo creía.
El señor Caxton me cogió la mano. Su piel era suave y cálida como la vitela y tenía ya los dedos retorcidos después de pasar toda la vida cosiendo lomos.
Su actitud juguetona había desaparecido y había hecho acto de presencia su naturaleza seria, algo que apenas había visto en un puñado de ocasiones durante mi periodo de aprendizaje.
–La duda no ha lugar. No puede uno dudar cuando encola el cuero al cartón; ha de hacerse con un movimiento firme y confiado, exactamente igual que en la vida.
Asentí, aunque no sentía firmeza ni confianza.
–Va a perder el tren –comentó el señor Caxton, que se dirigió al gancho en el que había colgado la capa hacía un rato y la descolgó.
Cogí mi cuaderno de notas, un lápiz y el catálogo de una subasta reciente para estar preparada en caso de que el doctor Ashburn quisiera poner a prueba mis conocimientos. Luego me puse la capa, me eché al hombro una de las carteras del señor Caxton y salí hacia la estación.