La encuadernadora de Oxford Capítulo 2
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Capítulo 2

Mi padre bajó las escaleras haciendo muchísimo ruido mientras yo me esforzaba por estirar los últimos minutos de sueño.

El hombre había recibido un envío de obras de un librero que había quebrado.

Cuando esto sucedía, los demás libreros de la ciudad y de los pueblos cercanos se lanzaban a las estanterías de la librería en cuestión en busca de un Donne perdido o de un volumen de Shakespeare bien encuadernado.

Y, claro, mi padre no era la excepción. Se había acercado a San Aldates y había vuelto mientras yo dormía.

–La ginebra y la debilidad por los caballos no encajan bien con los libros –me dijo mi padre en cuanto bajé a la librería–. Antes de que la bebida lo reclamara, Forstatter tenía buen ojo. Dime, ¿qué valor tiene este lote?

Una prueba, como siempre. Con la vista aún borrosa por estar recién despertada, me arrodillé junto a los montones de libros que había preparado mi padre.

Sabía muy bien cuál era su forma de hacer.

Era un hombre quisquilloso, por lo que no podía evitar el orden e imaginaba que todos entenderían cómo había dispuesto los libros; como si su orden fuera la única manera natural de disponer el mundo.

De hecho, hacía varios años pasó un fin de semana reorganizando las baldas y no por autor, que es lo habitual, sino por fecha de publicación.

«Pero ¿cómo va a saber una señora que esté buscando un libro de cuentos infantiles el día en que se publicó?

», le pregunté, a lo que me respondió: «Que me lo pregunte a mí, el librero, porque mi cometido es saberlo».

La librería había estado así ordenada durante un mes, hasta que mi padre acabó cansándose de las constantes preguntas y de la bajada de las ventas y volvió a ponerla como había estado siempre.

Miré los libros que tenía delante. En una pila, mi padre había puesto lo ordinario; las ediciones por las que sacaría unas cuantas libras por parte de alguien que estuviera empezando su colección de libros o de alguien que, sencillamente, quisiera una buena lectura.

En otra había agrupado las obras teológicas de diferente categoría.

Vi un Milton que estaba envuelto en una tela roja y en cuya portada había una representación del infierno del escritor.

El encuadernador no había hecho bien su trabajo porque las rotulaciones y motivos decorativos no eran lo bastante profundos en algunos sitios y habían empezado a desconcharse.

La portada me dejó claro que se trataba de una impresión moderna y, por lo tanto, no valía mucho.

Miré a mi padre. Le brillaba la mirada como si pensara que iba a pillarme en algo así.

Pasé a la pila final. Allí estaban los libros más antiguos y raros, piedras angulares de cualquier colección que se precie: Shakespeare, Dryden, Keats, Shaw.

Y allí estaba. Lo saqué de entre los demás, porque mi padre lo había escondido ligeramente para probarme bien, pero un simple vistazo a su encuadernación me dijo todo lo necesario.

– El progreso del peregrino –leí mientras pasaba la mano por la suave cubierta–. Encuadernado en piel de carnero, limpio, sin lágrimas ni decoloración.

–Un libro de los que hay a patadas, ¿no te parece? Todo el que tenga seis peniques debería hacerse con uno.

Lo abrí para ver la primera página.

–Es una primera edición, publicada por Nathaniel Ponder en 1678.

Pero la prueba de mi padre aún no había acabado.

–¿Cómo sabes que es una primera edición?

–Porque solo es la primera parte de la historia. La segunda parte se publicó en 1684 y las dos primeras, juntas, al año siguiente, en 1685. A partir de entonces, todas las ediciones contienen las tres partes.

–Muy bien, Lilian –me felicitó mi padre mientras me cogía el libro con sumo cuidado. Quería más a sus libros que a mí y yo hacía tiempo que había dejado de intentar competir con ellos.

Con el libro sujeto como sujetarías a un recién nacido, avanzó por entre las pilas de libros camino de su oficina.

–Espera –le dije–. Se te ha pasado uno.

Mi padre se volvió con el ceño fruncido.

–¿Que se me ha pasado uno?

Me acerqué a la pila de libros comunes, saqué uno y se lo entregué.

–De hecho, este es muy raro y valioso.

Mi padre comprobó el lomo y me lo devolvió.

–Te falla la vista. Ese libro no es sino una colección normalita de un poeta regular.

–Esta es la edición de 1810 del Poemas originales de Victor y Cazire de Percy Bysshe Shelley.

Lo escribió con su hermana Elizabeth y lo publicó John Stockdale.

La denunciaron porque incluía un poema de Matthew Gregory Lewis sin su permiso.

Stockdale la retiró y el libro se publicó años más tarde en una edición revisada, pero este…

–levanté el volumen fino y anodino– es uno de los poquísimos ejemplares que entró en circulación con el poema de Lewis.

Es el libro más raro que hay en la colección de Forstatter, aunque dudo que el hombre supiera lo que tenía.

Mi padre cogió el volumen una vez más y lo inspeccionó con mayor detenimiento.

–Y ¿cómo sabes tú todo eso?

Como si tuviera que justificar la proveniencia de toda la información que él desconocía.

No podía decirle que lo había leído en Notas sobre una colección de Walton porque mi padre consideraba que Walton era un farsante que inflaba el valor de las obras, así que le mentí.

No era la primera vez que lo hacía y tampoco era aquella la más atroz de mis mentiras, pero, si era necesario que le mintiera para que apreciara mi valía, no pensaba dejar de hacerlo.

–Me lo explicó el señor Caxton. Resulta que encuadernó una edición para la biblioteca de un caballero hace dos décadas y el caballero en cuestión conocía a Stockdale.

–Hum –fue lo único que dijo mi padre, pero no discutió, porque si había alguien en quien él creía, era en el señor Caxton–.

Stockdale era un pornógrafo. ¿Sabes que vendió un ejemplar de las memorias de Harriette Wilson el mes pasado por quinientas libras?

Al parecer, era el que Stockdale envió al duque de Wellington con intención de chantajearlo.

–Yo habría pedido ochocientas.

Mi padre levantó la vista para mirarme. Era la primera vez que lo hacía en lo que iba de día.

–Y seguro que te habrías quedado con él.

Pero cogió el Shelley y lo cobijó junto al Bunyan en los brazos.

Dos libros, papel encuadernado y piel, que valían más de lo que yo ganaba en un año, puede que de lo que ganaba en dos, si mi padre encontraba al comprador adecuado, aunque esos compradores escaseaban y, por lo tanto, esos libros podían tirarse meses en la oficina, puede que incluso años, antes de que apareciera uno que mi padre considerara adecuado.

Al igual que él tenía su rutina matutina, yo tenía la mía; una rutina que acometía sin necesidad de instrucción, porque no se necesita instrucción cuando uno repite tareas que lleva años haciendo.

Así, catalogué el envío de Forstatter en el libro de registro, añadí precios estimados y los puse en baldas allí donde encontré espacio para ellos.

En ocasiones me detenía para admirar algún volumen especialmente bien encuadernado o para lamentarme por malas encuadernaciones; pero, sobre todo, me detenía para olerlos, porque no hay nada como el olor de los libros para despertar el alma.

El olor terroso, a veces dulce, del cuero de ternero…

, la cola grasa sobre el papel…, la tinta…

Cualquiera que ame los libros conoce ese olor; adora respirarlo.

Es un perfume particular que te invade y permanece.

Es el aroma de la imaginación, de la sabiduría que te espera entre las palabras.

Algunos de los libros más baratos, aunque populares, los dispuse en una mesa, a la vista de los transeúntes, pero los que tenían valor los guardé en vitrinas o donde nadie los viera.

Mi padre escribiría a sus mejores clientes para comentarles que había adquirido un ejemplar de El progreso del peregrino o un Swift bien encuadernado y enseguida vendrían a verlos.

En caso de que varios clientes quisieran alguno de los volúmenes, mi padre lo llevaría a la casa de subastas.

No obstante, este tipo de ventas eran escasísimas y el coste de adquirir los libros en un primer momento, alto.

Nadie que pretendiera ganar dinero se dedicaba a vender libros.

Todo coleccionista empieza su colección porque ama los libros, por un deseo de obtener conocimientos, pero todos ellos, a lo largo del curso de la vida, van disfrutando cada vez más de la caza.

Ansían ser dueños de algo precioso y la notoriedad y admiración que provoca una buena colección.

No creo que muchos lean los libros que adquieren, sino que los dejan en una balda y allí se quedan.

Y ese es un triste destino para un libro, un objeto producido para darse a conocer.

–Tengo que irme –dije mientras me abotonaba la capa al cuello–. Pararé en el mercado cuando vuelva, que los armarios están vacíos. ¿Ya estás comiendo?

Mi padre estaba en la oficina y no oí a modo de respuesta sino un impaciente murmullo con el que me pedía que dejara de hacer ruido y me marchara.

Era un hombre solitario, con el corazón roto para siempre por la pérdida de mi madre hacía casi quince años y que buscaba solaz en los libros.

Mi madre había estado enferma, aunque me ocultó la gravedad de su dolencia hasta el final.

Ambos lo hicieron. Cuando murió, mi padre se refugió en su trabajo y yo pasaba sola la mayor parte del tiempo.

Si quería hablar su idioma, tenía que aprenderme aquellos libros, sus historias y el valor oculto que portaban.

Y así lo hice, porque, de esa forma, su amor por los libros se convertiría en amor por mí.

Soporté los juegos y las pruebas y conté las mentiras que fueron necesarias en busca de aquellos instantes fugaces en los que el hombre me miraba y no veía una sombra de mi madre o una molestia en su hogar.