La encuadernadora de Oxford Capítulo 1
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La encuadernadora de Oxford

La encuadernadora de Oxford

Por A. D. Bell

© inepub.com

Capítulo 1

El frío era feroz en el taller de encuadernación.

El de finales de octubre, un frío tan metido en las piedras que ni el fuego más voluntarioso conseguía convencerlas de que se calentasen.

Tenía los dedos ateridos. Me recosté y admiré el volumen de poesía de Samuel Rogers acabado.

El comprador había querido convertir el verde apagado de la encuadernación en un generoso regalo para el padre de la chica con la que aspiraba a casarse, un reconocido bibliófilo.

Pasé el dedo por las bandas elevadas de cuero marroquí teñido de azul oscuro del lomo, grabado con dorados y con flores rojas incrustadas, un diseño inspirado por uno de los primeros trabajos de Sarah Prideaux, una encuadernadora que admiraba.

–Debería irse a casa, señorita Delaney.

Era la voz del señor Caxton, que me llegaba desde la otra punta del taller.

Llevaba tres años siendo aprendiz del señor John Caxton, un apreciado encuadernador de la calle San Giles, en Oxford. El hombre no tenía relación con el famoso impresor, pero era un nombre del que, aun así, se valía a modo de credencial.

–Me iré cuando usted se vaya –le respondí, levanté la vista y vi su cara brillante y redonda a la luz de la lámpara.

El hombre era bajito, poca cosa, y estaba encorvado. No se podía decir que no aparentara los sesenta años que tenía.

Éramos dos islas de luz amarilla en una extensión oscura.

El taller de encuadernación no era grande, pero por las noches daba la impresión de que lo fuera.

Las paredes estaban cubiertas de libros en diferentes etapas de desnudez, de interminables cajones llenos de telas, vitelas, cueros y papeles de diferente grano, grosor y tonalidades, de guardas marmoladas o pintadas, de hojas de oro, prensas, bloques y marcos de costura.

Había tantísimas herramientas que se necesitaría una vida entera para utilizarlas todas; herramientas tan específicas que solo en trabajar el lomo llegaban a utilizarse una decena.

Había cajones con punzones, cuchillos, cuchillas, plegaderas de hueso, reglas y pinzas de latón y bandejas de agujas –curvadas y rectas–, tijeras y martillos.

Junto a la puerta de atrás había sacos de cola seca lista para mezclarla y aplicarla con pinceles de cerdas largas.

Aquello era una cueva de Aladino llena de riquezas y caos y era mi cometido, un cometido para nada envidiable, mantenerla en orden, encontrar sitio para la nueva decena de punzones con los que llegaba el señor Caxton cualquier mañana o encargarme del nuevo pedido de cuero de cabra que se le había olvidado decirme que no tardaría en llegar.

El señor Caxton era un hombre de gesto agradable, paciente y bastante divertido. Se acercó a mi mesa y observó mi labor por detrás de las gafas con aquellos ojillos que tenía. Cogió el fino volumen, lo levantó y le dio la vuelta, abrió las cubiertas para ver cómo quedaba.

–¿Sin doublure ? –me preguntó mientras inspeccionaba el interior de las cubiertas, donde me había limitado a pegar papel marmolado en vez de tela de grano marroquí a juego.

–No ha pagado suficiente.

El señor Caxton no dijo nada. Se acercó el libro al oído y lo hojeó para ver si escuchaba algún error.

–Ha encuadernado usted el libro al revés, señorita Delaney –me dijo al tiempo que me lo devolvía.

Me quedé boquiabierta. ¡No era posible! Cogí el libro con la sensación de que estaba a punto de embargarme el pánico y lo abrí de golpe.

Entonces oí cómo el señor Caxton se echaba a reír. Para tener sesenta años, el hombre reía como un crío.

Levanté la vista y me quedé mirándolo. Me dolían los ojos por el esfuerzo realizado a lo largo de todo el día.

–Es usted un malísimo profesor.

–¡Y usted es una aprendiz sin sentido del humor! –Y siguió partiéndose de risa hasta que llegó a su mesa.

–Usted gana, me voy a casa –comenté, incapaz de seguir mirando un solo instante más el Rogers.

Envolví el libro en una tela limpia y lo guardé en el armario que había detrás de mi mesa de trabajo.

Por la mañana enviaría una nota al comprador para que viniera a recogerlo.

A pesar de haber sido yo quien había hecho todo el trabajo, el nombre del señor Caxton acompañaría la encuadernación y el pago lo recibiría él, un pago del que yo vería apenas un cuarto.

Me dolía cuando veía cambiar de manos los billetes y que tan pocos acabaran en mi mano, pero era el precio que debía pagar para que me enseñara el oficio; para poder decir que había aprendido con John Caxton, ¡que en su día había encuadernado libros para la biblioteca personal de la mismísima reina!

Me envolví en mi capa y me puse los guantes. ¡Qué calorcito tan agradable produjo de inmediato la lana en mis manos, que me dolían por el frío!

–Buenas noches, señor Caxton –le dije cuando pasé por su lado.

–La encuadernación es preciosa –me dijo él mientras esbozaba una sonrisa–. Voy a escribir a Frank Karslake para hablarle de usted.

Frank Karslake era el fundador del Gremio de Mujeres Encuadernadoras, un gremio que se había establecido hacía tres años.

En su día les había escrito varias veces pidiendo unirme a ellas, pero nadie había respondido a mis cartas.

La recomendación del señor Caxton me abriría una puerta que consideraba cerrada.

Sentí una especie de calor que me subía por todo el cuerpo. Sería un sueño hecho realidad.

–Le diré que es usted torpe y que, aparte de para coser, para poco más tiene talento.

–Pues la verdad.

–Yo nunca miento. Buenas noches, señorita Delaney.

Salí a la fría noche a paso ligero. ¡Qué alegría me producía que me apasionara mi trabajo!

A mi padre también le apasionaba el suyo, aunque puede que más de lo que debería.

No obstante, de aprendiz, con veinticinco años y soltera, no ganaba lo suficiente como para sentirme lo cómoda que me gustaría ni para gozar de la libertad que ansiaba.

Aún dormía en la habitación de cuando era niña, sobre Libros Antiguos Delaney –la librería de mi padre–, en la calle Victor, y cuando no estaba encuadernando libros, estaba catalogándolos o vendiéndolos.

De niña, los libros raros y mohosos habían sido los lindes de mi día a día, al que daban forma y sentido.

En la librería de mi padre había libros más viejos de lo que una niña como yo era capaz de imaginar, volúmenes que habían visto el ascenso y la caída de reyes, edificios derrumbarse y guerras que ya nadie recordaba.

«Los libros perduran», decía mi padre. «Los libros perduran; nosotros, no».

El camino del taller del señor Caxton a mi casa era corto, apenas unas manzanas. Casi no tenía tiempo para mí misma y, a decir verdad, no estaba segura de cómo era mi vida cuando no tenía las manos llenas de tinta y estaba inmersa en cuadernillos y cubiertas.

Mi mundo era pequeño, confinado entre muros de piedra de los Cotswolds, prensado hasta ser fino como el papel.

Me encantaba y, al mismo tiempo, sentía como si me rozara, así que, cuando me llegó la oportunidad de tirar abajo esos muros, la agarré con ambas manos y no me paré a pensar en las consecuencias.

Porque mi inocencia me hizo preguntarme: «¿Qué peligro puede conllevar un libro? ».