CAPÍTULO VII
Un gran designio
Y el tiempo siguió su curso; varias siembras fueron cosechadas y los tormentosos ataques de Gabrielle no volvieron a manifestarse. Comprendí entonces que parte de mi locura había funcionado.
No podía creer que su sangre estuviese «contaminada espiritualmente», como afirmaban los demás; sin embargo, tal vez sí había algo en su cuerpo que no debía permanecer allí, y aquellas criaturas ayudaban a expulsarlo.
Con todo lo aprendido junto a Martina, me resultaba imposible condenar el destino de mi propia hija con etiquetas malignas. Y, aunque mis convicciones respecto a ese tratamiento distaban mucho de las creencias del resto, había una verdad imposible de negar: los ataques de Gabrielle habían cesado.
Fue entonces cuando pensé que, aunque no tuviera del todo mis propias respuestas, tal vez podía ofrecer respuestas a alguien más.
Fui al pueblo y hablé con el monje Richard acerca del tratamiento que había utilizado con Gabrielle.
Según sus propias creencias, la contaminación del alma nacía en la sangre; y aunque yo jamás consideré impura a mi hija, tampoco podía negar la relación entre la succión de aquellas criaturas y la desaparición de sus ataques.
Le conté mi experiencia. Después de todo, lo mejor de aquel método era que podía servir tanto a quienes atribuían aquellos males a fuerzas oscuras como a quienes, igual que yo, buscaban respuestas sin condenar el alma de quien padecía el sufrimiento.
Tal vez, dentro de mucho tiempo, alguien encuentre una explicación mejor para estas rarezas de la naturaleza.
Porque no existe carga más cruel que crecer creyendo que hay algo malo dentro de uno mismo.
Al principio, el monje Richard recibió mi relato con prudente escepticismo.
Pero tras nuestra conversación, comenzó a correr la voz de que los ataques de Gabrielle habían cesado. Durante un tiempo fueron solo rumores; comentarios susurrados entre vecinos que se resistían a creer que aquellos extraños gusanos del pantano pudieran aliviar mal humano alguno.
Sin embargo, la insistencia del monje terminó por convencer a varios de ellos de presenciar el procedimiento con sus propios ojos.
Algunos días después, Richard llegó a mi casa acompañado de un pequeño grupo de observadores. Quiso la providencia que aquella noche fuese luna vieja, la misma fase que había acompañado los tratamientos de Gabrielle.
Los recibí con cierta inquietud. Mi hogar nunca había recibido tantas personas.
Mientras unos permanecían de pie junto a la entrada, otros tomaron asiento donde pudieron, acomodándose en bancos, taburetes y cualquier rincón libre.
Nadie hablaba demasiado. Había en el ambiente una mezcla de curiosidad e incredulidad.
Entre los presentes se encontraba Samuel, un joven que padecía ataques semejantes a los que durante tanto tiempo habían atormentado a Gabrielle. Su familia lo había acompañado hasta allí con una esperanza prudente, como quien teme ilusionarse demasiado.
Expliqué cuanto sabía acerca de mi descubrimiento. En realidad, no tenía mucho que decir, pues no comprendía por qué funcionaba ni qué ocurría exactamente durante el proceso. Solo podía dar testimonio de lo vivido junto a Gabrielle; todo lo demás escapaba a mi entendimiento.
Cuando terminé de hablar, me dirigí al frasco donde conservaba los gusanos traídos del pantano. Percibí cómo varias miradas seguían cada uno de mis movimientos. Tomé una de aquellas criaturas y la coloqué con cuidado sobre la cabeza de Samuel.
Nadie dijo una palabra.
Después de un tiempo prudente, retiré los gusanos uno por uno. Al alzar la vista encontré los ojos del padre de Samuel. Ya no vi en ellos el horror con el que había llegado, sino una esperanza temerosa, como si aún no se atreviera a creer en lo que acababa de presenciar.
Me acerqué a él y le dije:
—Ningún cerrajero forja una cerradura sin forjar también su llave.
No respondió. Se limitó a inclinar la cabeza, como quien se aferra a una última esperanza.
Poco después, los presentes comenzaron a despedirse. Las conversaciones eran escasas, pero en los rostros ya no habitaba el mismo temor con el que habían cruzado el umbral de mi casa.
Los días siguientes transcurrieron entre visitas, observaciones y largas conversaciones con todo el que llegaba interesado en conocer más sobre aquel extraño tratamiento.
Poco a poco, los ataques del joven Samuel comenzaron a espaciarse.
Al principio fueron menos frecuentes; después, menos intensos.
Hasta que, un día, dejaron de presentarse.
Aquello bastó para que la noticia se propagara más allá del pueblo.
Cada vez fueron más las personas que acudían en busca de aquel insólito tratamiento para sus males. Llegó un punto en que ya no podía atenderlas sola y necesité la ayuda de otras personas.
Fue entonces cuando llegó Saúl a mi vida.