CAPÍTULO VI
El precio de la esperanza
Con el paso del tiempo, aprendí a reconocer las señales que anunciaban los extraños ataques de Gabrielle.
Antes de cada episodio, algo en ella parecía cambiar.
Había días en los que se mostraba más inquieta de lo habitual; otras veces, era su propio cuerpo el que parecía advertirme que algo estaba por suceder.
No sabía si aquello era un mal divino, una enfermedad o algún castigo imposible de comprender, pero poco a poco empecé a aceptar que aquella era nuestra realidad.
A veces llegué a pensar que quizá sí era mi culpa. Tal vez le había transmitido mi «maldición», aquella de la que todos habían hablado desde mi infancia.
Entonces recordé las palabras de Martina:
—Tú decides si ser la maldecida o la elegida.
De inmediato corrí hacia el arroyo. Caminé por toda la orilla en busca del lugar donde el agua permanecía más quieta, como si el silencio también necesitara calmarse antes de responderme.
—Martina, necesito tu ayuda —dije.
—No sé qué puedo hacer por Gabrielle —continué—. A veces pienso que todo podría ser mi culpa. ¿Y si tal vez es verdad lo que dicen? ¿Y si, a través de mi sangre, le he heredado la maldición que me acompaña desde siempre?
Hubo silencio por unos instantes. El agua del arroyo parecía inmóvil, como si también ella tratase de escuchar a Martina.
—¿Existe algo que puedas decirle al pájaro que le impida volar? —preguntó Martina.
Guardé silencio.
—Nadie es más capaz de mutilar tus alas que tu propia mente —continuó—. El ruido de afuera puede poner las navajas en tus manos, pero solo si tú se lo permites.
Bajé la mirada hacia el reflejo del agua.
—¿Y entonces qué puedo hacer para ayudar a Gabrielle? —pregunté.
El agua apenas se movió, deformando mi reflejo por un instante.
—Tal vez no puedas salvarla del camino que le pertenece —dijo Martina—, pero sí puedes evitar que otros conviertan ese camino en una condena.
Fruncí el ceño sin comprender del todo sus palabras.
—No todo dolor nace para destruirte —continuó—. Hay heridas que llegan para mostrarle algo nuevo al mundo.
Sus palabras atravesaron algo dentro de mí.
—¿Y si nunca logro curarla?
—Entonces ámala incluso en aquello que no puedas comprender.
Una mañana de buen clima, tomé a Gabrielle y caminé con ella hasta el arroyo.
Mientras la desvestía para bañarla, descubrí varios gusanos negros adheridos a su espalda. Sentí una corriente helada recorrer mi cuerpo al ver cómo se alimentaban de ella. De inmediato los desprendí y los arrojé al suelo con absoluto horror.
Pequeñas marcas quedaron sobre su piel, aunque ninguna parecía profunda. Permanecí observándolas durante largo rato, intentando comprender cómo habían llegado hasta allí sin que yo lo notara.
El pantano estaba lleno de esas alimañas. Yo misma las había padecido incontables veces, pero nunca antes se habían aferrado a Gabrielle.
Pasaron los días.
Luego las semanas.
Y por primera vez en mucho tiempo, Gabrielle no sufrió ninguno de sus ataques.
Aquello empezó a perseguir mis pensamientos.
Recordé los gusanos adheridos a su espalda.
Recordé la sangre.
Y entonces una idea imposible comenzó a abrirse paso dentro de mí.
—¿Será que los gusanos tuvieron algo que ver? —me pregunté.
La sola posibilidad parecía absurda.
Ansiosa por descubrirlo, me adentré en aquel experimento; no me sería difícil comprobarlo, pues el pantano detrás de casa guardaba la posible cura de Gabrielle, si es que semejante locura llegaba a funcionar.
Esperé varios días hasta la luna vieja. Ignoro por qué, pero presentí que la calma de esa fase lunar podría ayudarnos.
Fui hasta sus aguas oscuras y, con ayuda de una vara, recogí varios gusanos y los introduje en un frasco. Luego regresé a la casa con ellos, dispuesta a llevar a cabo mi atrevimiento.
Una vez allí, con todo preparado, el miedo se apoderó de mí.
Me dolía pensar en Gabrielle; ¿y si esta vez el sufrimiento era demasiado para ella? ¿Y si, tras someterla a semejante agonía, no encontraba respuesta alguna?
Entonces escuché el firme susurro de Martina:
—¿Por qué temes infligir un dolor pasajero, si con él puedes librarla de un tormento perpetuo?
—Tienes razón —le dije.
Permanecí inmóvil unos instantes, observando a Gabrielle.
Luego me armé de valor y llevé a cabo aquella barbaridad.
Tomé la mano de Gabrielle y posé el gusano sobre su piel; no puedo negar que contemplarlo desgarró mi alma, pero era la única forma que tenía de intentar salvarla.
Dejé que las criaturas se alimentaran durante algunos minutos y luego, con ayuda de la vara, las desprendí de su carne.
Después atendí con cuidado las pequeñas heridas que dejaron en ella.
Ya solo quedaba esperar, con la esperanza de que todo nuestro sufrimiento no hubiese sido en vano.