CAPÍTULO V
La herencia del dolor
Con el paso de los meses, la casa abandonada dejó de parecer un refugio temporal y comenzó a sentirse como nuestro hogar.
Gabrielle y yo sembramos algunos árboles frutales que empezaban a crecer en los alrededores; acudía regularmente al pueblo más cercano en busca de cuanto necesitábamos, hasta que, poco a poco, aquel lugar fue tomando forma.
Había, sin embargo, un aspecto de aquel lugar que perturbaba nuestra tranquilidad. Del pantano emergían toda clase de criaturas y, aunque los insectos abundaban, no eran ellos los que más me inquietaban.
Una mañana, al despertar, descubrí a una extraña especie de gusano adherido a mi pierna como si esta le perteneciera.
Cuando logré desprenderlo, estaba hinchado con mi sangre.
Aquellas criaturas aparecían con frecuencia en los alrededores de la casa y no tardé en comprender que tendría que enfrentarme a ellas casi a diario.
Ignoraba entonces cómo hacerlo, pero sabía que tarde o temprano tendría que encontrar una solución.
Pasaron semanas antes de presenciar algo aún peor.
Un día estaba alimentando a Gabrielle y, mientras me apartaba unos instantes en busca de agua para ella, escuché un golpe seco que aturdió todos mis pensamientos.
Cuando regresé a verla, estaba en el suelo, agitando su diminuto cuerpo como si una fuerza invisible se hubiera apoderado de él.
Sus piernas y sus brazos estaban rígidos, tan duros como la madera; sus ojos estaban ahí, mas no su mirada.
—¡Gabrielle! ¡Gabrielle! —la llamaba angustiada.
El pánico se apoderó de mí como la oscuridad se apodera de la noche. Por un instante logró vencerme, inmovilizando mi capacidad de reaccionar ante lo que ocurría. Sin embargo, de inmediato sentí la necesidad de actuar. Tenía que ayudarla, aunque no sabía cómo, y eso era lo que más me aterraba.
Mi primer impulso fue introducir mis dedos en su boca, pensando que tal vez algo estaba obstruyendo su respiración, pero no había nada.
Derramé un chorro de agua sobre su cabeza, con la esperanza de que pudiera hacerla reaccionar, pero tampoco funcionó.
Intenté limpiar la espuma que salía de su boca, como si aquella fuera la maligna causa de lo que sucedía, pero en mi desesperación no sabía qué más hacer.
Mis manos iban de un intento a otro sin dirección, como si el amor pudiera improvisar una solución.
La tomé entonces entre mis brazos, con la intención de correr al pueblo en busca de ayuda, cuando de repente ella dijo:
—Mamá…
Y entonces, tan repentinamente como había empezado, todo se detuvo.
Su cuerpo volvió a la normalidad como si nada hubiera pasado.
Ella estaba allí, quieta, mirándome, como si el mundo no se hubiera quebrado segundos antes.
Gabrielle había vuelto a la normalidad, pero yo no.
Mi pecho parecía no tener espacio suficiente para el intenso palpitar de mi corazón.
Apenas lograba contener el temblor de mi cuerpo; mi mente no conseguía asimilar lo que había sucedido.
Sentía que algo dentro de mí había visto demasiado en muy poco tiempo y que no había lugar en mi pensamiento para acomodarlo.
No volví a ser la misma después de verla así. Sabía que no era normal y que debía hacer algo al respecto.
Fue entonces cuando acudí donde el curandero de un pueblo cercano.
Era de esperarse que me dijera que lo que vi fue la «manifestación de un mal».
Inconforme con su juicio, la llevé donde otro curandero, con la esperanza de que tuviera mejores respuestas para mí.
Pero, por el contrario, sentí aún mayor desilusión, pues este atribuía su padecimiento a la supuesta maldición que me acompañaba desde la infancia, diagnosticando a Gabrielle con una especie de «sucesión maldita».
Luego fui donde otro, y luego otro, y así continué hasta quedarme sin alternativa alguna.
Ciertamente todos pensaban lo mismo: era una «posesión maldita» lo que afectaba a Gabrielle. Fui casi obligada a hacerle cuantos despojos o remedios se le ocurrían a cada monje, sacerdote o cualquier otra alma que se creyese con autoridad divina para intervenir.
Nada de esto parecía funcionar; los episodios seguían repitiéndose y, con el tiempo, empecé a aceptar que, tal vez, aquello sería por siempre parte de ella. Lo más importante es que, finalmente, después de cada ataque ella volvía a la normalidad.
Yo, por otro lado, me negaba a creer que algo tan hermoso e inocente albergara alguna oscuridad dentro de ella. Para mí, Gabrielle era luz y siempre lo sería; así que, con el tiempo, empecé a dejar de buscar respuestas y preferí aceptar que aquello también nos pertenecía.