LA EMANCIPACION DE VALENTINA CAPÍTULO IV
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CAPÍTULO IV

Una casa sin refugio

Una mañana, escuché un grupo de jinetes acercándose desde la lejanía hacia lo que algún día fue nuestro hogar. Me asomé por una rendija para corroborar con mis ojos lo que mis oídos ya me habían anunciado unos segundos antes; efectivamente, venían hacia mí.

Llegaron los emisarios del rey con un mandato real; debía abandonar de inmediato aquel lugar, pues todas las pertenencias de Arthur pasarían a ser propiedad de la corona.

No podía entenderlo. ¿Qué pudo haber hecho Arthur?

¿Acaso no pensó en nosotras antes de cometer aquel error?

¿Será que realmente me amó? Seguían acumulándose tantas preguntas sin respuesta en mi cabeza, pero debía enfrentar la realidad aun con todas mis dudas; no tenía elección.

Gabrielle y yo necesitábamos un nuevo lugar donde vivir.

Tomé las cosas que pude llevar conmigo: mi hija, mi dignidad, aquel viejo candelabro y algo de comida; e inicié mi trayecto hacia el norte, recordando las palabras que una vez me dijo Martina: «Tú decides si ser la maldecida o ser la elegida». Aquella frase retumbaba en mi cabeza una y otra vez.

Caminé durante días, haciendo apenas pausas para descansar, hasta que me sentí lo suficientemente lejos de mi antigua vida.

Al cabo del tercer día, alcancé a ver en la distancia una casa abandonada; parecía el lugar ideal para pasar la noche.

No dudé en acercarme y comprobar que estuviera desocupada. Para mi alivio, no había nadie allí.

Aunque la casa estaba algo deteriorada, era el mejor refugio que habíamos tenido en los últimos días; así que, con profunda gratitud, bendijimos la mesa, cenamos y pasamos la noche allí.

A la mañana siguiente, exploré mejor el lugar y observé que justo detrás de la propiedad se encontraba un pantano. Ya había empezado a considerar quedarme unos días allí mientras decidía hacia dónde ir, pero aquello lo cambió todo.

Desde siempre temí a los pantanos; existían innumerables leyendas sobre ellos y, a decir verdad, nunca había permanecido tanto tiempo tan cerca de uno.

Allí no contaba con la protección de Arthur ni con la compañía de Edith.

A mi alrededor no había más voces que las nuestras, ni más pasos que los que Gabrielle y yo dejábamos sobre la tierra.

Y, por primera vez, era a mí a quien correspondía protegerla de cualquier peligro que pudiera surgir de aquel lugar.

Una vez más la escuché a ella:

—No temas.

Era la misma voz que había escuchado meses antes. Me resultaba extrañamente familiar, como si viniera de mí misma, pero con una entereza que yo no poseía.

—¿Qué haces aquí? —le dije.

—Siempre estoy contigo; siempre he estado aquí.

—¿Y cómo puedo saberlo? ¿Cómo puedo llamarte para hablar contigo? ¿Cómo puedo verte?

—Me puedes ver cuando mires el agua. Me puedes escuchar todo el tiempo, en lo recóndito de tu ser.

—Pues te pondré un nombre para poder llamarte cuando necesite respuestas; te llamaré «Martina». ¿De dónde vienes, Martina?

—Vengo del lugar donde están todas las respuestas. Así como el árbol fue creado anclado a la tierra para obtener de ella lo que necesita para sobrevivir; así como el río fue creado con la certeza de su camino, sin que nadie le muestre el recorrido, así también has sido creada tú.

Recuerda esto: ningún cerrajero forja una cerradura sin forjar también su llave.