CAPÍTULO III
Cuando el amor comenzó a doler
Tras nuestra apresurada boda, Arthur trató de introducirme en su rígido ambiente familiar, un mundo para el que no estaba preparada en lo absoluto.
Arthur se empeñó en asistir conmigo a cada festejo celebrado en nuestros alrededores, en los que me exhibía con tal ufanidad cual vencedor con su trofeo.
Soportar la mirada crítica de su madre sobre cada uno de mis movimientos se convirtió en un suplicio para mí. Su padre, por el contrario, era más cortés en su trato, haciéndole honra a su investidura de caballero.
Al principio, las exigencias de su familia se limitaban a convertirme en la digna esposa de un caballero, saturándome de vestimentas sofocantes, insistiendo con obstinación en cubrir cada centímetro de mi piel, como si ocultarme tras enormes vestidos y joyas ostentosas me hiciera más digna de él.
Más tarde, tuve que lidiar con su incesante demanda de que le concediéramos herederos.
Y aquella sí que fue una larga agonía; pues, con lo que tardé en concebir a Gabrielle, las reprensiones de su madre se volvieron cada vez más severas.
Por si fuera poco, el no haberle dado el tan esperado primogénito terminó de convencerlos de que jamás había pertenecido a aquella familia.
A pesar de los desafíos, Arthur y yo disfrutamos de cada momento de los primeros años de nuestra unión.
En aquellos días, nuestra complicidad era tal que nos llegaban invitaciones a festejos incluso desde reinos lejanos; pues éramos conocidos por nuestra forma poco convencional de vivir y celebrar, ajenos a muchas de las costumbres y formalidades que otros consideraban indispensables.
Aquella despreocupación parecía cautivar a quienes nos rodeaban, aunque también sugería nuevas razones a la familia para no verme como la recatada esposa que esperaban para Arthur.
Su madre estaba convencida de la veracidad de los rumores que circulaban sobre mí.
Mi desprecio por las apariencias, mi espíritu libre y mi inclinación a disfrutar de los festejos junto a Arthur eran pruebas suficientes para ella.
Mi incapacidad para concebir en los años tempranos de nuestra unión —lo que para una familia de alcurnia constituía una de las principales obligaciones de una esposa— terminó de confirmar sus sospechas.
No tenía dudas de que había algo malo en mí.
No obstante, Arthur y yo seguíamos entregados a nuestra manera de vivir. No necesitábamos la aprobación del resto; nos bastaba con la certeza de pertenecernos el uno al otro.
Después de varios años juntos, de haber vencido mi supuesta maldición de no poder concebir y de luchar en contra de los prejuicios de su familia —quienes calificaban nuestra unión como un error—, nuestra vida había alcanzado una estabilidad que creímos firme, como si nada pudiera quebrarla.
Tan firme, que llegamos a pensar que nada podría quebrarla.
Sin embargo, la vida tiene formas inesperadas de quebrar incluso aquello que parece más sólido.
Una tarde de otoño, mientras cumplía con los quehaceres, llegó un heraldo real.
No había señales de que algo estuviera mal. Arthur no se encontraba en casa, como tantas otras veces en las que era llamado por sus deberes como caballero al servicio de la corona.
El heraldo me dijo que Arthur había deshonrado los códigos de la caballería y que, por culpa de su grave error, no volvería a casa jamás.
No podía entender lo que sucedía; desde mis pies subía una corriente fría que congelaba mi corazón y mis pensamientos.
¿Cómo era posible que mi Arthur hubiese fallado en algo?
Fue educado para ser un caballero de excelencia.
No, no era posible. ¿Qué pasaría con Gabrielle y conmigo a partir de ahora?
¿Cómo íbamos a continuar sin él? Muchas preguntas llegaron a mi mente y el miedo se apoderó de mí.
Pasaron los días, aunque no supe exactamente cuántos.
El tiempo había perdido su forma. A veces amanecía y no podía distinguir si ya había vivido ese día o si era el mismo repitiéndose con pequeñas variaciones.
Me levantaba por costumbre, no por voluntad.
El cuerpo se movía, pero mi pensamiento seguía congelado en aquel día en que mi vida cambió para siempre.
El dolor de la ausencia de Arthur fue haciendo estragos en mi alma. Me sentía en el más profundo y oscuro hueco que jamás alguien pudiera habitar. Cada día era un suplicio de principio a fin.
Gabrielle seguía allí, y eso era lo único que me confirmaba que algo aún era real.
Preparaba la comida, aunque no estaba segura de para quién lo hacía. Algunas mañanas encontraba los platos vacíos; otras, intactos. No sabía si aquello era un descuido mío o si, simplemente, mis preocupaciones habían desplazado la importancia de todo lo demás.
El nombre de Arthur aparecía en mi mente como una sombra sin contorno. Intentaba sostener su imagen, pero se deshacía antes de volverse completa. A veces era su voz; otras, apenas la idea de su presencia.
Una tarde me descubrí sentada frente a la mesa sin saber cuánto tiempo llevaba allí. El sol había cambiado de lugar, pero yo no recordaba haberlo visto moverse.
Me levanté lentamente y caminé hacia la ventana.
El mundo seguía igual.
Eso fue lo que más me perturbó; parecía no haber notado mi derrumbe.
Porque si todo seguía igual afuera, entonces lo único distinto era mi realidad, y sin apenas moverme había sido alterada. Como un árbol que despierta una mañana y descubre que aquello que sostenía sus raíces ha desaparecido.
Intenté recordar el día anterior. No pude.
Intenté recordar mi nombre completo como si fuera la primera vez que lo escuchaba. Y lo supe, pero no lo sentí mío.
En algún punto empecé a hablar en voz baja, solo para comprobar que aún podía hacerlo.
—Estoy aquí —me dije.
Pero no estaba segura de a quién le hablaba.
Esa noche no dormí.
O quizá sí, pero no noté la diferencia.
Con el tiempo algunas preguntas se repetían dentro de mí, como si la certeza de quién era yo empezara a desdibujarse.
—¿Será que me acompaña una maldición como todos piensan? ¿Será que no soy digna de que alguien me quiera? —me preguntaba.
Y entonces, en medio de ese pensamiento que no encontraba descanso, algo cambió.
No fue plenamente una voz.
Fue más bien una sensación.
Como si el silencio mismo hubiera aprendido a responder.
—¿Quién decides ser: la maldecida o la elegida?
Me quedé inmóvil.
No respondí de inmediato.
No porque dudara de la respuesta, sino porque por primera vez no estaba segura de si el pensamiento era mío.
—Escojo ser la elegida —respondí al fin.
—¿Quién eres? —pregunté.
—Soy quien decidas que sea —me dijo.
Esa fue la primera vez que escuché a Martina.
En ese momento, algo dentro de mí cambió y, aunque el dolor seguía ahí, inmenso y pesado, por primera vez desde la partida de Arthur sentí algo distinto abrirse paso dentro de mí.
No era felicidad.
Ni siquiera certeza.
Era, simplemente, la sensación de que aún quedaba algo en mí que no se había roto por completo.
Me paré del suelo, limpié mis lágrimas, tomé a Gabrielle y salí de casa.
Caminé sin rumbo preciso. Fue entonces cuando me di cuenta de que había llegado el equinoccio de primavera, mi estación favorita, y de que tenía el privilegio de disfrutarlo junto a mi pequeña.
¿Acaso estaba ciega para no poder apreciarlo?
Entendí tantas cosas al ver florecidas las plantas; aprendí de los árboles que ni siquiera el más crudo invierno es perpetuo y que, aunque sus hojas se debiliten y sus flores marchiten, su tronco es lo suficientemente fuerte como para esperar otra primavera y cumplir con su hermoso destino de florecer una vez más.