CAPÍTULO II
El caballero y el candelabro
Finalmente, Arthur y yo lo habíamos logrado; la familia que tanto habíamos anhelado era una realidad.
No podíamos ser más felices. Sin embargo, era increíble para muchos que una mujer como yo —que había crecido intentando lograr la mera supervivencia día tras día entre el ruido y el caos de las ferias y los mercados, huérfana, y sin pertenecer, ni en los antepasados más remotos, a ningún linaje real, e incluso siendo portadora, según algunos, de una maldición— hubiese logrado conquistar a un valiente, generoso y apuesto caballero.
Arthur venía de una respetable familia; su padre había sido un honorable caballero y, posteriormente, designado por el mismísimo rey como almirante.
Durante toda su infancia fue formado para seguir sus pasos, sirviendo de paje directamente en el palacio real y, posteriormente, siendo el escudero de su propio padre, obteniendo las enseñanzas de los personajes más ilustres de todo el reino y logrando convertirse en uno de los caballeros más jóvenes y dotados de su época.
Recuerdo el día en que vi a Arthur por primera vez. Se celebraba un torneo de caballería en honor al reciente casamiento de la princesa, y yo me encontraba en las afueras del evento vendiendo algunas piezas de artesanía junto a mi fiel amiga Edith.
En cierto momento de la jornada, estaba tan concentrada en mi intento de enderezar la base de un viejo candelabro que ni las mismísimas trompetas del torneo lograban distraerme de aquella labor. Fue entonces cuando escuché una voz enérgica y varonil decir:
—Si su destino es alumbrar, lo hará, aunque deba hacerlo desde el suelo.
Levanté la cabeza y era él, con su armadura impecable y su yelmo debajo del brazo; alto, con sonrisa perfecta y pícara mirada.
—Mi nombre es Arthur —dijo.
—Su nombre es Valentina, señor —intercedió Edith al notar mi incapacidad para pronunciar palabra alguna ante la aparición de Arthur.
—Si su destino es alumbrar, debe ser capaz de sostenerse. Nadie fabrica algo tan hermoso para alumbrar a las ratas —le dije, intentando redimirme del desconcierto que me provocó ver su rostro.
De inmediato asintió con una sonrisa, de esas que nacen del alma y comunican más que mil palabras. Nos miramos fijamente y me dijo:
—Deseo llevar este candelabro conmigo. Creo que es especial y quiero que alumbre mi camino dondequiera que vaya.
—Lo siento, aún debo trabajar en él. Cuando alguien lo tenga, debe ser capaz de cumplir su función con excelencia. No lo venderé hasta que no sea perfecto —le dije.
—¿Su función es alumbrar? Si es capaz de hacerlo, ¿acaso no es perfecto? —preguntó.
—Es perfecto si su defecto no le impide al comprador ofrecer el justo valor.
Prefiero seguir trabajando en él hasta que sea capaz de sostenerse; porque de lo contrario, aunque emita la luz más brillante, lo menospreciarán.
Se valdrán de su tacha para tasarlo por debajo de su mérito, y yo no busco limosnas, señor; no lo venderé en menos de lo que vale.
—¿Y cuánto vale?
—Mucho.
—¿Por qué debería alumbrar el camino de un caballero que no aprecia su valía, cuando con el trabajo adecuado podría llegar a alumbrar los caminos de un palacio? —le dije.
—¿No estás sobreestimando a un simple candelabro?
¿Por qué pagarían mucho por este, si ni siquiera es de oro?
—dijo, con una sonrisa que parecía debatirse entre la diversión y la incredulidad, como si le costara creer que alguien pudiera llevarle la contraria, sin perder aquel donaire que le caracterizaba.
—Lo que determina su valor no es el material; después de todo, el oro también se funde con el fuego. Quien determina su valor es su creador. Y hasta que no cumpla su función correctamente no debo venderlo, pues correría el riesgo de que vaya al lugar equivocado.
Hubo silencio por unos segundos, mientras Arthur me miraba fijamente.
—Estás en el lugar equivocado. No perteneces aquí; eres demasiado para vender en el mercado.
—Te ofrezco una vida distinguida y no tendrás que vender para sobrevivir —me dijo, como queriendo atacar con su arrebatadora sonrisa a mi cordura.
Tomó mi mano y me dijo:
—Voy a entrar y ganaré la justa para ti. Te demostraré cuán capaz soy de merecer tu amor, mi hermosa dama.
—Nadie debe arriesgar su vida para que sus sentimientos sean tomados en cuenta. Si te permito ponerte en tal peligro, entonces no merezco tu amor.
Mis palabras parecieron desarmar su firmeza de caballero.
Arthur clavó su mirada en mí, como si acabara de descubrir un tesoro oculto entre las artesanías del mercado.
Con un gesto decidido, extendió su mano una vez más, no para tomar el candelabro, sino para invitarme a huir del ruido y las miradas curiosas.
Al ver que prefería renunciar a la gloria del torneo con tal de permanecer más tiempo a mi lado, terminó por conquistar mi recelada voluntad.
Edith nos miraba con evidente impresión en el rostro; y sin decir palabra, tomó el candelabro de mis manos y me empujó sutilmente a dar un paso al frente, otorgándome con ello su silenciosa bendición para marcharme.
Cabalgamos lejos del ruido del festejo y, una vez que dejamos atrás la multitud, continuamos nuestro recorrido a pie y sin rumbo aparente.
Conforme avanzábamos, escuchaba a Arthur relatar sus hazañas en la caballería, deslumbrándome con cada historia en la que sus dotes y valentía predominaban.
Mientras hablaba, sus ojos parecían encenderse con cada recuerdo, como si el mundo entero le perteneciera en aquellos momentos.
Nuestra caminata terminó llevándonos a las cercanías del arroyo, donde descubrimos, oculto tras un espeso cerco de arbustos, el paraje más hermoso que jamás había visto. El aire parecía más cálido allí; era como si hubiéramos traspasado los límites de nuestras tierras hacia un universo distinto.
Una vez dentro de aquel lugar, nos acercamos poco a poco el uno al otro. Nos mirábamos fijamente sin pronunciar palabra alguna, pero nuestras miradas no necesitaban de ellas para expresarse.
Arthur tomó mi mano, la besó y prosiguió besando mis brazos y mi cuello. Sentí cómo su respiración penetraba mi piel, mientras mi cuerpo cedía poco a poco a su cercanía.
A cada intervalo, su mirada volvía a encontrarse con la mía; me contemplaba cual conocedor apreciando una obra de arte. Luego, reanudó su ruta en descenso hasta llegar a la punta de mi camino.
—Desde ahora me aseguraré de que jamás vuelvas a caminar por sendas escarpadas de dolor, así deba tender mi propio escudo en el suelo para que sirva de alfombra a tus pasos, amada mía —me dijo.
Después de sus palabras, retornó con sus besos en ascendencia hasta llegar a mi alma, y tomó de mi fuente hasta secar.
Con cada palabra, cada mirada y cada caricia, Arthur penetraba más en mi ser. Comencé a sentir que su cuerpo era sólido refugio y, poco a poco, fue conquistando mis miedos; sin apenas advertirlo, me estaba adentrando en un territorio que desconocía por completo.
—No hay botín que se compare con haberte poseído, amada mía —me dijo Arthur, con la satisfacción de quien había encontrado algo más valioso que cualquier victoria.
Después de aquel intenso encuentro, comenzamos a reunirnos allí cada día, dispuestos a entregarnos sin mesura. Aquel lugar se convirtió en el único testigo del desamparo de nuestro pudor.
Cada momento compartido fue un deleite hasta enervar; y, a pesar de los asomos de culpa en mi conciencia, no podía evitar acudir allí cual animal en busca de alimento, incapaz de resistirme a aquello que despertaba en mí.
Un día, Arthur me dijo:
—Llegó el momento de honrarte, amada mía. Quiero que seas mi esposa y que me permitas cuidar de ti el resto de nuestras vidas.
Me miró emocionado, como si al desposarme estuviese otorgándome algo que antes me faltaba.
Luego de su propuesta, se acercó y me dio un beso que inició entre dos luces y finalizó con el ocaso, como adueñándose del tiempo y de mis labios. Luego, en un sutil movimiento, me dio vuelta y se aferró a mi espalda; desde allí, me amó con frenesí hasta que nuestro fruto se hizo uno.
A pesar de siempre haberme sentido un tanto diferente al resto, con él era completamente distinto; encajábamos el uno en el otro como espiga en su caja.
Lo amé de una forma que en aquel entonces jamás habría creído posible.
Al cabo de muy poco tiempo nos casamos y la verdad es que fuimos muy felices... o al menos yo lo fui.