LA EMANCIPACION DE VALENTINA CAPÍTULO I
13%
LA EMANCIPACION DE VALENTINA

LA EMANCIPACION DE VALENTINA

Por Paloma Santos

© inepub.com

CAPÍTULO I

El sello de nuestro amor

El canto del gallo ya ha anunciado la llegada de la mañana, pero mi cuerpo se resiste a abandonar el calor de las sábanas.

Nos espera una larga jornada, pero aun así intento retener a Saúl unos instantes más a mi lado.

Deslizo una pierna sobre su regazo, confiando en aquella pequeña artimaña que tantas veces me ha funcionado.

Sin embargo, en esta ocasión no surte efecto.

Resignada, lo veo incorporarse y comenzar los preparativos del día.

Me levanto poco después y, como de costumbre, dispongo el desayuno sobre la mesa para mi amado.

Saúl toma asiento frente a mí y compartimos ese momento envueltos en la paz de una mañana ordinaria.

Conversaciones sencillas, de esas que podrían parecer insignificantes para cualquiera, pero que con el paso de los años he aprendido a valorar.

Finalmente se despide, deposita un beso sobre mis labios y emprende su camino.

Permanezco junto al umbral observando cómo su silueta se aleja poco a poco.

Mientras lo miro, me sumerjo en tantos pensamientos a los que mi cuerpo no puede hacerse indiferente; sonrío al recordar la dicha de tenerlo a mi lado y aguardo con anhelo la llegada de la noche, para retomar aquello que el canto del gallo nos obligó a dejar inconcluso.

Sigo observándolo hasta que su figura en la lejanía se desvanece.

De repente, un chasquido procedente de la cocina interrumpe mis pensamientos; las criadas ya han comenzado sus labores y el día reclama mi atención.

Debo supervisar a los siervos, ocuparme de las crías y prepararme para la llegada de quienes acuden hasta nuestra casa en busca de ayuda.

La jornada apenas comienza, y aún queda mucho por hacer.

—Buenos días, mamá —me dice Gabrielle.

—Buenos días, amor —le respondo con una sonrisa de satisfacción.

Al contemplar su rostro, me resulta difícil creer cuánto tiempo ha pasado. Mi pequeña Gabrielle es ya toda una doncella. Una silenciosa gratitud se instala en mi corazón cuando recuerdo lo mucho que Arthur y yo deseamos tener hijos, y los años de anhelo que precedieron a su llegada.

Tras casarnos, transcurrieron cinco años antes de que llegara Gabrielle.

Por aquel entonces, muchos aseguraban que yo era incapaz de concebir.

Decían que sobre mí pesaba una maldición, y no faltaron quienes intentaron remediarla con toda clase de prácticas y remedios.

Llegaron incluso a obligarme a comer ciertas partes del cuerpo de una liebre con la creencia de que aquella locura me devolvería la fertilidad.

Desde rituales destinados a librarme del supuesto castigo de los dioses hasta brebajes para curar “mi imperdonable mal” de no poder concebir en mis primeros años de matrimonio, Arthur y su familia me hicieron pasar por cuanto método prometiera acercarnos a la descendencia tan anhelada.

Hasta que un día enfermé, o eso creímos.

Permanecí varias semanas postrada en la cama.

Estaba muy débil; mi cuerpo era incapaz de retener alimento alguno.

Descartamos la posibilidad de un embarazo, pues los síntomas aparecieron al mismo tiempo que aquello que, mes tras mes, parecía destruir nuestra ilusión.

A medida que mi estado empeoraba, era fácil atribuirlo a alguna desconocida enfermedad.

Sin embargo, para muchos no era más que otra manifestación de la maldición que marcaba mi destino.

Al parecer, no poder concebir durante los primeros años de matrimonio bastaba para alimentar aquella clase de creencias; y el haber quedado huérfana a tan temprana edad no hacía más que reforzarlas.

Arthur se aseguró de que me trataran los curanderos de mayor reputación. Cada uno encontraba una explicación distinta para mi padecimiento y preparaba pócimas especialmente para mí.

Fueron días difíciles, pero con el tiempo aprendí a sobrellevar las adversidades dejando las penurias de ayer sepultadas con la oscuridad de la noche y permitiendo que cada amanecer limpiara mi camino de las amargas memorias del pasado.

Las horas se convirtieron en días, y los días en meses; y con el paso del tiempo fui mejorando. Una mañana de verano, me sentía tan bien que había olvidado cuánto se parecía la salud a la libertad; el hermoso día parecía llamarme a disfrutar de él.

Me dirigí al arroyo, me desvestí y posé la mirada sobre mi vientre. Hacía días que había comenzado a notar el cambio, lo cual tenía una explicación sencilla: por fin mi cuerpo recibía el alimento como un aliado, pues semanas antes parecía estar en mi contra.

Sin embargo, había algo más, algo que sentía. Miré mi reflejo en el arroyo y me sentí más hermosa que nunca. Vi mi cabello ondear cual bandera en el viento, mi piel reluciente, mis ojos brillantes...

Justo ahí lo supe.

Caminé despacio hacia el arroyo hasta sumergir todo mi cuerpo en él. El agua estaba tan tibia como el clima; escuchaba a los árboles a mi alrededor mecerse suavemente, cediendo y quitando deliberadamente el paso del sol, cuya luz me acariciaba con suavidad.

Disfruté del agua, de la luz del sol, de los sonidos de la naturaleza y de la intimidad con mi propio cuerpo. Logré la plenitud por un instante, esa que no se puede describir con palabras.

Al salir del arroyo, supe que debía contárselo a Arthur de inmediato.

Ansiosa, tomé mis pertenencias y cual golondrina que vuela al nido, emprendí el camino a casa, aun consciente de que mi velocidad no haría diferencia alguna, pues faltaban horas para su regreso al atardecer.

Los largos días de estío hicieron que aquella espera me pareciera interminable.

Hasta que por fin divisé su figura acercándose desde la lejanía. Salí de inmediato a su encuentro.

—¡Amor, lo logramos! —le dije, incapaz de contener la emoción.

Arthur me observó desconcertado; parecía no comprender lo que intentaba decirle.

—¡Sí, amor! —insistí.

—¿Estás segura? —preguntó.

—Tan segura que puedo sentirlo dentro de mí —le respondí.

En ese momento, Arthur, desbordado de emoción, inició en mi frente un recorrido de besos que terminó en mi vientre, al que se aferró llorando de felicidad. Aún hoy recuerdo aquel día como uno de los más hermosos de mi vida.

Al cabo de pocos meses y tras una ardua labor de parto, tuvimos a Gabrielle, una hermosa niña que por fortuna nació saludable. Desde su nacimiento noté en ella tal parecido a Arthur que, por momentos, parecía contemplar una pequeña versión suya entre mis brazos.

La amé desde mucho antes, pero en aquel instante, pude diferenciar el sueño de la realidad. Gabrielle fue como el sello de nuestro amor; la constitución de nuestra familia. Fue, es y será mi salvación.