LA EMANCIPACION DE VALENTINA CAPÍTULO VIII
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CAPÍTULO VIII

La emancipación

Saúl había llegado desde un pueblo aledaño y gozaba de gran reputación por dominar el arte de curar con las plantas.

Su interés inicial era comprender aquel extraño método que tantos resultados parecía ofrecer; sin embargo, con el tiempo terminó convirtiéndose en mucho más.

Encontré en él una compañía serena, de esas que no llegan para rescatarte, sino para caminar a tu lado.

Juntos vimos crecer aquel lugar mucho más allá de lo que cualquiera de nosotros habría imaginado; hasta nuestras puertas llegaban personas desde tierras lejanas, lo mismo jornaleros que mercaderes, nobles que mendigos.

Con el tiempo, nuestra labor alcanzó tal renombre que incluso la hija del Rey acudió en busca de ayuda.

Por fortuna, el tratamiento también funcionó para ella.

Como muestra de gratitud, el Rey no solo me restituyó las posesiones que un día fueron de Arthur y de las que me habían despojado años atrás; además, me cedió las tierras aledañas al pantano y ordenó restaurar nuestra vieja casa para convertirla en el refugio de sanación más importante que aquellas tierras hubieran conocido.

Sin embargo, pese a todo cuanto había avanzado, después de impulsar un gran designio, conquistar el amor de un buen hombre y vencer por fin las adversidades que tanto tiempo afligieron a Gabrielle, aún había una duda que los años no habían conseguido arrancar de mis pensamientos.

Así que una mañana, me dirigí al castillo real con el único propósito de preguntar al Rey acerca de aquello que me inquietaba.

No fue difícil que me recibiera, pues desde que nuestra casa se convirtió en un lugar de alivio para tantos, las puertas del palacio siempre estuvieron abiertas para mí.

—Su majestad, hay una pregunta que desde hace años atormenta mi corazón.

El Rey asintió, otorgándome permiso para continuar.

—¿Qué tan grave fue lo que hizo Arthur como para merecer el castigo de la Corona?

Hubo un breve silencio mientras él me miraba, como deseando que no hubiera hecho aquella pregunta.

—Hay hombres que forjan su armadura tan brillante que nadie alcanza a ver el vacío que esconden bajo ella; tu único error fue admirar la armadura sin advertir al hombre que la habitaba —me respondió el Rey con voz pausada.

Permaneció pensativo un instante antes de continuar.

—Arthur desafió a la Corona porque llegó a creer que su voluntad estaba por encima de la justicia.

—¿Dónde está? —pregunté.

El Rey sostuvo mi mirada durante unos instantes.

—No me corresponde darte las respuestas que solo Arthur puede darte. Espero que algún día llegues a conocer su versión de la historia; después de todo, ninguna otra podrá darte aquello que buscas.

Antes de que pudiera formular otra pregunta, uno de los consejeros del Rey se acercó con evidente premura. El monarca escuchó unas palabras en voz baja y su expresión cambió ligeramente. Comprendí entonces que nuestra conversación había terminado.

Junté los pies, flexioné suavemente las rodillas y bajé la mirada en señal de reverencia.

—Gracias por su tiempo, mi señor.

Me retiré caminando hacia atrás, abandonando la presencia del monarca con el respeto que su investidura merecía.

Una vez fuera de la cámara, poco a poco fui aumentando el ritmo de mis pasos hasta abandonar el castillo. Apenas crucé sus puertas, corrí sin mesura hacia el arroyo.

Saqué de mi bolso aquel viejo candelabro y lo contemplé fijamente. Sonreí al revivir, por un instante, las emociones que Arthur despertó alguna vez en mí. Después de un profundo suspiro, lo deposité sobre el agua y observé cómo la corriente comenzaba a alejarlo.

Lo seguí con la mirada mientras se perdía poco a poco. Por un instante sentí nostalgia, pero comprendí también que no me correspondía intervenir en el rumbo de algo ajeno a mi existencia. Hay caminos que solo pueden ser recorridos por quien los eligió.

Acepté entonces que incluso los capítulos inconclusos deben llegar a su fin; y que, aunque Arthur fue una parte importante de mi historia, no podía permitir que, aun en su ausencia, continuara escribiendo el resto de ella.

Así que me puse de pie y emprendí el camino de regreso a casa. Mientras avanzaba, contemplé cuanto me rodeaba y comprendí que, pese a todo, la vida me había concedido mucho más de lo que alguna vez imaginé.

Por primera vez en muchos años dejé de mirar aquello que había perdido y fui capaz de agradecer todo lo bueno, todo lo nuevo, todo lo que siempre había permanecido.

Con el paso del tiempo, Saúl y yo nos enamoramos y nos casamos. Nunca despertó en mí las pasiones que una vez despertó Arthur, pero encontré junto a él una forma de amor que hasta entonces desconocía: leal, constante y capaz de traer paz incluso a los días más difíciles.

Con Saúl descubrí algo que durante mucho tiempo permaneció oculto para mí: que el amor también puede habitar en la calma.

Juntos perfeccionamos el tratamiento con los gusanos y, con el paso de los años, llegó a otras tierras y terminó convirtiéndose en remedio para muchos males, aunque mi nombre acabó perdiéndose en el curso del tiempo.

Hoy miro a Gabrielle y siento que todo ha valido la pena. No solo por los obstáculos que logramos vencer, sino porque puedo dejarle un legado más valioso que el descubrimiento de un tratamiento.

La impulso a descubrir su propia Martina; para que, aun cuando las aguas se tornen turbias, nunca olvide cómo encontrar su rumbo.

Ahora me acerco al arroyo y ya no reconozco mi reflejo, pero no me asusta; porque ya no busco ser la misma.

Aunque el río se convierta en mar, el agua siempre seguirá siendo agua.

—Indistintamente de lo que refleje el arroyo —susurra Martina—, siempre sabrás encontrarme. Incluso cuando olvides quién eres.