La Elite 13.
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13.

Stef

Desde luego, jamás había hecho algo tan imprudente. Era la primera vez en mi vida que me escapaba de casa… y, encima, para encontrarme con alguien a quien no quería ni oír ni ver.

Estábamos solos. A nuestro alrededor reinaba un silencio tan profundo que parecía que toda la ciudad se hubiera extinguido.

Podía escuchar los latidos de su corazón.

A pesar de su arrogancia y de la seguridad que aparentaba, Nick estaba terriblemente nervioso.

Qué extraño… ¿Temía que alguien nos interrumpiera? ¿Que alguien viniera a salvarme?

Sus caricias me abrasaban la piel. Hacía un frío de mil demonios en la calle y, aun así, cerca de él sentía un calor que parecía brotar de mi pecho como un volcán. ¿Qué era aquello? ¿Vergüenza? ¿Ira hacia mí misma? ¿O la necesidad de descubrir hasta dónde sería capaz de llegar él?

—Nada de mordiscos esta vez —me advirtió Nick, recordándome con toda claridad con qué clase de imbécil estaba tratando.

—De acuerdo… —Contuve la respiración. No debía permitir que volviera a rozarme los labios. Por mucho que me tentara. No así. No en aquellas circunstancias—. No voy a morderte. Tu sangre tiene un sabor repugnante. Pero sí voy a hacerte llorar.

Saqué el espray de pimienta del bolsillo y le rocié directamente la cara. Nick estaba demasiado cerca, así que yo también sufrí un poco sus efectos, aunque intenté no demostrarlo.

—¿Qué…? ¡Maldita sea! ¡Cómo arde! —exclamó Solyar, cubriéndose los ojos con las manos.

—Te pedí que mantuvieras la distancia.

—No tienes ni idea de lo que estás rechazando.

—Lo sé perfectamente. Estoy rechazando el acoso de un cretino.

—¿Sabes? Esperaba que pudiéramos arreglar las cosas por las buenas… Pero, si soy un cretino, tendré que comportarme como tal.

Le bastó un gesto. Lanzó algo hacia el río. En la oscuridad, tardé un instante en comprender que mi cadena acababa de salir volando directamente hacia el agua. Solo unos círculos oscuros delataban el lugar donde había caído.

—¡No! —grité.

No podía ser. Aquello no debía haber ocurrido. Era el último regalo de mi madre. Antes de morir, había empeñado su anillo y sus pendientes para comprarme aquella cadena. Decía que quería que me quedara algo suyo…

—¡No, Solyar! ¿Por qué…? ¡Te odio!

No podía rendirme sin más. El agua estaba a un metro y medio de la orilla. No era profunda: me llegaría hasta la cintura. La corriente no era fuerte. Si buscaba bien…

—¿Qué demonios piensas hacer? —gruñó Nick al verme meterme en el agua.

—Lárgate.

Dios, qué frío. Qué maldito frío. Sentía que hasta los huesos me crujían.

Los vaqueros mojados se me pegaban al cuerpo y el calzado pesaba cada vez más.

Quizá debería haberme quitado las zapatillas, pero temía perder tiempo.

Fijé la vista en el lugar donde había caído la cadena y me puse a buscarla.

—¡Sal de ahí, Stef! ¡Es una locura! —Nick se pasó las manos mojadas por la cara—. ¡No vas a encontrar nada!

—Y, si no la encuentro, el próximo que acabará en el fondo serás tú —respondí, con la cara bañada en lágrimas. Ni siquiera estaba segura de que todas fueran por culpa del espray.

Palpaba el fondo con los dedos, esperando tropezar con la cadena. Muy pronto perdí la sensibilidad: una fina hebra de oro podía deslizarse entre mis manos sin que me diera cuenta. Tenía que coger puñados enteros de piedras y revisarlas una a una bajo la luz.

—Estás haciendo el ridículo. Reacciona. Llorarás en el hombro de papá y te comprará otra. ¿A qué viene este circo?

—Es lo último que me queda de mi madre. ¡Lo último!

—exclamé, arrojando a un lado otro puñado de piedras—.

Todo lo que me rodea ahora es mentira. No tengo una familia de verdad.

No tengo a nadie que me quiera. Toda esta riqueza en la que me obligaron a vivir no vale nada.

Y lo único que me recordaba que alguna vez tuve una vida auténtica está aquí, bajo mis pies, y no puedo encontrarlo. Tú no lo entiendes, Solyar.

Nick bajó la mirada. Permaneció un buen rato en silencio, observándome desde la orilla. Después sacó el móvil y alumbró el agua con la linterna.

—Claro, ¿qué voy a entender yo…? —murmuró mientras se quitaba la chaqueta.

Antes de que pudiera reaccionar, Nick, entre maldiciones y protestas contra el mundo entero, también se metió en el agua. Se colocó a mi lado y empezó a rebuscar entre las piedras.

—No necesito tu ayuda.

—No lo hago por ti —replicó, arrodillándose para palpar el fondo con ambas manos.

No volvimos a hablar. Solo el sonido del agua y mis sollozos entrecortados llenaban la noche. El tiempo transcurría despacio, de forma tortuosa. Estaba empapada. Tenía las piernas entumecidas. Nick seguramente también.

—Mi vida tampoco es perfecta —dijo Solyar, apartándose el pelo de la frente—. Solo lo parece desde fuera. En realidad, siempre ha sido una mierda.

—Dijiste que yo la había arruinado.

—Fuiste el detonante de cosas que habrían sucedido tarde o temprano de todos modos. Me resulta más fácil lidiar con todo este desastre cuando tengo a alguien a quien culpar. Y a quien castigar.

—Yo no quería que todo acabara así. Dima insistía en que contara la verdad, pero yo le rogaba que no lo hiciera. En el fondo… todavía creía que te arrepentías. Que no lo demostrabas, pero que te arrepentías.

—Me arrepiento.

—Entonces, ¿por qué, en lugar de disculparte allí, en el hospital, empezaste a amenazarme?

—Porque así me educaron. El miedo y la violencia son más poderosos que una disculpa.

—Pues vaya modelo de crianza.

—Mi padre es una basura.

—Pero a Dima no lo golpeó tu padre, y a mí tampoco me amenazó él. Todo eso lo haces tú. Porque te resulta fácil y porque también disfrutas sintiendo que tienes poder sobre los demás.

—Sobre ti no tengo ninguno.

—Porque conmigo esos métodos no funcionan.

—¿Y cuáles funcionan?

—Como si fuera a contártelo.

Nick se incorporó. De su camiseta caían hilos de agua. Me tomó la mano y la volvió con la palma hacia arriba…

—Perdóname, Stef —susurró, depositando en mi mano la cadena cubierta de arena—. Tendríamos que haber llamado a una ambulancia. Me avergüenza recordarlo.

Cerré la mano, temiendo volver a perder mi tesoro.

—¿Y esa sonrisa?

—Porque, maldita sea, me alegra que todo haya terminado así.

—¿Así cómo?

—De lo contrario, nunca nos habríamos conocido —respondió, empujándome suavemente hacia la orilla—. Vamos. Tenemos que entrar en calor.

Estaba empapada de pies a cabeza. El viento nocturno, helado, me quemaba la piel y me provocaba espasmos por todo el cuerpo.

Me temblaban las manos y los dientes me castañeteaban sin control.

La única idea que me proporcionaba algo de calor en aquel momento era saber que Solyar se encontraba en las mismas condiciones.

Podría haberse quedado en la orilla. Podría haberme observado desde allí y disfrutar viéndome caer enferma de neumonía.

Pero había decidido sorprenderme. Aún no sabía qué significaba aquello.

No tenía intención de apresurarme a cambiar mi opinión sobre él: las personas como Nick siempre tenían motivos ocultos.

Difícilmente iba a pasar de villano a buen chico de la noche a la mañana.

—No… Esto no… —Saqué el teléfono del bolsillo trasero de los vaqueros.

Ni siquiera se me había pasado por la cabeza cuando me lancé al río.

La pantalla negra y el agua acumulada bajo la funda daban fe de su muerte por ahogamiento.

Por más que intenté reanimarlo, fue inútil.

Me volví hacia Solyar—. ¿Puedo pedir un taxi desde tu móvil?

—No.

¿Y qué otra cosa podía esperar?

—Vamos… Solo necesito hacer una llamada.

—¿Y adónde piensas ir? —Me recorrió con la mirada—. Aún no ha amanecido. Creía que habíamos llegado a un acuerdo.

—¡Ese acuerdo era antes de que tiraras mi cadena al río!

—No seas tan quisquillosa. Al final te la he devuelto. Me debes una —dijo Nick, sacudiéndose la arena de la chaqueta antes de tendérmela—. Póntela.

Me tragué otra exclamación de sorpresa. Qué considerado por su parte.

—No pienso hacerlo.

—¿En serio? ¿Prefieres sufrir una hipotermia antes que ponerte mi chaqueta? ¿Tanto asco te doy?

—No hace tanto frío.

Nick me apoyó la palma de la mano en la mejilla.

—¡Estás helada!

—¡Y tú vuelves a tocarme sin permiso! —Lo empujé y estuve a punto de perder el equilibrio—. ¡No te atrevas! —gruñí, intentando recuperar el control de mis extremidades—. No vuelvas a extender esas manos sucias hacia mí. ¿Ha quedado claro?

—No puedo prometerlo —respondió, ofreciéndome la chaqueta de nuevo—. Pero, si te cubres, sentiré mucha menos tentación.

Bajé la mirada hacia mi sudadera. No era transparente, pero se me había pegado tanto al cuerpo que el encaje del sujetador se distinguía a través de la tela. Con cualquier otro no me habría importado, pero, delante de Nick, me ardía la cara de vergüenza.

—Está bien —dije, fingiendo con todas mis fuerzas que no quería hacerlo mientras me colocaba la chaqueta sobre los hombros.

Olía a Nick. A una mezcla de perfume y chicle de menta. Recordaba aquel olor desde la fiesta; desde entonces, lo asociaba con los problemas.

—¿Y ahora qué?

—Ahora sígueme.

—¿Adónde?

—Adonde yo diga.

—Eso no es una respuesta.

Nick gimió de frustración.

—¿Por qué contigo todo es tan complicado? Limítate a escucharme y haz lo que te digo. ¿Todavía no te has convencido de que no pienso hacerte daño? —Se detuvo un instante—. Al menos, hoy no.

—No confío en ti. Dime adónde vamos o me iré a la parada, pararé el primer coche que pase y volveré a casa. No pienso seguirte el juego con tus estúpidas tonterías.

—No te subirás al coche de un desconocido.

—Entonces iré andando. No está tan lejos.

—Está a cuarenta minutos en coche. Bastante lejos.

—¿Sabes dónde vivo?

—Sé más de lo que me gustaría —respondió con una sonrisa al ver que comprendía lo que aquello significaba—.

A la vuelta de la esquina hay un complejo deportivo donde entreno.

El guardia es buena gente; más de una vez me ha dejado entrar de noche.

Hay duchas calientes, toallas secas y ropa de recambio. ¿Vendrás conmigo?

No tenía muchas opciones. Quizá allí hubiera un teléfono.

—Sí. Iré.

No hablamos durante el camino. Ni una palabra.

Pensé que el silencio sería incómodo, pero ocurrió todo lo contrario.

Cuando Solyar no abría la boca para decir estupideces, parecía una persona normal.

Me gustaba permanecer en silencio a su lado.

Resultaba sorprendentemente cómodo. Durante todo el trayecto solo nos cruzamos con un transeúnte, que estaba borracho y parecía un poco fuera de sí.

Me alegré de no haber tenido que volver sola a casa.

Nick no daba muestras de tener frío. Parecía considerar que pasearse en pleno otoño con una simple camiseta era lo más normal del mundo. Yo, en cambio, me envolvía cada vez más en su chaqueta y rezaba para que llegáramos cuanto antes a un lugar cálido.

Por fin, Nick se detuvo frente a un edificio alto que recordaba a una escuela secundaria. Las ventanas tenían rejas, no había ninguna luz encendida y un hombre dormitaba en la garita de la entrada.

—Espera un minuto.

Solyar se acercó al guardia. Intercambiaron unas palabras y, después, Nick me señaló y se echó a reír.

—¡Stef! —me llamó, estrechándole la mano al hombre a través de la ventanilla—. Vamos.

Me sentí incómoda. Con las mejillas encendidas, saludé al guardia y me apresuré a seguir a Nick.

—¿Seguro que podemos estar aquí?

—Sí.

—Tengo una sensación extraña… Ese hombre —dije, señalando al vigilante con la cabeza— me mira de una forma rara.

—Está celoso —respondió Solyar, encogiéndose de hombros.

—¿Por qué?

—Porque piensa que eres una animadora que sueña con tener sexo en el suelo del gimnasio. Y ¿quién soy yo para negarle algo así a una chica?

—¿Qué? ¿Por qué iba a pensar eso?

—Se lo he dicho yo. Tranquila, Skadovska. Parece una razón bastante creíble para dejarnos pasar. Lo importante es que ha funcionado —Se inclinó hacia mi oído y añadió—: No te preocupes. Cuando salgamos, nadie comprobará si has perdido la virginidad.

—Eres repugnante —mascullé, apretando los dientes mientras cruzaba el umbral del edificio.

Si antes se me había colado algún pensamiento positivo sobre Nick, ahora ya no quedaba ni rastro de él.

Al menos, dentro hacía calor.