La elegida CAPÍTULO IX
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CAPÍTULO IX

Cuando acabaron de cenar, ella se tumbó en el sofá, cansada. Él le hizo una tila y un café para él.

Ella cerró los ojos y él puso las tazas en la mesa.

La deseaba.

Puso una mano en sus rodillas y siguió hacía arriba, hasta tocarla.

Desnuda del todo.

Ella adormilada sonrió.

-¡Qué provocadora eres!- empezó a moverla.

-Si te gusta…

-Me encanta, joder, vaya si me encanta. Te deseo desde el primer minuto en que te fuiste.

Y tardó segundos en desnudarse. Ella no abrió los ojos.

Lo sentía.

Sabía que estaba desnudándose.

Y se sabía su sexo.

Abrió las piernas para él y ese movimiento hizo que él tragara saliva. Desaparecieron sus celos, porque era para él. Y él entraba despacio porque no quería hacerle daño.

-Ummm…Alejandro…

-Dime nena- jadeaba.

-Te deseo. También te he echado de menos- y la besó profundamente. Y entraba profundamente mojado, pegado a ella, a su cuerpo.

Y esa unión los llevó a un clímax poderoso. Sus cuerpos se conocían y se reconocían y se sabían. Encajaba en sus brazos, y en su sexo.

Y Alejandro en sus últimos movimientos, antes de correrse en ella, supo que no hubo un antes de ella.

Se echó a un lado. Y ella lo abrazó.

-Estaba celoso- dijo al rato.

-¿Celoso de quién?

-De Damián, joder es un tipo seguro, tranquilo, contenido.

-Y guapo. No te olvides, es guapo, elegante, sofisticado, tiene unos ojos azules preciosos, como su sonrisa.

-Vero…

-No seas bobo. Tengo un trato.

-Pero lo que me duele es que solo sea por tener un hijo, pero ahora… quiero más.

-¿Temes que me enamore de otro?

-Sí, maldita sea. Yo no pienso enamorarme de otra y siempre pensé que podía llevar la vida de antes. Pero llegó a casa y solo quiero estar contigo. Y me pregunto qué me pasa y qué es esto.

-No te lo preguntes- vive. Estamos aquí juntos los dos. Vamos a tener una niña preciosa. Somos amigos. Y si el amor viene… yo te deseo también, eres mi marido.

-Sí, a veces me preocupo demasiado.

-Pues no lo hagas. Coge tu empresa mañana y ya vemos.

Yo pondré el dinero para esa parte. Que Mateo vea la forma de llevarla, tener una parte, hacer una sociedad que sé que no quieres, o darme beneficios anuales.

Ya lo estudiamos. Tengo que ir con Damián para invertir además de pagarle, en algo, no puedo dejar el dinero quieto. Seguro que él me asesora.

-Puede asesorarte Mateo.

-Quiero que lo haga Damián. Mateo es de la empresa. Él se ocupará de lo que invierta.

-Está bien, como quieras.

Pero eso se revolvía las tripas, que su mujer estuviese en contacto con él.

…

La mañana siguiente, Verónica Quesada llegó al banco temprano.

Vestía un conjunto beige impecable, gafas oscuras, pelo recogido y ya se le notaba el embarazo un poco, pero tenía una elegancia tranquila que llamaba la atención sin buscarla.

Depositó el cheque de la herencia con una serenidad que ni ella misma terminaba de creer.

Todo aquello que le habían intentado quitar… volvía a ser suyo.

Cuando volvía a casa, su móvil sonó.

-¿Sí?

-Verónica soy Damián.

Ella sonrió ligeramente al reconocer su voz.

-Buenos días.

-Te llamaba para ajustarlas cuentas como te dije. Facturas, porcentajes, algunos contratos que quiero revisar contigo. ¿Puedes venir el viernes?

-Claro.

-¿A las once en mi despacho?

-Perfecto.

-Y… enhorabuena. Me alegro mucho por ti.

La voz de Damian tenía algo de cálido, sincero. Algo que empezaba a ser demasiado evidente.

-Gracias, Damián.

Colgó pensativa.

…

A esa misma hora, en el despacho principal de Tecnocel, Sofía de la Vega firmaba los últimos documentos con gesto solemne.

-Ya está hecho- dijo dejando la estilográfica sobre la mesa- Tecnocel pasa oficialmente a nombre de mi nieto.

Alejandro de la Vega, la miro sorprendido.

-Abuela…

-No pongas esa cara. Siempre fue para ti. Solo necesitaba asegurarme de que estabas preparado.

-Mateo, observó en silencio desde el otro lado de la mesa. Alejandro aún parecía procesarlo todo: la empresa, el matrimonio, Verónica… y aquella extraña sensación de que empezaba a perder el control de su propia vida.

Después de acompañar a Sofía y al notario al ascensor. Mateo volvió a su despacho.

Apenas se sentó, sonó el teléfono.

-¿Sí?

-Mateo, soy Damián.

Mateo sonrió ligeramente y activó el manos libres mientras revisaba unos documentos.

Lo que no sabía era que Alejandro acababa de llegar a su puerta.

-Dime.

-Solo llamaba para confirmar lo del viernes con Verónica… aunque sinceramente, ojalá la hubiera conocido antes.

Mateo levantó una ceja.

-¿Ah, sí?

-Es inteligente, elegante, discreta… perfecta. No sé cómo explicarlo.

La mandíbula se le tensó a Alejandro.

-Creo que te gusta demasiado esa mujer- dijo Mateo con media sonrisa.

-Tal vez- rio Damián- ¿Y a quién no?

Alejandro abrió la puerta de golpe.

-Pues aléjate de ella.

El silencio fue inmediato.

Mateo suspiró apoyándose en el respaldo.

-Madre mía

Damián sonrió al otro lado del teléfono…

-Vaya. Así que estaba ahí.

Alejandro cerro la puerta tras de sí.

-Verónica es mi esposa.

-Claro- respondió Damián con calma- y yo solo he hecho un comentario.

Mateo intervino antes de que aquello escalara más.

Damián se despidió de Mateo y de Alejandro, alegando trabajo.

-Alejandro, estás demasiado celoso.

-No son celos.

-¿Ah no?- Mateo lo miró directamente- porque lo parece.

Alejandro apartó la vista.

Mateo bajó la voz.

-Y eso no es bueno, ni para ti.… ni para ella.

…

Los siguientes meses pasaron más rápido de lo que Verónica Quesada habría imaginado.

A los siete meses de embarazo, ya caminaba más despacio, más pesada por el gran piso de la gran Vía. Con una mano sobre la barriga y una tranquilidad nueva en la mirada. Había aprendido a sentirse en casa allí.

Seguía viendo a Damián de vez en cuando, siempre por asuntos profesionales. Entraba en su despacho, elegante, serena, revisaban inversiones, pagos pendientes, contratos relacionados con sus inversiones.

Damián nunca cruzó ningún límite.

Pero Alejandro de la Vega seguía tensándose cada vez que escuchaba su nombre.

-No hace falta que vayas tú personalmente- dijo una noche mientras se aflojaba la corbata.

Verónica levantó la vista del sofá.

-Es mi dinero Alejandro.

-Lo sé.

-Y Damián es quien mejor conoce todo.

Alejandro suspiró.

-No me gusta cómo te mira.

Ella sonrió divertida.

-Pues acostúmbrate. Estoy casada contigo.

Aquella frase consiguió calmarlo un poco.

Mientras tanto, Sofía de la Vega se volcó completamente con el embarazo.

Entre las dos prepararon la habitación del bebé.

Una habitación luminosa, elegante y cálida, en tonos crema y rosa empolvado, con muebles blancos. Cuando Verónica le dijo el nombre de la niña, la abuela se quedó emocionada.

-¿Sofía?- preguntó con la voz quebrada.

-Si a usted le parece bien.

La anciana tuvo que quitarse las gafas para disimular las lágrimas.

-Es el regalo más bonito que podían hacerme.

…

Verónica también terminó de cerrar la inversión más importante de su vida.

Parte del capital recuperado de la herencia fue destinado a la nueva división de videojuegos de Tecnocel, un proyecto moderno y arriesgado que llevaba apenas un mes funcionando.

Mateo había redactado personalmente las condiciones.

Durante cuatro años, ella recibiría una cantidad anual fija, mientras el proyecto crecía. Después pasaría a obtener beneficios.

Y para sorpresa de muchos, la idea empezó a funcionar.

Muy bien.

Alejandro no lo decía, pero cada vez más admiraba a su esposa.

Porque ya no veía a la chica que aceptó un matrimonio extraño por necesidad.

Veía a una mujer elegante, capaz de sentarse en cualquier reunión y hacerse escuchar.

Y eso lo atraía más de lo que estaba dispuesto a reconocer.

…

La relación entre ambos también cambió.

Más íntima.

Más real.

Las cenas improvisadas en casa, las madrugadas de sexo, las caricias en su barriga tocando su niña…

Todo empezó a parecer demasiado a una familia de verdad- y eso a veces le daba miedo. Miedo y con los celos absurdos…

Especialmente de Damián.

…

Dos meses después, Verónica salió del último examen de su máster agotada y feliz.

Había aprobado.

Con nota.

Cuando llegó a casa, Alejandro apareció con un gran ramo de rosas. Y una botella de champagne sin alcohol.

-Sabía que lo conseguirías.

-Claro que sí- sonrió ella- soy muy lista.

Él soltó una carcajada.

Y dos días después, de madrugada, Verónica rompió aguas.

La pequeña Sofía nació al amanecer.

Sana, preciosa, con mucho pelo oscuro.

Alejandro no soltó a Verónica ni un segundo durante el parto.

Y cuando la enfermera puso a la niña en brazos de su madre, él se quedó completamente inmóvil mirándolas. Como si acabara de comprender que toda su vida había cambiado.

-Se parece a ti- susurró Verónica cansada.

-No… - dijo él sin apartar la vista de la niña- se parece a los dos.

…

Una semana después, contrataron a una nana, interna los primeros meses. Se llamaba Lisa. Joven, eficiente. Cariñosa.

Y la vida en el piso silencioso, cambió.

…

Mateó, se quedó en silencio al otro lado del teléfono. Desde el ventanal de su despacho, veía la lluvia fina caer sobre Madrid, peor apenas escuchaba nada más que la respiración contenida de Damián.

-¿Estás seguro de que lo viste? Si no sale…- preguntó despacio.

-Ojalá no lo estuviera.

Damián estaba de pie junto a la venta de su propio despacho también, con los puños cerrados. Había pasado todo el fin de semana pensando si callarse o no. Porque Alejandro era amigo de Mateo. Pero Verónica…

Verónica llevaba meses viviendo encerrada entre llantos, biberones y noches sin dormir.

-No fue una tontería, Mateo, iba bebido, más de la cuenta y no coqueteaba, entró con ella en el reservado.

Mateo suspiró.

-¿Y Verónica?

-No sabe nada.

Hubo otro silencio.

-¿Tú, qué harías?

-No meterme en matrimonio ajeno.

-No es un matrimonio cualquiera y lo sabes- dijo Damián.

Y tenía razón, aunque había pensado por un momento que sí.