CAPÍTULO VIII
El jueves llegó demasiado rápido para el gusto de Alejandro de la Vega.
Había intentado convencerse toda la semana de que aquello era absurdo. Un abogado. Solo un abogado.
Pero aún así aquella mañana estaba especialmente insoportable en la empresa.
Carlos dejó una carpeta encima de la mesa y resopló.
-Lleva tres reuniones mirando el móvil.
-Estoy trabajando.
-Claro. Y yo soy piloto de Fórmula 1.
Alejandro ni respondió.
Miro otra vez la hora.
11:07.
Habían salido hacía casi una hora. Y en el hotel lo esperaba los dos abogados para estudiar toda la documentación en una de las salas pequeñas de reuniones que habían reservado en el hotel. Y verónica iba con él.
Mateo apareció entonces en el despacho con un café.
-¿Sigue vivo el abogado?
Alejandro levantó la vista lentamente.
-Mateo.
-Solo pregunto.
Dejó el café delante de él y se sentó enfrente, disfrutando demasiado de la situación.
-Nunca te había visto así, hombre.
-¿Así cómo?
-Como un marido.
Alejandro soltó una risa breve.
-No empieces.
-No, en serio. Estás celoso.
-No estoy celoso.
-Alejandro…- Carlos se echó a reír desde la puerta.
-Eso ya es enfermedad.
Alejandro cerró la carpeta.
-Está embarazada. Es normal que me preocupe.
Mateo arqueó una ceja.
-Y él es abogado, no traficante de órganos.
Silencio.
Después Mateo añadió más serio:
-El problema no es Damián.
Alejandro apoyo los brazos en la mesa.
-Entonces ilumíname.
-El problema es que Verónica empieza a descubrir quién es realmente.
Aquella frase sí lo dejó callado.
Porque sabía que era verdad.
Hasta hacía unos meses, Verónica era una chica brillante pero acostumbrada a sobrevivir. Ahora empezaba a comprender que era heredera de muchísimo dinero.
Y eso cambiaba las cosas.
Mucho.
Mientras tanto, al llegar a Jaén y descansar un poco en el hotel, salieron a comer algo. Les presentó a los dos abogados, Álvaro y José Luís. Ella llamó a Alejandro para decirle que habían llegado bien y que el hotel era precioso en el centro.
Después de descansar un rato, bajaron a la sala que habían reservado con toda la documentación.
Pero lo que más le sorprendía a Verónica era Damián.
No parecía nervioso jamás.
Ni intentaba impresionarla.
-¿Quieres agua?
-Sí gracias.
Damián le pasó una botella mientras revisaba unos documentos.
-He hablado con el notario de Jaén esta mañana- dijo Álvaro.
-¿Malas noticias?
Él levantó la vista.
-Peores de las que esperaba.
El corazón de Verónica dio un pequeño vuelco.
Damián se sentó frente a ella y abrió una carpeta.
-Tu padrastro lleva años vaciando dinero de la fábrica de aceite mediante una empresa pantalla.
Ella se quedó helada.
-¿Qué?
-Y probablemente pensó que nunca le reclamarías nada.
Verónica bajó la mirada lentamente hacía las cifras.
Millones.
Sintió náuseas.
Quizá por el embarazo.
Quizá por la rabia.
Damián apartó la carpeta un poco.
-No quiero agobiarte el primer día.
-No, enséñamelo todo.
Él la observó unos segundos y ella a él.
Damián era un hombre de treinta y seis años, demasiado atractivo, el pelo claro, los ojos azules demasiado claros, demasiado bonitos. Alto y elegante, sofisticado. Los trajes como Alejandro, impecables. Con temple y mirada directa. Debía gustar a las mujeres.
Y por primera vez lo vio sonreír. Su risa era blanca y maravillosa.
La miro con respeto.
No con condescendencia.
-Tu padre debía estar muy orgulloso de ti.
Aquello fue peor que cualquier halago.
Porque nadie hablaba ya de su padre. Y Verónica notó cómo se le llenaban los ojos de lágrimas.
Damián fingió no darse cuenta.
Le acercó un pañuelo discretamente y siguió hablando de cifras, auditorias y demandas.
Como si entendiera perfectamente que la mejor manera de cuidar a alguien… no era humillarlo con lástima.
Dos días después, Jaén entera sabía que Verónica Quesada había vuelto. Y también que no había vuelto sola.
El mercedes negro se detuvo frente a la fábrica de aceite poco antes de las diez de la mañana.
Varios camiones seguían entrando y saliendo como si nada ocurriera, pero dentro, el ambiente era distinto.
Tenso.
Los empleados miraban desde lejos. Muchos habían conocido a su padre.
Muchos también sabían lo que el padrastro llevaba años haciendo.
Damián Martínez, salió primero del coche. Traje oscuro, gafas de sol y una tranquilidad casi irritante.
Después ayudó a bajar a Verónica.
Ella llevaba un vestido beige sencillo y el pelo recogido.
Nada ostentoso.
Y aún así, cuando cruzó la entrada de la fábrica, el silencio fue absoluto.
Porque por primera vez, parecía lo que era: la heredera.
Dentro los esperaba su madre, pálida, y el padrastro, visiblemente nervioso.
-Verónica…- empezó Celia.
Pero Damián se adelantó suavemente.
-Buenos días. Soy Damián Martínez, representante legal de la señora Quesada.
El padrastro intentó sonreír.
-Todo esto es innecesario. Podemos hablar en familia. Ya han tasado todo. Han venido dos de sus abogados.
-Precisamente hablar en familia intentaron evitar durante años.- respondió Damián.
Directo.
Sin levantar la voz.
Y aún así, dejó al hombre blanco.
La reunión entre los abogados de la madre y el padrastro, Damián, sus dos abogados y ella, duró casi tres horas.
Documentos. Cuentas. Transferencias. Terrenos vendidos por debajo de su valor, dinero desviado…
Hasta que finalmente Damián cerró al carpeta.
-Tenemos pruebas suficientes para iniciar acciones penales si no llegamos a un acuerdo económico justo.
Celia rompió a llorar.
-Yo no sabía nada…-pero Verónica ya no la miraba igual, porque ella debía haber firmado, si no, no se vende nada. En el fondo lo sabía. Quizá no todo. Pero sí lo suficiente para callar.
El padrastro perdió la calma entonces delante de todos.
-¡Eres una desagradecida! ¡Todo lo que hicimos por ti!
Verónica se levantó lentamente.
Y por una vez no fue la chica callada de siempre.
-Lo que hicisteis fue intentar quitarme lo único que mi padre me dejó.
Silencio absoluto.
Incluso Damián la observó distinto.
Con cierta admiración contenida.
El hombre se rio con desprecio.
-¿Y qué vas a hacer tú sola?
Entonces Damian habló sin mover apenas el gesto.
-Sola no está.
Y deslizó el último documento sobre la mesa.
Cesión completa de administración patrimonial. Recuperación de acciones. Control mayoritario inmediato de la fábrica y de las tierras que le corresponden.
Todo legal.
Todo blindado.
Y sobre todo, una vez tasado, en metálico.
El padrastro entendió junto con los abogados que en ese instante, había perdido.
…
Aquella misma tarde, ya en el hotel de Jaén, Verónica firmó el último documento ante notario.
Cuando terminó, recibió un cheque.
Temblaba un poco cuando vio la cantidad.
-¿Ya está? – dijo en voz baja.
Damián asintió. Le dijo aparte que le pasaría todas las facturas incluso del notario y él se encargaba de pagarle. Lo harían desde Madrid. Y tendría una copia.
Ella soltó el aire como si llevara años sin respirar del todo.
-Mi padre estaría contento.
-Tu padre, estaría tranquilo.
Verónica levantó la vista.
-¿Hay diferencia?
-Sí, la tranquilidad llega cuando sabes que alguien será capaz de proteger lo que construiste.
Aquello la dejó callada.
Después, él cerró al carpeta y cambió ligeramente el tono.
-Ahora viene la parte importante
-¿Cuál?
-Aprender a que nadie vuelva a decidir por ti.
Cenaron todos en el hotel, y ella los felicitó a todos. Estaba tan agradecida…
Esa noche en Madrid, Alejandro de la Vega, recibió una videollamada de Verónica desde el hotel.
Ella sonreía.
Feliz de verdad.
Hacía tiempo que no la veía así.
-Lo hemos conseguido.
Lo hemos.
Otra vez.
Alejandro intentó ignorarlo.
-¿Cómo estás?
-Muy bien, cansada pero muy bien.
Ella empezó a contarle todo deprisa, las firmas, las tierras, las auditorias, el cheque…
Y mientras la escuchaba, Alejandro comprendió algo incómodo.
Verónica estaba cambiando.
Ya no era la chica insegura que llegó a Tecnocel.
Ahora hablaba como alguien que empezaba a descubrir poder.
Y lo peor era que le gustaba verla así.
Aunque también le daba miedo.
Al día siguiente salieron para Madrid, ella iba contenta y no salieron temprano, sino casi después de comer el miércoles.
Damián quiso tomarse una mañana hasta después de comer.
Debían de salir del hotel a las doce, pero podían dejar las maletas en el coche en el parquin para pasear un rato y que ella se sintiera cómoda y se relajara.
Álvaro y José Luis sí salieron para Madrid después de desayunar, pero ella quiso enseñarle parte de Jaén, el centro.
Luego cogieron el coche y subieron al Castillo de Santa Catalina para comer. Y para verlo.
Ella iba contenta por enseñarle lo bonito que tenía. Ese mirador de 360 grados que encantó a Damián. Conoció a un Damián distinto, relajado, incluso divertido e irónico. La había defendido y no en el sentido jurídico de la palabra y la estaba cuidando.
Pasaron una mañana estupenda y una comida especial. Ella le contó lo que había estudiado, que hacía un máster, llevaba ya casi cinco meses y casi se le iba a j untar el examen con el parto y ella se reía.
A veces Damián la miraba como a quién mira a la mujer con la que hubiese sido feliz y llegó tarde, porque era esa mujer, o jovencita. Él le llevaba casi once años, pero era madura para su edad. Tampoco Damián aparentaba la edad que tenía. Y sabía que Alejandro estaba celoso de él. Y era mutuo.
Cuando llegaron ya casi anochecido. Alejandro estaba en los ventanales, cuando aparcó provisionalmente el coche negro de Damián.
Lo vio salir y dar la vuelta al coche y ayudarla a salir.
Le sacó la maleta y ella parecía decirle ella entraba con la maleta por el coche aparcado allí.
Pero sí vio cómo ella lo abrazó. Hablaron algo y él subió al coche y desaparecía en las calles de Madrid, mientras ella entraba al portal.
Le dolió ver ese abrazo, aunque fuese amistoso.
Oyó abrir la puerta y se dio la vuelta.
La miró, tan bella, distinta preciosa. Y se fue a la puerta. Ella dejó las llaves, su bolso y la pequeña maleta además de carpetas de documentos.
Se aceró a ella y la abrazó y la besó en a boca, hambriento.
Hola-le dijo.
Hola- debería irme más a menudo- y él se rio en su boca sin dejar de abrazarla.
-¿Cómo estás?, ¿el viaje?. Pensé que veías por la mañana.
-Sí, los abogados fueron por la mañana, pero Damian quiso que me relajara, que terminamos anoche tarde.
Y terminé cansadísima, así que desayunamos todos, y Damian y yo fuimos a dar un paseo y subimos al Castillo, lo vio y almorzamos allí.
Deberíamos ir Alejandro. Si no fuese por mi familia…
ya te contaré, pero Damian es bueno. Ya Mateo me lo dijo.
Tengo que pasar cuando me llame para pagarles y lo del notario cuando me prepare la factura. Y el cheque tengo que ingresarlo.
-Te he echado de menos estas noches, Vero.
-¡Qué mimosito…!, le echó los brazos al cuello y lo besaba.
-Si, la verdad. Sigue.
Bobo… necesito una ducha y comer algo.
Venga, te la das mientras caliento la cena.
-¿Me dejas las carpetas en mi mesa del despacho?
-Claro.
-Saco el neceser y la ropa es para lavar.
Veinte minutos después apareció con otro camisón de raso azul oscuro.
-Nena cuando te veo con esos camisones que se te notan los pezones…
-Comes primero.
-¡Qué vida más perra! Y ella se reía. Estab en plan protector y posesivo. Lo sabía.
Mientras comían, ella le preguntó si ya tenían el espacio para ubicar la sección de videojuegos.
-Vamos a reducir la sección de componentes que es demasiado amplia.
Desde el sótano a la tercera planta. Así no hay obras, solo unas paredes de pladur de separación y en el sótano tenemos el almacén de videos y los otros dos, pues una sección en la que unos elijan, miren, revisen los nuevos que puedan venderse mas y en la parte de arriba las nuevas creaciones.
Les ponemos unas puertas que den al pasillo hasta la dirección. Empaquetado, comedor en la primera.
-Me gusta eso.
Y no hay permisos porque son separaciones, solo cartel en la puerta, puertas y mobiliario. Se quedan salas generosas para las dos secciones. La mayor inversión es mobiliario y videojuegos. Hay que comprar una gran cantidad y luego mandar a la fábrica los que hagamos.
-¿Y qué inversión se requiere?
-Esta noche no. Mañana vas e ingresas tu cheque. Me ha llamado mañana viene con las escrituras y el notario y con Mateo me va a poner la empresa a mi nombre.
-Me alegro Alejandro. Hay que celebrarlo.
-Este fin de semana salimos a ello los dos. El sábado comemos con la abuela. Pasado mañana puedes venir y te enseño cómo se quedaría eso.
-Iré, tengo ganas de ver cómo queda el proyecto.