La elegida CAPÍTULO VI
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CAPÍTULO VI

Durante los días siguientes cambiaron el ritmo de la casa sin que ninguno de los dos lo dijera en voz alta.

Alejandro empezó a llegar antes. Algunas noches incluso apagaba el móvil durante la cena, algo que Carlos consideraba prácticamente un milagro empresarial.

Verónica continuaba estudiando el máster en el despacho enorme junto al salón.

Pero ahora siempre encontraba una bandeja con fruta, agua o café que alguien dejaba discretamente allí.

Nunca preguntaba quién había sido.

Aunque lo sabía.

Aquella tarde de viernes, Madrid estaba cubierta por una lluvia fina y elegante. Verónica llevaba una de las camisas blancas de Alejandro sobre un vestido cómodo de punto mientras revisaba unos apuntes sentada en el sofá.

La puerta se abrió cerca de las siete.

-¿Verónica?

-Aquí.

Alejandro apareció con el pelo ligeramente mojado y una bolsa pequeña se una pastelería cara de la calle Serrano.

Ella arqueó una ceja.

-¿Qué es eso?

-No lo sé exactamente. La dependienta dijo algo de que las embarazadas tiene antojos.

-Verónica empezó a reír.

-¿Y compraste todo lo que te dijo?

-Posiblemente.

Sacó cajas demasiado elegantes para simples dulces: tartaleta de limón, milhojas, pequeñas palmeras de chocolate y unos macarons perfetos.

-Alejandro, esto es media pastelería.

-No tenía experiencia en estas cosas.

Ella se quedó riendo cuando de pronto él se la quedó mirando finamente.

Verónica lo notó enseguida.

-¿Qué pasa?

-Te hacía falta reírte más.

Y a él le hacía falta tenerla más. Desde que supo que estaba embarazada, no la buscó más. Pero la deseaba. Que Dios lo perdonase, pero la deseaba con todas sus fuerzas.

La sonrisa de ella se suavizó lentamente.

Aquellas palabras le llegaron demasiado dentro.

Porque llevaba años sobreviviendo entra abogados, discusiones, desconfianzas y silencios. Y ahora , aquél hombre, que al principio parecía incapaz de implicarse emocionalmente con nadie, estaba aprendiendo gestos pequeños.

Verónica apartó la mirada para esconder lo que sentía.

-Tengo cita el lunes otra vez. Va a hacer dos meses.

Alejandro dejó la chaqueta en una silla.

-Iré contigo.

-No hace falta que canceles reuniones.

-Ya las he cancelado.

Ella levantó la cabeza sorprendida.

-¿Todas?

Mateo casi me felicita emocionado. Creo que le está afectando el embarazo más que a nosotros.

Eso hizo que ambos volvieran a sonreír.

Después Alejandro se acercó despacio al sofá y se sentó junto a ella. Sus miradas quedaron muy cerca.

-¿Puedo preguntarte algo?

Claro.

Él dudó unos segundos, algo extraño en un hombre acostumbrado a decidir millones sin pestañear.

¿Eres feliz aquí?

-Mas de lo que esperaba.

-Aquello lo desarmó.

Porque él empezaba a entender que la joven tranquila que aceptó un trato por necesidad, se había convertido en la persona que más paz le daba al volver a casa.

Y eso era mucho más peligroso que enamorarse un poco.

Era empezar a necesitarla.

Esa noche, Verónica sintió unos pinchazos en la parte baja, cerca de los ovarios.

Era un dolor intermitente. Peo se asustó. Ese dolor la despertó. Fue al baño peor nada, no sangraba, pero eran pinchazos.

Fue al dormitorios de Alejandro y llamó a la puerta. Y abrió…

-Alejandro…

-¿Qué pasa Vero?, se despertó él y se incorporó de golpe.

-Tengo unos pinchazos en la parte baja.

Vamos al hospital venga.

Y si esperamos un poco…

-Nada de eso, me pongo el chándal

-Pero Alejandro si se me quita…

-Ponte un chándal y vamos.

Una hora y media después volvían a casa. Ya no los tenía, estaba bien y era algo normal. No tenía nada. Todo estaba perfecto.

Se dio una ducha y se puso de nuevo uno de esos camisones que ella se había comprado, rosa esta vez. No llevaba ropa interior porque le aconsejaron que nada le apretara abajo. Ya cuando tres días después fueran al ginecólogo se lo comentaran si desaparecían.

Pero ella se había asustado.

Alejandro también se dio una ducha y se acostó desnudo, como siempre hacía.

-Alejandro.

-¿Qué pasa otra vez?

-No todo está perfecto. ¿Puedo dormir contigo por si acaso?. Estoy nerviosa un poco.

-¿Quieres una tila o algo?

-No, he bebido agua.

Y el abrió la cama y ella lo vio desnudo.

-Se metió a su lado. Y se abrazó a él.

La sintió vulnerable y la abrazó.

-Vamos duérmete, ya sabes que nos han dicho.

Ella abrazada a su pecho, puso una pierna encima de la suya y se quedó casi dormida.

Para él era difícil, incluso le habían dicho que podían tener relaciones sexuales. Y él así con ella estaba duro como una piedra, le costaba respirar. Movió la pierna y sintió su sexo en ella, no tenía ropa interior ninguna bajo el camisón. De arriba sabía que no, pero de abajo…

Y entonces la tocó. Mojada, húmeda como siempre que la tocaba.

-Ummm…- dijo ella medio dormida. Y lo tocó.

-Vera… joder no me toques. Buff, mujer…

Y abrió los ojos y lo miró.

-No hay vuelta atrás, nena.

Y sacó sus pechos, bajándole los tirantes y mordió y pellizcó sus pezones. Y ella gemía y se retorcía cuando la tocaba y Alejandro hizo algo que nunca había hecho con ella. Bajó a su sexo y la chupó y la lamió, la cogió por las caderas y ella por el pelo.

-¡Ay dios Alejandro! no puedo, aggg , madre mía… y se quedó en su boca.

Subió por su sexo, pero se la puso encima y la penetró.

Se olvidaron del embarazo, el decía que la deseaba, que estaba caliente, que era preciosa.

Mordía sus pechos apretaba su trasero y se movieron tan íntimos que aquello fue diferente.

No para concebir, sino para disfrutar. Un sexo apasionado, caliente.

Y saltaron en un clímax potente y blanco.

-¡Ay Dios mío, estás loco!

-Lo has hecho a propósito- dijo él.

-No, para nada.

-Me refiero a no ponerte nada debajo- y pellizcó sus pezones.

-¡Qué tonto!, no ves que ha dicho que no me apriete nada…

-Pues te ha apretado dos veces-y ella se rio.

-Vero.

-Ummm.

-Esto cambia algo.

-Como qué…

-Como que cambies tu ropa a mi dormitorio mañana y duermas en esta cama. No quiero que estés solo si pasa algo. Te coges el otro baño. Hay dos.

-¿Es por eso?

-Nada más que por eso.

-Mentirosillo… -y Alejandro se reía

Porque empezaban a jugar y le gustaba.

-Vamos a dormir ya que mañana no podré ir a las reuniones.

Y durmieron abrazados y n se sintió solo.

Ella tampoco.

Ni asustada.

Ni nerviosa.

Bueno, nerviosa un poco cuando la tocaba. Porque a pesar de todo, de no estar enamorada, necesitaba sexo. Sus hormonas se habían revolucionado aún más con el embarazo.

Y así Alejandro se acostumbró a dormir con ella, a empezar a hacerle al amor de mil formas distintas, a soplarle al oído cosas hermosas, a hacer el amor.

Fu consciente de que no era una chica cualquiera.

Era su mujer. Y le encantaba. A veces la miraba y si ella quería salir a andar los fines de semana como el resto de los días la acompañaba a pesar de que luego fuese al gym.

Desayunaban juntos fuera los fines de semana.

Pero estaba intrigado cuando la veía tanto trabajar en el despacho.

Había ido a ver a Damian con Mateo. Y supo que eran buenos.

Habían conseguido empezar la tasación de los bienes, porque no les interesaba ir a juicio, iba a pagar más, pero el padrastro de Verónica estaba cabreado porque iba a tener que vender tierras, pasarles parte de la fábrica y del cortijo.

Sin embargo ella fue generosa y le dejó a su madre la casa, solo en usufructo, que es lo que debió hacer su padre.

Pero eso dejaba fuera de juego a Diego, porque eran dueñas a partes iguales madre e hija.

Sabía que ese tiparraco iba a hacerle vender a su madre parte de lo que quedaba, de hecho dijeron de vender el cortijo que no utilizaban para darles parte de la fábrica y no vender tantas fanegas de olivos de la parte de su madre.

Ella estuvo de acuerdo en eso. Y Damián le dijo que en un mes o así tendrían que viajar a las firmas y a coger en dinero, porque Verónica quería dinero de su parte. No se fiaba.

Había ido por otra parte con Alejandro a otra revisión. Ya tenía tres meses de embarazo e iba todas las semanas a casa de la abuela a tomar el té antes de que viniera Alejandro del trabajo. Un par de veces la llamó porque la abuela y ella se liaban de cháchara.

A doña Sofía le encantaba Verónica. Pero sabía que guardaba secretos.

Y una de las tardes en fue a tomar el té, a ella sin teína ya. se cuidaba mucho.

-Mi niña- le decía, cuándo sabemos el sexo del bebé.

-Cuando se me note, doña Sofía, el mes que viene me ha dicho el ginecólogo que puede verse si está bien colocado.

-¿Tú estás bien?

-Muy bien, desde los pinchazos… nada.

-¿Duermes con mi nieto?

-Sí señora.

-Eso me gusta.

-¿Sale los fines de semana?

-No quiere salir, dice que quiere cuidarme.

-Bah, excusas, le gustas. Lo sé. Pero también sé que no eres una chica cualquiera Verónica. Así que cuéntame esos secretos.

-Está bien, se lo contaré, y también debo hacerlo a su nieto. Porque en un mes tengo que bajar a Jaén y no quiero que haya secretos entre nosotros.

-Me tienes en ascuas.

-Hice ADE en Jaén doña Sofía, tengo una carrera con muy buenas notas. De hecho estoy haciendo un máster on line. Tenía cien mil euros, más lo ahorrado del trabajo de empaquetado.

-Y teniendo esa carrera ¿por qué trabajaste en empaquetado?

-Quería pasar un tiempo desapercibida. Soy sencilla.

-De eso no tienes. Se te nota la buena educación. No tienes padre…

-No señora, murió hace unos años, padrastro, diez años menor que mi madre.

-¿Que me dices…?

-Un cazafortunas.

-Si tuvieras fortuna, ¿no?... ¿Eres rica?.

Y ella bajo la cabeza.

-Puede decirse que sí. Mi padre tenía más de cien fanegas de olivos, una fábrica, un cortijo y la casa de Jaén, como dos veces el apartamento, con piscina, etc.…

-Eres asombrosa, me dejas de piedra. ¿Y?

-Mateo me proporcionó un despacho de abogados, Damián Martínez.

-Lo conozco, el mejor de Madrid.