La elegida CAPÍTULO V
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CAPÍTULO V

Verónica se quedó sentada en el borde de la bañera varios minutos, mirando aquella segunda línea rosa, como si fuera a desaparecer de pronto. Pero no desapareció.

Positivo

El pequeño test temblaba entre sus dedos. Cuatro días de retraso. Ella había pensado que serían los nervios, el cambio de vida, la presión de aquella boda improvisada, el máster, el gran apartamento inmenso de La Gran Vía… Pero no.

Estaba embarazada.

Se levanto despacio y se miró al espejo llevaba una camiseta blanca y el pelo recogido para estudiar. Parecía la misma Verónica de siempre, y sin embargo, ya no lo era.

Apoyó la mano sobre su vientre aún plano.

-Pues ya está… susurró- ya he cumplido.

Y aquella frase le dolió más de lo que esperaba.

Porque al principio aquello había sido un acuerdo frío y calculado entre dos personas que no se conocían. Él necesitaba un heredero y ella necesitaba estabilidad y protección, y sobre todo ayuda frente a su madre y su padrastro.

Y todo estaba en marcha por ambas partes, aunque la suya la desconociera Alejandro.

Pero entre cenas tardías, desayunos juntos, silencios cómodos en el salón y noches en las que Alejandro dejaba de parecer un empresario arrogante para convertirse simplemente en un hombre casado… todo había cambiado un poco.

O quizá demasiado.

Guardó el test en el cajón de su mesilla antes de que llegara Paz a limpiar la habitación suya. Después intentó estudiar en el despacho, pero fue imposible. Leía la misma página una y otra vez.

Y después de un mes, tuvo miedo.

No del embarazo.

De lo que vendría después.

Porque Alejandro había conseguido lo que quería. Mucho antes de lo esperado. Apenas había pasado un mes.

¿Y ahora qué?

¿Volverían las fiestas? ¿Las mujeres?¿Los fines de semana fuera?. ¿Ya no pasaría por su dormitorio?

Aquella noche él llegó cerca de las nueve. Se aflojó la corbata al entrar al salón y dejo el móvil sobre al mesa.

-¿Qué tal el día?- preguntó mientras se servía un poco de agua.

Verónica estaba sentada en el sofá demasiado quieta.

Alejandro la miró con atención.

-¿Qué pasa?

-He ido a la farmacia esta mañana.

Él frunció el ceño acercándose.

-¿Te encuentras mal?

Verónica negó despacio y levanto el test que había escondido detrás de un cojín.

Alejandro se quedó inmóvil

Ni siquiera lo cogió la principio.

Miró el resultado. Luego a ella. Y otra vez al resultado.

Positivo.

Por primera vez desde que la conocía, Alejandro de la Vega parecía completamente incapaz de reaccionar.

-No… murmuró casi para sí mismo.- No puede ser tan rápido.

Ella intentó sonreír un poco.

-Eso he pensado yo.

Alejandro pasó su mano por la barba todavía en shock.

-¿Pero estás segura?

-Hay que confirmarlo con un ginecólogo, claro.

Alejandro asintió automáticamente.

-Mañana llamaré. Al mejor de Madrid.

El silencio volvió a caer entre ambos.

Pero ya no era el mismo silencio de siempre.

Era uno lleno de vértigo.

Verónica observó como él caminaba lentamente hasta el ventanal del salón. Desde allí se veía toda la avenida iluminada.

Alejandro apoyó ambas manos en su cintura y soltó una risa nerviosa, incrédula.

-Joder…

Ella casi nunca le oía decir palabrotas.

Y entonces ocurrió algo que Verónica no esperaba.

Alejandro se giró hacía ella, y por primera vez desde que se había casado había miedo en sus ojos.

Miedo real.

-Verónica… dijo en voz baja- Yo no sé hacer esto.

Ella tampoco sabía si hablaba del embarazo… o de querer a alguien.

Verónica lo miró desde el sofá.

Aquella confesión había sido tan inesperada que durante unos segundos no supo qué responder.

Alejandro de la Vega siempre parecía tener el control de todo: Empresas, abogados, reuniones, inversiones… incluso aquella boda había sido organizada como una operación empresarial perfecta.

Pero no aquello.

No un hijo.

No ella.

Alejandro de acercó despacio y se sentó frente a ella, apoyando los antebrazos sobre las rodillas. Seguía mirando el test como si fuese un documento imposible de interpretar.

-No era así como pensaba que iba a pasar- admitió.

-¿Y cómo lo imaginabas?

Él soltó una risa breve y cansada.

-Mas lento, más frio, más organizado…

Eso hizo que Verónica bajara la mirada.

Claro.

Organizado.

Como si aquello hubiese sido un simple contrato.

Alejandro debió notar el cambio de expresión porque enseguida negó con la cabeza.

-No quería decir eso.

-Sí querías.

-No Verónica- su voz se suavizó.- al principio sí. Pero ya no.

Ella levantó los ojos lentamente. Y ahí estaba esa sensación peligrosa. Esa cercanía que ninguno de los dos sabía manejar.

Alejandro se levantó para servirse un whisky, aunque apenas bebió un sorbo. Parecía necesitar hacer algo con las manos.

-Vero, el trato era casarnos y tener un hijo. Es lo que te propuse y acepté. No voy a ignorarte después.

Ella apartó al mirada porque aquello le afectó más de la cuenta.

Alejandro dejó el vaso sobre la mesa y caminó hacía ella despacio.

-Mírame.

Verónica obedeció.

-No voy a desaparecer los fines de semana- dijo serio- ni voy a llenar esto de mujeres. Ni voy a hacerte pasar vergüenza.

Ella intentó mantener la calma.

-No tendrías por qué darme explicaciones. Aunque lo de traer mujeres quizá me estrese.

-Quiero dártelas.

Y aquella frase fue peor todavía. Porque sonó sincera.

Alejandro se sentó a su lado esta vez, muy cerca. El perfume de él, la calidez de su cuerpo, la tranquilidad con que la miraba… todo resultaba demasiado íntimo para un matrimonio que había empezado como un cuerdo.

-¿Tienes miedo?. Preguntó él.

Verónica tardó en responder.

-Sí.

-¿Por el bebé?

Ella negó despacio.

Y Alejandro entendió la verdad antes de que la dijera.

Tenía miedo a enamorarse de él.

El silencio de volvió espeso.

Él levantó una mano lentamente y aparto un mechón de pelo de su cara con una delicadeza que no parecía propia de Alejandro de la Vega.

-Yo también tengo miedo, Vero.

Aquello era mucho más peligroso que cualquier contrato.

…

Alejandro salió de la consulta todavía en silencio. Había escuchado al ginecólogo felicitarles con naturalidad, hablar de una analítica perfecta y de lo bien que estaba Verónica.

Ella sonreía tranquila, incluso feliz, mientras guardaba las pruebas en su bolso beige de piel.

En el coche, de camino al piso de la Gran Vía, apenas hablaron.

-¿Estás bien?- preguntó ella al bajar.

Alejandro la miró unos segundo antes de asentir.

-Sí… solo estoy pensando.

Verónica creyó entenderlo. Era mucha responsabilidad. Un hijo. Un matrimonio que había empezado como un acuerdo y que ahora parecía otra cosa. Le acaricio la manga del traje.

-No tienes que preocuparte por mí.

Él sostuvo su mano un instante más de lo normal.

-Precisamente eso es lo que empieza a preocuparme.

-No tienes de qué preocuparte, Alejandro, hicimos un trato, vive tu vida como antes. Solo voy a darte un hijo.

-Nada más y nada menos.

Se bajó para que ella bajara y le abrió la puerta del coche.

-Hasta luego- le dijo ella. Pero al llegar a abrir el portal, se quedó mirándolo subir de nuevo al coche.

…

Al llegar a la empresa, Alejandro entró directamente a su despacho. Se aflojó la corbata y, antes incluso de sentarse, llamó a su abuela.

-¿Abuela?

La voz elegante y firme de la anciana sonó al otro lado.

-¿Qué ocurre, Alejandro? ¿Va todo bien?

Él sonrió por primera vez en toda la mañana.

-Vas a ser bisabuela. Espero que te de igual un niño que una niña.

Hubo unos minutos de silencio absoluto. Después, Sofía de la Vega soltó una pequeña risa emocionada.

-Ay Dios mío… Lo sabía. Esa niña ha traído luz a esta casa.

-La analítica ha salido perfecta.

-¿Y tú cómo estás?

Alejandro apoyó la mano en la ventana del despacho, mirando el polígono lleno de tráfico.

-No lo sé todavía.

Sofía lo entendió enseguida.

-Pues empieza a saberlo pronto. Tienes treinta y cuatro años y ya no puedes vivir como si estuvieras solo.

…

Una hora después, Mateo y Carlos estaban sentados frente a él en la sala privada de reuniones.

Carlos revisaba unos documentos, pero Mateo observaba a su amigo con demasiada atención.

-Tienes cara de funeral para ser alguien que acaba de enterarse de que va a ser padre- dijo Mateo.

Alejandro suspiró.

-No esperaba que todo fuera tan rápido.

-La vida nunca pregunta- respondió Carlos con media sonrisa.

Pero Mateo sabía que había algo más.

-¿Sigues pensando en mantener “tu vida anterior”?

Alejandro no respondió de inmediato. Ese silencio fue suficiente.

Mateo apoyó los codos sobre la mesa.

-Escúchame bien. Te conozco desde hace diez años. Has tenido dinero, mujeres, libertad y una empresa que manejar. Perfecto. Pero ahora tienes una esposa joven, inteligente, elegante… y embarazada de tu hijo.

Alejandro bajó la mirada.

-Esto empezó como un trato.

-Ya no lo es.

La frase quedo suspendida en la sala.

Carlos dejó lentamente el bolígrafo sobre la mesa.

Mateo continuó más serio:

-Verónica no es una mujer cualquiera. Tiene apellido, educación y orgullo. Y además te quiere más de lo que tú crees. No la humilles llevando mujeres a tu casa ni viviendo como un soltero ridículo a tu edad.

Alejandro levantó la vista.

-No pensaba hacerle daño.

-El daño nunca se piensa. Se hace.

Aquello golpeó más fuerte de lo esperado.

Mateo suavizó entonces el tono.

-Tienes una edad, Alejandro. Y por primera vez tienes algo que muchos hombres como nosotros no consiguen jamás: una familia de verdad. Cuídala.

La reunión quedó en silencio.

Y por primera vez desde el lado positivo, Alejandro entendió que el miedo que sentía no era por sentirse atrapado.

Era porque empezaba a importarle demasiado perderlos.

Aquella noche Alejandro llegó más tarde de lo habitual.

El piso estaba en silencio, iluminado solo por las lámparas cálidas del salón. Desde la cocina llegaba olor a sopa casera y pan recién tostado. Verónica, echada en la encimera con una rebeca clara sobre los hombros, levantó la vista al oír la puerta.

-Pensé que cenarías fuera.

-Yo también lo pensé esta mañana- respondió él dejando las llaves.

La frase tenía más verdad de la que ella imaginaba.

Verónica lo observó quitarse el abrigo lentamente, cansado, distinto. Ya no tenía aquella expresión fría y distante de los primeros días del matrimonio.

-¿La reunión fue mal?

Alejandro dudó antes de acercarse.

-Mateo me ha dado una charla.

Ella sonrió un poco.

-Entonces seguro que fue horrible.

Él soltó una pequeña risa por la nariz y se apoyó en la encimera frente a ella.

-Dice que tengo que madurar.

-¿Y qué le has contestado?

-Nada. Porque seguramente tiene razón.

Verónica bajó la mirada al plato que removía distraídamente.

-No tienes que sentirte obligado por le bebé, Alejandro, te lo dije esta mañana y te lo repito, sabía qué firmaba aquella mañana.

Alejandro frunció el ceño.

-¿Por qué dices eso?

-Porque todo esto empezó de otra forma. Y no quiero convertirme en una carga ni en una mujer que espera cosas que tú no puedes dar ni yo quiero tener de momento.

Él la miró en silencio varios segundos.

Después le quitó suavemente la cuchara de las manos y la dejó a un lado.

-Mírame.

Verónica levantó despacio los ojos.

-No sé hacerlo bien- admitió Alejandro con honestidad- nunca he tenido que pensar en otra persona antes que en mí mismo. Pero desde que has llegado a casa… todo ha cambiado.

Ella sintió un nudo en el pecho.

-Alejandro…

-Y cuando el médico habló del bebé… tuve miedo.

-¿Miedo a ser padre?

Él negó lentamente.

-Miedo de perderos.

El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores.

Verónica no supo que decir. Solo acercó una mano a la de él. Alejandro la sostuvo enseguida, fuerte, casi como si necesitara tocar algo real.

Entonces, ella sonrió con timidez.

-Tu abuela me llamó esta tarde.

-¿Ah, sí?

-Me dijo que ya estaba mirando cunas antiguas de la Vega.

Alejandro cerró los ojos resignado.

-Dios mío… eso significa que ya no hay escapatoria.

Verónica soltó una risa suave, la primera verdad del día.

Y Alejandro se quedó mirándola unos segundos más de la cuenta.

Porque empezaba a darse cuenta de algo peligroso.

Aquello ya no parecía un acuerdo.

Parecía un hogar.