La elegida CAPÍTULO IV #2
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CAPÍTULO IV #2

-Me encantas Verónica. Ojala Alejandro supiera valorarte. Y gracias por confiar en mí.

-Gracias.

-Bueno vamos a la herencia. ¿crees que tu padrastro tiene influencia suficiente en tu madre y los abogados?

-Creo que manipula a mi madre y que ella firmaría cualquier cosa que él le pidiera. Y mi padre no levantó y heredó un imperio para que ese imbécil busca fortunas se quede con todo y lo lapide. Mi madre está ciega.

Mateo no respondió enseguida. El camarero dejó el café y el té sobre la mesa. Esperó a marcharse antes de hablar de nuevo.

-¿Qué quieres exactamente?

Verónica sostuvo la taza caliente entre las manos.

-Quiero que alguien revise y tase absolutamente todo.

Cada escritura, cortijo y casa además. Yo tengo las copias de todo.

Cada cuenta, cada movimiento desde la muerte de mi padre.

Y quiero que lo lleve alguien de aquí. Alguien que no puedan manejar.

Despido a los que tengo. Quiero que… sé que tu tienes bastante trabajo con la empresa, pero debes conocer a alguien de confianza, que me ayude.

Mateo asintió lentamente.

Ella sacó una carpeta con copias de todo, direcciones, teléfonos, tarjetas de los abogados…

-Tengo un amigo en un despacho muy bueno en Madrid. Especialistas en Patrimonios y empresas familiares. Muy buenos y muy discretos.

Ella cogió la tarjeta.

-¿Confías en ellos?

-Les confiaría mis propios asuntos.

Verónica respiró algo más tranquila.

-¿Podrían empezar ya?

-Podrían empezar hoy mismo.

Ella dudó unos segundos antes de preguntar.

-¿Y tú? ¿Llevarías parte del tema?

Mateo sonrió apenas.

-¿Eso es una propuesta profesional o una petición de auxilio?

Por primera vez aquella mañana ella dejó escapar una pequeña carcajada.

-Las dos cosas.

Mateo la miró unos segundos más de la cuenta.

-Entonces sí, lo haré.

Ella relajó los hombros.

-Gracias.

-Pero hay una condición.

-¿Cuál?

-Que dejes de creer que estás sola en esto.

El silencio entre ambos fue extraño. Cómodo… pero cargado de algo difícil de nombrar.

Desde fuera, la Gran Vía seguía llena de tráfico y ruido, gente apresurada. Pero en aquella mesa apartada, Verónica sintió por primera vez desde la muerte de su padre que alguien hablaba claro con ella de ese tema.

-¿Tienes los documentos?

-Todo está aquí, en esta carpeta.

-Le echo un vistazo, les comento tu tema y que lo miren. Y quedamos con ellos. Te avisaré del día. Te recojo otro que me pueda escapar. No te va a salir barato.

-Lo sé. Tengo cien mil euros para empezar.

Una semana después estaban los dos en el despacho de abogados Martínez. Mateo abrazó a su amigo Damian Martínez, al cual no veía hacía unos meses. Hablaron unos minutos y le presentó a Verónica.

Los hizo pasar a su despacho, se sentaron frente a él y Mateo, le explicó el tema de Verónica y que era la mujer de Alejandro de la Vega, pero que ella no querían que se enterara porque era un tema personal, suyo, de su herencia.

Y así Verónica, le pasó la carpeta y le contó igual que le había contado a Mateo una semana atrás.

-Podemos llevarlo, echaremos un vistazo, pero tienes dos cosas que hacer.

-Una y siento hablar de dinero adelantarnos cincuenta mil euros.

Solo eso, hasta el final. Luego ya ajustamos cuentas.

Te devolvemos o te pedimos, todos los gastos irán anotados.

Espero que lleguemos a un cuerdo antes de ir a juicio, que es lo que deseas, porque un juicio se podría retrasar un par de años, quizá.

-Muy bien, sí.

-Y segunda- llama a los abogados y quítales el caso, dile que tienes otros en Madrid, yo me pondré en contacto con ellos por si necesito algún documento que hayan adelantado, atrasado y demás.

-Gracias.

-Espera y te paso el documento para la firma, de que nos das le consentimiento para llevar tu caso.

Firmó y les pasó el dinero en una transferencia. Le dio Damián un documento de pago y se fueron.

-Bueno- dijo Mateo-te dejo en casa. Ya me dirán algo o te llamarán si necesitan alguna cosa. Ahora tiene que analizar el tema. Si tienes que bajar a Jaen, echa una excusa.

-Gracias por todo Mateo.

-Venga, te dejo en casa y me voy.

Esa mañana estudió poco Verónica, porque llamó doña Sofía para ver cómo se encontraba y ya estuvieron media hora hablando y riendo.

Así que cuando Paz se fue, se dio una ducha, se puso un chándal, comió, se echó una pequeña siesta y al despertarse a las cuatro, con un café se fue al despacho a seguir con los temas de su máster.

Alejandro venía por las tardes, a veces muy tarde. La saludaba, la veía en el despacho, pero nunca le preguntaba qué hacía, creía que leer o escribir algo. Se daba una ducha y a veces salía con un a toalla alrededor de la cintura y el pelo húmedo. La cogía de la mano y ella ya sabía que quería.

La tumbaba en la cama y la penetraba una y otra vez , a veces con rabia, a veces con deseo contenido, gemía siempre y no pasaba de besarla, y morderle o lamerle los pezones, tocarle los pechos y hundirse en ella.

Sin palabras, pero Verónica lo iba conociendo y cuando él se corría, ella también y Alejandro lo sabía y no sabía si eso le gustaba o no.

Debía gustarle porque repetía y se quedaba en paz. Tranquilo.

Y por la noche antes de dormir, de nuevo. Luego se iba a su habitación y la dejaba sola y la habitación se le hacía más inmensa de lo que era.

Sus charlas de basaban en cómo te ha ido el trabajo, qué miras, temas de administración de empresas, ¿vas a quitarme el puesto?- se reía él. Me gusta. Cuándo debe venirte la regla, como si tuviera prisa. La semana que viene, contestaba ella.

Y así le quedaba una semana de sexo con él si no le venía la regla.

Salían a pasear los fines de semana, a andar, a desayunar, a veces comían fuera otras en casa de la abuela.

Y él no se fue los fines de semana ni salió por ahí de copas o fiesta sin ella.

Se quedaba en casa. Trabajaba, leía informes, veía alguna película con ella, tenía mucho sexo con ella, no tenía apego con ella.

Veía el futbol y poco más, hablaban a veces de sus familias, del trabajo de cuando estudiaban.

Verónica le dijo que hasta el instituto que hubiera quería hacer ADE, pero su padre ya estaba mal y no quiso.

Damián Martínez, la llamó un par de veces siempre de mañana como acordaron, para preguntarle algo. La última vez iban dos de sus abogado a Jaén a hablar con su madre y su padrastro y sus abogados. Iban a reunirse.

Y ya le contaría.