CAPÍTULO IV
Cuando llegaron a casa, después de que los invitados se fueran, él le ayudó a quitarse el vestido y ella se quedó en sujetaros, tanga blanco y medias hasta más arriba de las rodillas.
Él la miro como un lobo hambriento de sexo.
Ya iba casi para dos meses y siempre se protegía y hacerlo sin nada, iba a ser una prueba de fuego.
Se quitó la ropa en la habitación de ella y recordó para qué estaba allí.
Desnudo ante ella.
Verónica lo miró y le gustó lo que vio. Pero estaba tan nerviosa y paralizada…Alejandro abrió la cama hasta abajo y ella se quitó el sujetador y el tanga.
Las manos le temblaban.
-Las medias no, dijo él- le parecía erótico.
Se acercó a ella y la besó.
Apenas un roce en los labios.
Estaba duro y tieso.
La atrajo a su cuerpo y la besó profundamente y ella le correspondió.
Verónica sintió las manos de él tocarla y abrirle ligeramente las piernas.
Mojada
Húmeda
Dispuesta.
Sabía dónde tocar.
Lamió los pezones y los mordió despacio y ella no quería gemir, pero lo hizo en silencio y contra todo pronóstico, a él le encantó en su vanidad.
La echó en la cama, mas bien cayeron juntos y abrió sus piernas. Deseaba entrar en ella, vaya si lo deseaba. Nada de preliminares.
Cogió su miembro y lo puso en la puerta y avanzó…
Verónica gimió un poco y él la besó.
-Vamos nena, no te cortes- haz y di lo que quieras. Si no hay amor, lo pasaremos bien.
Y empezó a entrar en ella ligero, mojado, libre y resbaladizo.
Era la primera vez que entraba así. Y Verónica del placer apretaba sus músculos internos y eso le costaba un poco y joder disfrutaba de aquella pequeña aceitunera.
Y entro hasta el fondo y la penetraba una y otra vez son salir y ella lo apretaba del trasero y cruzaba su piernas para abrir el camino en que se desataron como una tormenta blanca.
La acariciaba, la besaba, la mordía y ella lo apremiaba gimiendo. El también gemía.
-Vero…
Fue suplicar que iba a correrse y ella lo supo y se encontró con él dentro de su cuerpo caliente y húmedo.
Alejandro se quedo quieto como quien no sabe qué había ocurrido. Pero había ocurrido.
No era lo que esperaba. Creía que ella iba a ser sumisa, pero nada lo preparó para la primera vez.
Y aún así, al retirarse… nada de caricias, nada de besos, ni palabras.
Verónica lo sabia. Era el trato.
Con ella era solo un trato y solo sería un misionero y nada más de sexo. Hasta quedarse embrazada y lo aceptó.
Dos veces más le aguantó esa noche y dos orgasmos más tuvo con él, porque eso sí, Alejandro sabía como hacer feliz a una mujer. Lástima que a ella solo le hiciera parte.
Tampoco supo en qué momento la llamó Vero.
Más familiar.
Más íntimo.
Nada más.
A la mañana siguiente, domingo, se despertó sola. Suponía que él se había ido y que se iría todas las noches después de…
No tuvo ganas de levantarse. Tenía agujetas y sueño y volvió a dormirse.
Tomó el café a las doce casi de la mañana. El había salido.
Y con el camisón de raso, sin sujetador, solo con el tanga, y el pelo recogido, había colocado la habitación, la ropa. y la que estaba en la entrada que le trajeron del hotel, junto con un neceser y ropa de Alejandro.
Una vez colocado todo, miro si había comida.
Nada.
Hizo una tortilla de patatas y dejó filetitos en salsa.
Eran las dos y aun no había vuelto.
Se echó en el sofá y puso la tele. Casi estaba dormida pensando en la noche anterior. Alejandro nunca iba a besarla si no era en la cama, no tendrían sexo oral ni otra postura. Lo sabía. Todo era para concebir.
Cuando casi se despertó estaba tumbada boca arriba en el sofá y Alejandro entrando en ella.
-Ah dios Alejandro. ¡Qué susto!
-Shhh—se había bajado el pantalón de chándal y echado a un lado el tanga.
Le subió el camisón y volvió a penetrarla como un lince agazapado, duro y rápido, como si no hubiese tenido sexo en años.
Era un deseo brutal y gimió alto cuando se corrió en ella con el cuerpo tembloroso dando sus últimos espasmos. Supo que ella también lo tuvo.
Y no se preguntaba si era bueno o malo. Aún no.
El lunes cuando entró en la oficina, Carlos y Matro estaban deseando saber. Iban tras él y le preguntó Mateo:
-¿Qué?, ¿que tal tu mujercita?
-Déjate de cachondeo- pero sonrió.
-Y ambos se rieron.
-Uyuyuy, que le gusta. Se le acabó la vida de soltero. Claro que iba preciosa, en serio Alejandro. Yo no la dejaría marchar tan fácilmente. Cuando fue a la mesa a saludarnos, es… parece de clase alta, elegante, con modales, sofisticada…
Vale, dejadlo estar y nos ponemos a trabajar.
Pero toda la mañana pensó en ella y en las ganas que tenía de hacerle el amor de otra manera.
Verónica por su parte, conoció a Paz que se encargó de todo y llevar su vestido y los trajes al tinte y traerse comida.
Ella se metió en el despacho y buscó máster en dirección de empresas on line. No quería ir a la Universidad, es más, no quería que se enterara si podía, Alejandro. No sabía ni que era licenciada en ADE. Al menos todavía.
Encontró uno que ya había empezado pero que todavía tenía abierta matriculación e hizo todas las gestiones, llamó, le enviaron a su correo toda la información.
Y los libros para que los imprimiera si quería.
Con exámenes semanales y luego la final, esa si debía ir en junio o septiembre a la complutense.
Cuando acabó salió a la cocina y tomó un tentempié mientras Paz limpiaba el despacho y cuando entró de nuevo marcó un número.
-¿Sí?, -dijo Mateo sin saber quién era. Estaba solo en su despacho.
-Mateo soy Verónica. Alejandro me dio tu número.
-Te añado entonces.
-Vale.
-Dime Verónica.
-Necesito hablar contigo en privado. No quiero que Alejandro se entere.
-Verónica…. Es mi amigo.
-Es algo personal de mi familia. No tiene nada que ver con nuestro trato.
-Ah, pues siendo así, podemos quedar en algún sitio. Espera y miro mi agenda.
-El miércoles tengo que ir cerca de la Gran Vía a hacer unas gestiones. Hay una cafetería bajo el apartamento. Te llamo y quedamos allí.
-Perfecto.
-Sobre las doce quizá. Pero si me retraso… por eso prefiero llamarte y bajas.
-Muy bien. Muchas gracias Mateo. No quiero que lo sepa Alejandro.
-Está bien, solo si es personal.
-Lo es.
-Nos vemos Verónica.
Colgó y Mateo se quedó pensando qué problema podía tener para que lo necesitara. Su familia era de Jaén y no sabía que tuviesen nada de dinero. Bueno no sabían nada de nada pero iba a enterarse.
Solo sabía que era hija única que, su padre murió cuatro años atrás y su madre se casó con un hombre diez años menor que ella y que la convivencia era insoportable y se vino a Madrid.
Lo que le contó Alejandro.
…
El miércoles amaneció gris en Madrid, con ese cielo bajo que parecía quedarse atrapado entre los edificios de la Gran Vía. Verónica salió del apartamento de Alejandro poco antes de las doce en que Mateo le avisó que estaba en la cafería cercana. Sabía que Alejandro estaba en Tecnocel.
Se puso un vestido azul tinta, elegante pero sencillo, de manga por los codos y cintura ajustada.
Unos pendientes de perla pequeños, el pelo recogido y unas gafas de sol enormes que le daban un aire distante.
En el bolso, llevaba una pequeña libreta con algunos números de teléfono y tarjetas de los abogados de Jaén.
Caminó hasta la cafetería de la esquina, una de esas clásicas de Gran Vía con mármol oscuro, camareros de chaquetilla blanca y olor constante a café recién molido.
Mateo ya estaba allí. Sentado al fondo junto a los ventanales.
Traje gris oscuro, camisa blanca sin corbata y una carpeta de piel sobre la mesa. Cuando la vio entrar, se levantó inmediatamente.
-Verónica.
Ella sonrió apenas y le dio dos besos.
-Gracias por venir tan rápido
-Me preocupó el tono de tu llamada.
Mateo apartó la silla para ella. verónica se sentó despacio y dejó el bolso sobre sus piernas antes de mirar alrededor, asegurándose de que nadie conocido estuviese cerca.
Un camarero apareció enseguida.
-¿Lo de siempre señor Mateo?
- Sí. Y para ella…
-Un té rojo- dijo Verónica- sin azúcar.
Cuando el camarero se alejó, Mateo la observó con calma.
-Ahora sí, cuéntame.
Verónica tardó unos segundos en hablar.
-No quiero que Alejandro sepa que estoy aquí.
-Eso me lo dijiste y hace interesante la conversación.
Ella suspiró.
-No es por desconfianza hacía él… o quizá sí un poco.. no lo sé. Todo ha ido demasiado rápido, Mateo. La boda. Vivir en su casa, el trato, su abuela… mientras lo mío sigue parado.
-¿Qué es lo tuyo?
-Verás Mateo, yo tengo una carrera, ADE, me vine al acabarla. Ahora me he apuntado a un máster on line de la complutense. Traía cien mil euros.
-¿En serio Verónica? Pensamos que eras una chica sencilla y pobre.
-Y lo soy, pobre no.
-¿No? ¿De qué estamos hablando?
-De más de cien fanegas de olivos, un cortijo, la casa de Jaén y una fábrica de aceite. A medias con mi madre. No hay usufructo, ni siquiera de la casa en el testamento.
-Pero eso es…
-Lo sé, es casi lo que vale la empresa. Por eso no quiero que lo sepa.
Aún no tengo mi herencia y temo que se la gasten.
Tengo abogados de mi padre trabajando en ello.
Le pedí la herencia a mi madre. Que se tasara todo, me diera mi parte en metálico, no puedo vivir con ellos, Mateo, y se negó.
Pero mi padre ha muerto. Cada vez que llamo a los abogados de Jaén, me dicen que falta un papel, una firma, una comprobación.
Todo son retrasos. Más de un año de retrasos.
Y empiezo a pensar que mi madre y ese hombre están moviendo hilos con mis abogados.
Mateo apoyó los antebrazos en la mesa.
-Me dejas de piedra Verónica. Si Alejandro supiera que eres una heredera rica…- y se rio.
-Sí, sonrió ella, pero no le vas a decir nada. Tengo un trato y él tiene una vida, yo si tengo un hijo y mi máster buscaré trabajo en una buena empresa y viviremos como una familia amistosa.
-Hasta que te enamores.
-No lo sé Mateo. Ahora tengo otras metas, herencia, hijo, Máster…