CAPÍTULO III
Cuando salió al salón, con un camisón de raso malva oscuro, sin sujetador, se le señalaban los pezones, llevaba el pelo recogido e iba descalza sobre el suelo de madera calentito.
-¿Ya has pedido?
Y él que miraba el móvil levantó la mirada y tragó saliva. También estaba con un pijama fino de rayitas. Pero ella estaba… ¡joder!, ¿a que iba a ponerse duro…?
-Ven tengo una cosa para ti, mientras viene la cena.
Y se sentó a su lado.
Le dio una hoja de papel con teléfonos para que los metiera en su móvil, detrás las contraseñas y claves. Las llaves y les explicó de qué eran cada una, las de su coche, y una tarjeta a su nombre.
-Este es el pin… puedes abrir una app del banco. Es el numero de la cuenta. Te meteré una cantidad cada mes para tus gastos.
Cuando le dijo la cantidad, ella pensó que era demasiado simplemente para sus gastos, pero lo que ella tenía ahorrado y con los cien mil euros podía hacer un máster mientras daba a luz, claro eso siempre que se quedara embarazada.
Pero no se iba a quedar sin hacer nada. Después de la boda se informaría.
-Gracias, Alejandro, creo que es demasiado generoso.
-Bueno, mejor para ti. Y ahora pon el dedo y ella abrió la mano y le puso un anillo con un diamante precioso.
-Es maravilloso- extendió la mano.- me encanta- gracias.
-No hay luna de miel Verónica.
-No importa, no pensaba que hubiera.
-Es septiembre y tenemos mucho trabajo. En julio tuve vacaciones, tú también. Pero iremos algún fin de semana a París. Quizá en el puente de Octubre.
-Lo que tu quieras.
-Y en esas sonó el timbre.
La comida.
Ella tenía modades, y Alejandro pensó que algo se le había quedado por el camino. Sencilla no era.
Después de cenar, se sentaron en el sofá, cada uno en uno. Puso una peli de Neflix, pero
ella cansada de la semana, de quedó dormida.
Él la miraba, era guapa sí. Se le veían unas piernas preciosas y parte de los pechos.
Le quedaba una semana para la boda. Pero buff…
Le abrió la cama y la llevó en brazos, la dejó lentamente y se le subió el camisón dejando ver un trasero terso, precioso.
La tapó, cerró todo, puso la alarma y apagó las luces antes de ir a dormir.
Le costó.
El sábado ella se levantó antes y recogió su cama.
Él estaba trabajando en el despacho.
-Buenos días.
-Buenos días. ¿De chándal?- le dijo él.
Pensaba dar un paseo y desayunar fuera si quieres.
Claro. Dame cinco minutos que apague esto y me ponga un chándal también.
Y dieron un paseo, avenida abajo y arriba de una hora.
Desayunaron en una cafetería cercana al piso.
-¿Tienes hermanos?- le dijo él
-No, soy hija única. Mi padre murió y tengo un padrastro con el que no me llevo bien. Tiene diez años menos que mi madre. Vivía en la capital.
-¿Por eso te viniste de Jaén?
-Pues sí, principalmente por eso. Mi madre le daba la razón en todo y ahora él manda. Estaba muy unida a mi padre. Murió hace cuatro años. ¿Y tú?
-Mi abuelo fundó la empresa. Mis padres no estaban por la labor. Un accidente desde Valencia por la autopista. Mi abuelo hace ocho años y entonces fue cuando tomé la dirección.
-Muy bien.
-¿Echas de menos Jaén?
-Bueno, a los amigos, nada más. Se me hizo insoportable vivir con ellos. Y quise alejarme a la hora de buscar trabajo.
-A ver qué te parece luego mi abuela- se rio Alejandro.
-A ver qué le parezco yo.- y rio más fuerte.
…
Verónica Quesada llevaba una semana cansada de ir de un lado a otro y un día instalada en el enorme piso luminoso que le encanta de Alejandro de la Vega, en plena Gran Vía de Madrid. Techos altos, con molduras antiguas, ventanales enormes y el ruido elegante de la ciudad filtrándose desde abajo.
Faltaba una semana para la boda. Y conforme llegaron del desayuno y andar, Verónica se puso algo más nerviosa que el día que Alejandro le pidió matrimonio en el despacho una semana antes.
Había elegido un vestido elegante, pero discreto. Nada de estridencias. Un vestido por la rodilla color verde botella, de manga francesa y caída suave, ajustado a la cintura. Tacones nude, un bolso pequeño de piel y unos pendientes de perlas que había elegido unos días antes .
El pelo oscuro, lo llevaba recogido en un moño bajo impecable, dejando algunos mechones suaves junto a su rostro. Sofisticada sí. Pero sin parecer que estaba disfrazada de algo que no era.
Cuando llegó al salón, Alejandro levanto al vista del móvil y se quedó quieto un instante.
-Estás guapísima.
-Lo dices porque te lo parezco o porque parezco suficientemente rica- bromeó ella.
Él terminó riéndose.
-Porque estás guapísima- nada más.
La casa de Sofía de La Vega era todavía más impresionante que el piso de la Gran Vía. Un edificio clásico junto al Retiro, con un portero uniformado y una escalera de mármol que parecía sacada de otra época.
-Señor de la Vega, su abuela los espera en el salón.
Verónica respiró hondo.
La abuela estaba junto a los ventanales, elegantísima con un conjunto color marfil y un collar de esmeraldas antiguas. Tenía esa belleza fría que dan los años, a las mujeres acostumbradas al poder y a que nadie la contradijera.
Pero al verla entrar, sonrió.
Y eso desarmó completamente a Verónica.
-Así que tú eres la famosa Verónica.
La joven se acercó con educación.
-Encantada señora de la Vega.
Sofía la observó apenas dos segundos.
-Nada de señora de la Vega. Me haces sentir centenaria y estoy en los setenta. Sofía está mejor.
Verónica sonrió con cierte timidez.
Alejandro las miró, en silencio, sorprendido de que aquello estuviera saliendo tan bien.
Durante el aperitivo, Sofía hizo algo inesperado: dejó a Alejandro fuera de la conversación casi todo el tiempo.
-¿Jaén de verdad huele a aceituna cuando llega la campaña?- preguntó con curiosidad auténtica.
-Y a tierra mojada. Y a humo de chimeneas- respondió Verónica- sobre todo en los pueblos-pero es un sitio señorial, pijo que lo llaman.
La comida empezó formalísima. Había más cubiertos de los que Verónica había visto jamás.
Miró el plato apenas un segundo.
Sofía lo notó.
Y discretamente, sin humillarla, tomó primero el tenedor correcto.
Verónica entendió la ayuda, aunque no la necesitara.
Alejandro también.
-Gracias- murmuró Verónica bajito.
Verónica bebió un sorbo de vino.
-Yo también me equivoqué la primera vez que cené con la familia de mi marido. Cogí el del marisco para el postre.
-¿En serio?- dijo Verónica.
-Y aquí sigo. Sobreviví.
Más tarde, mientras servían el segundo plato, Sofía observó a la joven con más atención.
-Mi nieto parece más tranquilo contigo.
Alejandro alzó la vista.
-Abuela…
-Es verdad- continuó ella- lleva demasiados años viviendo como si fuese una obligación, solo en el trabajo, eso sí- luego su vida…
Verónica no supo qué responder. Porque empezaba a notar algo peligroso.
Aquello ya no parecía un acuerdo y quizá eso era lo peor.
…
La mañana de la boda amaneció luminosa sobre Madrid. Desde ese cielo limpio y elegante de septiembre que parecía hecho para las fotografías.
Desde muy temprano, el hotel de Gran Vía era un desfile silencioso de empleados, floristas, maquilladoras y organizadores caminando deprisa entre arreglos y rosas blancas y bandejas de cristal.
Todo era perfecto.
Exactamente como Alejandro de la Vega había ordenado que fuera.
Verónica llevaba más de una hora sentada frente al espejo de la suite principal mientras una maquilladora terminaba de retocarle los labios..
Pero apenas se veía así misma.
Veía a la hija del dueño de una fábrica de aceite de Jaén que apenas unos meses atrás, discutía con su padrastro por su herencia y dormía en una casa donde no se sentía querida.
Y ahora estaba allí.
A punto de casarse con uno de los empresarios más importantes de Madrid, creyéndola pobre.
-No sé si voy a desmayarme o salir corriendo- murmuró.
La organizadora, sonrió mientras le colocaba la mantilla cuidadosamente.
-Todas dicen eso. Ninguna sale corriendo cuando ve el vestido terminado.
Verónica levantó la vista hacía el espejo.
Y por un instante se quedó sin respiración.
El vestido era impresionante. Parecía una novia de otra época.
Una novia importante.
Una novia de verdad.
Y eso era lo que más miedo le daba.
Mientras tanto, en otra planta del hotel, Alejandro terminaba de ajustarse la chaqueta negra frente al espejo.
Carlos y Mateo, estaban con él.
-Todavía puedes escapar- bromeó Carlos.
Alejandro ni sonrió.
Miraba fijamente su reflejo.
-No quiero escapar.
-Los otros dos intercambiaron una mirada rápida.
Porque aquello tampoco entraba en el plan original.
Mateo carraspeó.
-Entonces deja ya esa cara de condenado. Solo es dejarla embarazada. Ese es el contrato.
Alejandro se pasó una mano por el cabello.
-Tengo la sensación de que todo esto se me ha ido de las manos.
Carlos soltó una risa corta.
-Bienvenido al matrimonio.
La ceremonia se celebraba en una iglesia elegante de la calle Alcalá, cerrada prácticamente para ellos. Había prensa fuera, invitados importantes entrando discretamente y coches oscuros dejando empresarios, políticos y apellidos conocidos de Madrid que su abuela había invitado.
Cuando el coche de Verónica llegó, el murmullo aumentó.
Ella apenas lo escuchó.
Tenía las manos heladas.
La organizadora la ayudó a bajar mientras sujetaba la cola del vestido- mírame. Le pidió suavemente- estás espectacular.
Verónica respiró hondo.
Las puertas de la Iglesia se abrieron lentamente.
Y entonces, lo vio.
Alejandro esperaba junto al altar, impecable, serio… pero en cuanto sus ojos se encontraron con los de ella, algo en su expresión cambió por completo. Como si se hubiera olvidado de toda la gente alrededor.
Como si solo estuviera ella.
Verónica avanzó despacio por el pasillo entre el sonido del órgano y las miradas de todos.
Nunca se había sentido tan observada.
Y jamás tan vulnerable.
Cuando llegó junto a él, Alejandro inclinó apenas la cabeza.
-Estás preciosa.
Ella tragó salivas.
-Tú estás muy pálido.
Eso logró hacerle sonreír.
El sacerdote comenzó la ceremonia, pero ambos parecían escucharla desde lejos.
Porque había algo extraño entre ellos.
Algo que ninguno había previsto cuando todo empezó.
Y llegó el momento de los votos.
Alejandro tomó aire primero.
-Prometo respetarte y cuidarte… y darte un hogar donde nunca vuelvas a sentirte sola.
Aquello no estaba en el texto preparado.
Verónica levantó la cabeza hacia él.
Y sintió ganas de llorar de verdad.
Tomó las manos de Alejandro.
-Prometo quedarme… incluso cuando tenga miedo.
El silencio en la Iglesia fue absoluto.
Sofía los observaba emocionada desde el primer banco. Y estaba segura de que su nieto había elegido muy bien, aunque fuese presionado por ella. Porque acababa de entender algo antes que ellos mismos.
Aquello había dejado de ser un trato.
La boda fue preciosa, la comida, excepcional, el menú elegido por Verónica alabado, incluso los postres. El baile concluyó todo.