CAPÍTULO II
Los tres permanecieron en silencio dentro de la sala de reuniones cuando salió la abuela de Alejandro, pensando, porque sabían que era sí o sí.
Un silencio incómodo.
Pesado.
Alejandro estaba junto al ventanal, con las manos en los bolsillos y la mandíbula tensa. Carlos revisaba unos documentos sin leer realmente nada. Y Mateo, sentado en la cabecera de la mesa parecía pensar a toda velocidad.
De pronto levantó al cabeza.
-Ya lo tengo.
Carlos y Alejandro lo miraron al mismo tiempo.
-Tengo miedo de preguntarlo- Murmuró Carlos.
Mateo se inclinó hacia adelante.
-Tu abuela quiere una esposa, una boda y un heredero. No le importa el amor.
Alejandro entrecerró los ojos.
-Sigue.
-Necesitas una mujer adecuada cara a la galería. Una chica tranquila, discreta, sin escándalos, que firme un acuerdo beneficioso para ambos.
Carlos empezó a entender.
-¿Un matrimonio pactado?
-Exacto.
Alejandro soltó una risa incrédula.
-Eso solo pasa en las películas.
-No cuando hay millones de euros en juego- respondió Mateo- escúchame. Una chica joven, trabajadora, inteligente, agradecida… alguien que necesite estabilidad. Tú le ofreces estabilidad económica, una vida cómoda y un contrato claro. Cada uno hace su papel.
Alejandro comenzó a andar lentamente.
Y cuanto más lo pensaba…
Más sentido tenía.
-¿Y el heredero?- preguntó Carlos.
-Es parte del contrato. Lo urgente es calmar a tu abuela.
Alejandro apoyó las manos sobre la mesa.
-No quiero una mujer ambiciosa ni alguien que crea que puede enamorarse de mí.
-Entonces búscala donde nunca miras y se lo dices claro todo, dentro de Tecnocel. Ahí podemos mirar las fichas.
Carlos frunció el ceño.
-¿En la empresa?
-Claro, aquí hay cientos de mujeres trabajadoras. Mujeres normales. Muchas necesitan dinero, estabilidad o simplemente salir adelante.
Alejandro pensó unos segundos, después habló despacio.
-En empaquetado están las más humildes.
Carlos lo observó.
-¿Ya tienes a alguien en mente?
Alejandro recordó unos ojos verde oliva, andaluza, de Jaén. Una mirada orgullosa. Y una chica que nunca hablaba con nadie. La había visto en sus revisiones por las distintas secciones.
Puede ser.
…
Media hora después, Eduardo, jefe de la sección de empaquetado, recibió una llamada directa del despacho de dirección.
Y casi se atraganta.
-¿El señor Alejandro quiere hablar con… Verónica Quesada?
-Ahora mismo- respondió la secretaria.
Eduardo levanto la cabeza lentamente hacía la zona de trabajo.
Verónica estaba cerrando una caja junto a otras compañeras. Vaqueros sencillos, camiseta clara. Y el pelo recogido en una coleta alta. No llevaba maquillaje apenas, pero era guapa de una forma natural y limpia.
Discreta
Seria.
Y demasiado orgullosa para adular a nadie.
-¡Verónica!- la llamó.
-¿Sí?
-Tienes que subir a Dirección.
Las demás trabajadoras se giraron enseguida.
-¿Qué habrá hecho?
-¿A dirección?
-Madre mía…
Verónica frunció el ceño.
-¿Yo? ¿Para qué?
Eduardo bajó la voz.
-No lo sé, pero es en el despacho del señor De la Vega.
Aquello le tensó el estómago.
Porque los trabajadores apenas veían al dueño de Tecnocel. Y cuando ocurría… nunca era para nada bueno.
Se limpió las manos nerviosa y se dirigió al ascensor.
Mientras subía, notaba el corazón acelerado.
No entendía qué quería de ella alguien como Alejandro De la Vaega.
Cuando las puertas se abrieron en la última planta, la secretaria la acompañó directamente al gran despacho de dirección.
Verónica entró despacio.
Y lo primero que vio fue a Alejandro junto al ventanal.
Imponente.
Elegante.
Mucho más atractivo de cerca.
Él se giró lentamente al escucharla entrar.
Y durante unos segundos, simplemente la observó.
Verónica sintió que aquella mirada la recorría entera.
-¿Me…llamó usted?- preguntó incómoda.
Alejandro señaló el sillón frente a su escritorio.
-Siéntate Verónica.
Ella obedeció despacio, confundida.
Él tomó asiento frente a ella.
Directo.
Seguro.
Acostumbrado a controlar cualquier situación.
-Voy a hacerte una propuesta- dijo sin rodeos.- y necesito que escuches hasta el final antes de responder.
Verónica lo miró desconfiada.
Y por primera vez en muchos años, Alejandro no supo exactamente cómo empezar algo tan absurdo como aquello.
-Quiero que te cases conmigo.
Verónica lo miró sin comprender del todo. Habían pasado apenas unos minutos desde que Alejandro la había hecho sentarse en aquél despacho enorme, silencioso, donde todavía olía al perfume caro de ese hombre.
-Vale- dijo ella- le escucharé hasta el final.
Él asintió apenas.
-Mi abuela sigue siendo la propietaria de Tecnocel, no soy yo, soy solo su nieto y solo estamos los dos, no hay nadie más. Yo solo la dirijo.
Verónica entrelazó los dedos en el regazo.
-Hace dos años, tuvo un infarto. Desde entonces, está obsesionada con asegurar la continuidad familiar de la empresa. Tecnocel es lo único que le importa. Más que él dinero. Más que yo.
Pero eso no lo creía Verónica. Su nieto seguro que era lo más importante.
Alejandro habló sin dramatismo. Como si ya hubiera aceptado aquello hacía tiempo.
-Desde entonces, quiere que me case y tenga un heredero. Hoy me ha dado un ultimátum. Pondrá una empresa externa a dirigirla si no me caso. Quiere que me case en un mes.
-¿Perdón?
Alejandro levantó la mano con calma.
-Te dije que no me interrumpieras.
Ella cerró la boca de golpe.
-Mi abuela está convencida de que necesito una “esposa estable”.
Alguien discreta, inteligente, preparada y alejada del mundo empresarial de Madrid.
Bueno le da igual, si es camarera o una abogada.
Dice que llevo demasiados años viviendo como si no tuviera nada que perder.
Pero tengo una vida, una que me gusta. Te he estudiado y reúnes esas cualidades y valores.
Te elijo a ti y te propongo una vida cómoda, si no quieres trabajar…
Pero necesito que me des un hijo, luego aunque vivamos juntos, tendré mi vida y tú la tuya.
Seremos discretos. Pero lo principal será un bisnieto para mi abuela.
Sí tendremos sexo hasta que quedes embarazada y no tendré fuera.
Una vez conseguido, lo siento, pero me gusta salir.
Tengo un apartamento en la Gran Vía. Grande, precioso y decorado.
Verónica lo miraba como si se hubiese vuelto loco.
-Con cuatro dormitorios y un despacho enorme, si quieres hacer algo, meto otro dentro.
Nada con el piso donde vives. Tendrás un coche nuevo y una tarjeta mensual para tus gastos.
El resto es cosa mía. Paz lleva la casa.
Pero si quieres algo de comer distinto, se lo dices.
Los pagos son míos. Y cuando estés embarazada, podrás decorar la habitación del bebé.
Una amiga de una boutique irá y te preparar un guardarropa y te aconsejara una peluquería y demás.
Firmarás bienes separados, eso sí. Lo hace Mateo, el abogado de la familia y de la empresa.
Y eso es todo.
-Nada más y nada menos- dijo ella – y Alejandro sonrió
-¿Qué edad tienes?
-Treinta y cuatro. Y tú veintiséis. No creo en la diferencia de edad.
Verónica se quedó pensando que eso podría ser una buena oportunidad para su litigio lento con su herencia.
Temía que sus abogados se pasaran al lado de su padrastro y podría aprovechar sus abogados.
Hijos… tendría algún día, y seguro que acostarse con Alejandro no le supondría un esfuerzo.
Ahora enamorarse, estaba claro que no, que no iba a sufrir.
Se lo había dejado claro y en estos momentos de su vida, no estaba por la labor ni de lejos.
-Sí.
-¿Sí?
-Eso he dicho. Son buenas condiciones.
-No habrá amor Verónica.
-No lo tengo en mente, por ahora, si alguna vez me enamoró te lo diría, me divorciaría por supuesto. El heredero estaría asegurado.
Él entrecerró los ojos y se la quedó mirando.
-¿Algún secreto?, hombres…
-Ninguno que yo sepa.
-Está bien. Mi abogado revisará el contrato y hará las gestiones para casarnos. Puedes venirte el fin de semana a casa. Recoge y te despides. Déjame la dirección. Te recojo el viernes por la tarde al salir del trabajo.
-Vale.
-No vengas mañana.
-Vale.
¿Demasiado fácil?
Llamó a Mateo cuando ella salió.
-Ha dicho que sí.
-Era lo que querías.
-¿No te resulta extraño? Le he pedido que me escuche hasta el final y ha dicho: SÍ.
-La he investigado. No tiene a nadie. Esta es su dirección. Es buena, discreta…
-Está bien. Nunca he hecho algo tan fácil.
Ve preparando los documentos de separación de bienes para firmarlos el viernes en su casa.
Y llama a una organizadora de bodas, a Luisa de la boutique que vaya a su casa y se la lleve esta semana.
Que le elija un guardarropa completo, lo deje en casa, no en mi habitación.
Una cualquiera. Dile al centro de estética al lado de mi casa que va. Completo de todo y le envío un bizum.
-Perfecto. Ya vas a tener esposa y empresa.
-Joder Mateo, ya te vale.
-¿Por qué? es guapa, preciosa.
Verónica había dicho que sí antes de pensarlo siquiera. Tal vez estaba cansada de que decidieran por ella. Tal vez porque Alejandro la miraba como si en aquella respuesta, le fuera la vida en ello.
O tal vez porque en el fondo, la idea de entrar en su mundo, le iba a ayudar a conseguir la herencia que le correspondía de su padre.
El lunes firmaron en el despacho el compromiso privado.
El martes por la mañana dejó de ir a trabajar. A las nueve en punto llamaron a su puerta, un pequeño piso de Chamberí. Una mujer impecable de unos cincuenta años, traje beige y carpeta de piel, sonrió profesionalmente.
-Buenos días señorita Quesada, soy Beatriz, organizadora de eventos.
Verónica la dejó pasar. Estaba en chándal aún.
-La boda es en diez días- dijo esta. Hay mucho que elegir.
Y lo hubo.
Toda la mañana transcurrió entre catálogos, llamadas, flores y visitas privadas. Pero Verónica no era una chica impresionable. Había crecido rodeada de dinero y sabía perfectamente distinguir lo caro de lo vulgar.
Y si iba a casarse con Alejandro De La Vega… lo haría bien.
Eligió un vestido espectacular.. seda blanca natural, corte elegante, espalda limpia y mangas largas de encaje fino. Clásico. Atemporal. Muy español. Muy reina. Cuando se lo probó frente al espejo supo inmediatamente que era aquél.
-Mantilla- dijo ella mirándose al espejo.
Beatriz sonrió.
-Le queda preciosa.
También eligió el hotel.
Un salón privado en plena Gran Vía, techos altos, lámparas antiguas y vistas a Madrid iluminado. Nada excesivamente moderno. Alejandro odiaba lo estridente.
El menú fue todavía peor.
O mejor.
Jamón ibérico cortado al momento, bogavante, solomillo madurado, canapés de entrada y una mesa de postres diseñada como si fuese una joyería de lujo.
Cuando acabaron, tras al Iglesia y las flores, Beatriz cerró la carpeta satisfecha.
-Tiene usted muchísimo gusto, señorita Quesada.
Verónica apenas sonrió.
-Siempre lo tuve.
El miércoles apareció Luisa.
Luisa era la asistente personal de Alejandro desde hacía ocho años, los mismos que llevaba dirigiendo la empresa.
-Vamos- le dijo entrando en el piso- hay que vestirla como merece la señora de Alejandro de La Vega.
Pasaron toda la mañana de compras entre Serrano y Ortega y Gasset.
Zapatos italianos. Lencería francesa. Abrigos. Bolsos. Joyas discretas, vestidos,… todo elegante y sobrio y absurdamente caro.
Luisa observaba cada elección de Verónica con creciente aprobación.
-Ahora entiendo por qué la eligió Alejandro.
El jueves, dedicado a ella y a su cuerpo. Masajes, tratamientos corporales. Manicura. Pedicura, láser, peluquería, un estilista se encargo de dejarle el pelo brillante. Por la noche apenas se reconocía en el espejo.
El viernes llego Alejandro con Mateo. Ella ya tenía las maletas hechas y pagado al casero. Llevaba un traje gris oscuro impecable y esa expresión fría que parecía no abandonarlo nunca. Al abrir la puerta sus ojos se detuvieron en ella unos segundos más de la cuenta.
Vaqueros blancos. Jersey crema. Pelo suelto.
Simple.
Preciosa.
Mateo extendió varias carpetas sobre la mesa, acuerdos prematrimoniales, protección de datos, confidencialidad, separación de bienes…
Cuando acabaron las firmas. Mateo recogió los documentos y tomó la llave del coche de ella y sus maletas.
-Lo llevo al garaje del apartamento, señorita Quesada.
-Gracias Mateo.
Cuando entraron al piso, ella se esperaba lo que vio. El de sus padres en Jaén era tan enorme como ese y tan bien decorado. Por esa razón entró como si le perteneciera ese espacio, sin sorprenderle y eso le sorprendió a Alejandro.
-¿Te gusta?
-Me gusta sí, es enorme y está muy bien decorado.
-Paz te ha dejado un dormitorio, ven por aquí- y le enseñó el despacho. Había tenido al deferencia de meter otra mesa para ella igual, un sillón… y una habitación, dos más allá de la de él, con baño.
-Ahí tienes toda tu ropa, en el vestidor y el baño con lo que habías comprado.
-Gracias, me gusta mucho, dijo acercándose a la ventana y viendo esa avenida iluminada de noche.
-Voy a darme una ducha y abro la maleta. No tengo mucha ropa, así que salgo ahora.
-Está bien, ¿quieres pizza , chino, japonés?… para cenar- la miró.
-Me gusta todo Alejandro, lo que tú quieras.
-Bien, me doy una ducha también y pido. Tengo que darte las claves y un juego de llaves. Y metes en el teléfono luego los números que te dé.
-Muy bien. ¿No sales?
-No, no voy a salir hasta que … ya sabes. Comemos mañana con mi abuela.
Y la dejó sola.
Ella cerró sin pestillo.
Y él sonrió antes de entrar en su habitación.
Nada le había sorprendido.
Eso era buena señal.