La elegida CAPÍTULO I
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La elegida

La elegida

Por Erina Alcalá

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CAPÍTULO I

Verónica Quesada nunca había soportado que le dijeran lo que debía hacer. Mucho menos en su propia casa.

La discusión número mil empezó ya cansina, agotadora y repetitiva en el despacho de su padre, aquél despacho enorme de madera oscura de la fábrica de aceite, donde aún olía al aceite de oliva y al tabaco caro que él fumaba cuando revisaba cuentas hasta medianoche.

Las fotografías seguían allí: su padre en la finca, las cooperativas, los tractores nuevos, ella de pequeña subida a un remolque riéndose.

Pero ahora, sentado en su sillón, estaba Diego, su padrastro. Su padre había muerto apenas hacía cuatro años y Diego uno llevaba casado con su madre, haciendo y deshaciendo a su antojo, mientras Verónica había terminado hacía un mes la Universidad. ADE.

Treinta y cinco años. Trajes ajustados. Sonrisa falsa. Diez años mayor que ella y demasiado joven para ocupar el lugar de un hombre al que jamás alcanzaría.

Celia, su madre, permanecía de pie junto a la ventana, nerviosa.

-No puedes llegar y exigir dinero así-dijo Diego, cruzándose de brazos- Las cosas llevan un proceso legal.

Verónica soltó una carcajada seca.

-¿Proceso legal? Esta fábrica la levantó mi padre. Las tierras las compró él. Otra parte la heredó de su padre, mi abuelo Esteban. Y la mitad, es mía. Y la quiero. Quiero lo que me corresponde.

-Verónica…- intentó intervenir su madre.

-No mamá. Tú no hables porque lleves dos años y uno casada, dejando que este hombre decida todo.

Los ojos de Diego se endurecieron.

-Te estás comportando como una niña.

Ella dio un paso hacia él.

-Y tú como un oportunista.

El silencio cayó pesado.

Celia se llevó la mano al pecho.

-¡Basta ya!

Pero Verónica ya había explotado hacía meses. Tal vez desde el día en que Diego empezó a sentarse en el sitio de su padre en la mesa. Tal vez escuchó cómo hablaba de “reestructurar” la empresa familiar como si aquello fuera suyo.

Cogió aire.

-Mandaré a los abogados de mi padre. Quiero mi parte y la quiero en metálico.

-Eso tardará años en juicios- la retó Diego.

-Pues que tarde, pero vais a devolvérmelo todo.

Subió a su habitación con el corazón desbocado. Metió ropa de dos maletas, cogió los cien mil euros que había ahorrado y una pequeña caja donde guardaba el reloj de su padre.

Ni siquiera lloró al salir de la finca.

Se montó en su coche y sólo miró una última vez los olivos interminables de Jaén perdiéndose bajo el atardecer.

Y se marchó.

…

Madrid olía a humo, prisas y libertad.

Durante semanas vivió en hoteles baratos mientras buscaba trabajo. No quería gastarse el dinero mientras tanto. Nadie sabía quién era allí. Nadie conocía el apellido Quesada ni la fábrica de aceite más grande de la comarca de Jaén. Y eso le gustaba.

Terminó encontrando empleo en Tecnocel, una de las empresas tecnológicas más importantes del país, fabricantes de móviles y componentes electrónicos.

Entró por abajo.

Empaquetado. Así sería más fácil mientras los abogados trabajaban.

Turno de ocho de la mañana a cuatro de la tarde.

Cajas, precintos. Inventario. Ruido constante de máquinas.

Y por primera vez en su vida, nadie la trataba diferente.

Alquiló un piso pequeño en un barrio humilde de Madrid. Chamberí. Un tercero sin ascensor, paredes finas y una cocina diminuta donde apenas cabía una persona. Pero era suyo..

Después de casi un año allí, ya tenía una rutina.

Se levantaba a las seis y media.

Café solo.

Vaqueros baratos.

Camisetas lisas.

Coleta alta para el trabajo.

Y silencio.

En Tecnocel nadie imaginaba que aquella chica morena de pelo largo y liso, metro sesenta y cinco, manos suaves, mirada orgullosa y verde oliva, podía comprar media empresa si quisiera.

Y ella prefería que siguiera siendo así.

Porque mientras los abogados peleaban en Jaén por su herencia, Verónica estaba aprendiendo algo que jamás había conocido:

Lo que era sobrevivir sola.

…

La mañana había comenzado como todas en Tecnocel.

Con el ruido acompasado de las máquinas, los teléfonos sonando en oficinas y trabajadores entrando y saliendo de las distintas secciones de la enorme empresa tecnológica que dominaba buena parte de un polígono industrial de las afueras de Madrid.

Pero en la última planta, donde estaban los despachos de dirección, el ambiente era muy distinto.

Alejandro de la Vega, acababa de llegar.

Alto, elegante incluso vestido con un simple traje azul marino, caminó por el pasillo con paso firme mientras varias empleadas lo miraban de reojo.

Era de esos hombres que sabían que gustaban y no necesitaban esforzarse demasiado para demostrarlo.

Moreno, ojos castaños claros, mandíbula marcada y cuerpo trabajado a base de gimnasio y natación.

Tenía treinta y cuatro años y dirigía Tecnocel, prácticamente sobre los hombros desde hacía ocho años.

Ingeniero de telecomunicaciones, inteligente, ambicioso y con una visión moderna de la empresa, había convertido Tecnocel, la empresa de su abuelo en una referencia nacional. Más de mil trabajadores dependían directa e indirectamente de aquella compañía.

Y aún así… aquella mañana estaba de mal humor.

-Tu abuela ha llegado hace media hora- le informó Carlos, el subdirector y mejor amigo, mientras caminaban hacía el despacho- y viene modo huracán.

Alejandro cerró los ojos un segundo.

-Perfecto. Justo lo que necesitaba para empezar el lunes.

Mateo, el abogado de la familia, de la empresa y también amigo suyo de la Universidad, levantó la vista desde uno de los sillones de la sala de reuniones.

-Yo que tú entraría preparado para firmar tu sentencia.

-¿Tan grave es?

Mateo y Carlos se miraron entre sí.

-Peor- dijo Carlos- Ha pedido café, ha rechazado el azúcar y lleva veinte minutos mirando tu foto como si quisiera estrangularte.

Alejandro soltó una risa breve.

-Maravilloso.

Empujó la puerta del despacho principal.

Doña Sofía de la Vega estaba sentada junto al ventanal, impecable como siempre. Elegante traje color perla, collar de perlas auténticas y bastón de madera oscura apoyado a un lado.

A sus setenta y ocho años seguía imponiendo más respeto que muchos hombres de negocios.

No levantó la vista enseguida.

-Llegas tarde.

-Son las ocho y cinco.

-Exactamente.

Alejandro dejó la chaqueta sobre el respaldo.

-¿Qué ocurre ahora, abuela?

Sofía alzó los ojos lentamente.

-Voy a morirme.

-Empezamos bien…

-No me interrumpas.

Aquella voz seguía teniendo autoridad suficiente para paralizar una sala entera.

Alejandro suspiró y se sentó frente a ella.

-Los médicos dicen que mi corazón está viejo. No sé si viviré diez años o diez meses. Y antes de morir pienso asegurar el apellido De La Vega.

-Otra vez con eso.

-Sí. Otra vez con eso.

Sofía apoyó ambas manos sobre el bastón.

-No hay más familia. No hay primos. No hay hermanos. No hay nadie más que tú- y mientras tú pierdes el tiempo con modelos, abogadas divorciadas y niñatas de gimnasio, esta familia puede desaparecer.

Carlos tosió incómodo desde la puerta. Mateo apartó la mirada para no reírse.

Alejandro se pasó una mano por el pelo.

-Abuela no pienso casarme por obligación.

-Pues vas a hacerlo.

-No.

-Sí.

-No.

La anciana sonrió despacio. Y aquella sonrisa hizo que Alejandro supiera que iba en serio

-Tienes un mes.

El silencio cayo sobre el despacho.

-¿Cómo dices?

-Treinta días para encontrar una mujer adecuada, casarte y empezar una familia.

Alejandro soltó una carcajada incrédula.

-¿Te has vuelto loca?

-Puede ser. Pero sigo siendo la dueña de Tecnocel.

Eso hizo que él dejara de reír.

Porque Sofía nunca amenazaba en vano.

-¿Qué estás insinuando?

-Que si en un mes entero no veo un compromiso serio… empezaré a delegar la empresa a aun consejo externo. Y tú, ya no tendrás el control.

Carlos abrió mucho los ojos.

Mateo murmuró:

-Madre de Dios…

Alejandro se levantó bruscamente.

-¡No puedes hacer eso!

-Claro que puedo. Todo sigue a mi nombre.

Y era verdad.

Aunque Alejandro dirigía Tecnocel, la propietaria legal seguía siendo doña Sofía de la Vega.

La anciana se levantó despacio.

-Me da igual quién sea la mujer. Rica, pobre, viuda o camarera. Pero quiero un bisnieto antes de morir.

-Esto es absurdo en estos tiempos, abuela.

-No, absurdas son tus noches vacías y tu miedo para quedarte con una sola mujer.

Alejandro apretó la mandíbula.

-No pienso enamorarme a la fuerza.

Sofía se acercó hasta él.

-Entonces cásate sin amor. Los De La Vega llevamos siglos haciéndolo.

Y después salió del despacho dejando un silencio mudo detrás.

Carlos fue el primero en hablar.

-Bueno… podría haber sido peor.

Alejandro lo fulminó con la mirada.

-¿Peor cómo?

-No sé, podría haberte dado dos semanas.

Mateo soltó una carcajada.

Pero Alejandro no se rio.

Porque conocía perfectamente a su abuela. Y Sofía De la vega cumplía sus amenazas.

Muy lejos de allí, en la sección de empaquetado, Verónica Quesada colocaba cajas sin imaginar que el destino acababa de empezar a empujarla directamente hacía el hombre más inaccesible de todo Tecnocel.