La elegida del águila (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 8) Capítulo 36 El juramento del acero y la sal
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Capítulo 36 El juramento del acero y la sal

El silencio que se apoderó del patio de armas principal era tan denso como la bruma azulada que flotaba a ras del suelo.

Ni un solo capitán se atrevió a mover una bota sobre las losas grisáceas.

Las palabras con las que había reclamado mi permanencia en Dunnottar quedaban suspendidas en el aire helado, cortadas únicamente por el silbido suave del viento del norte que moría sobre el acantilado.

Gavin me sostenía por la nuca con una presión implacable, sintiendo bajo sus dedos ásperos el temblor que recorría mi cuero cabelludo. Su mirada de granito, limpia de todo rastro de distancia o duda feudal, quemaba mi rostro.

—Decidiste regresar, Ailsa —murmuró. Su voz no era más que una vibración subterránea, sepulcral y cargada de un peligro que ya no me provocaba pavor, sino una urgencia salvaje.— Y aquí no existen las medias promesas.

El Laird aflojó los dedos de mi cabello con lentitud exasperante, deslizándolos por la línea de mi cuello hasta soltarme.

Sin romper el contacto visual, llevó la mano derecha al cinto de cuero y desenvainó su dirk personal.

El destello del acero pulido cortó la bruma marina.

La masa de guerreros Sinclair apostada tras la gran escalera ahogó un murmullo colectivo.

Avanzó medio paso más, anulando el escaso aliento que nos separaba.

—Dame tu mano —ordenó con aspereza, alzando la mano izquierda desnuda.

No dudé. Extendí mi palma derecha hacia él, sintiendo el contraste brutal entre mis dedos fríos, vendados y sucios de turba, y la envergadura masiva de su mano marcada por cicatrices de combate.

Gavin sujetó mis nudillos con firmeza de tenaza. Sin apartar sus ojos claros de los míos, apoyó el filo del dirk en la base de su propia palma. Con un movimiento seco, preciso y sin un solo pestañeo, trazó una línea fina en su piel. Un hilo denso de sangre escarlata brotó de inmediato.

El aroma metálico de la sangre fresca impregnó el aire húmedo, mezclándose con la salitre del mar, el azufre moribundo y el humo penetrante de la turba.

Antes de que pudiera tomar aire, invirtió el ángulo de la hoja.

Sentí el roce helado y afilado del acero cortando la epidermis de mi palma derecha.

Un pellizco de dolor agudo me atravesó el brazo, pero me obligué a sostener la respiración, manteniendo la mirada fija en la coraza de su rostro.

La primera gota tibia corrió por mi muñeca.

Gavin dejó caer la daga sobre las losas con un chasquido metálico que resonó entre los muros del salón.

Acto seguido, apretó su palma abierta contra la mía.

El impacto de la sangre caliente mezclándose entre nuestros dedos me provocó una sacudida interna.

El calor de su cuerpo parecía fluir a través de la herida abierta, sellando una unión que superaba las leyes escritas de la Corona o la voluntad del consejo.

Los nudos de mis entrañas se apretaron en un nudo indisoluble.

—Por la sangre de mis antepasados y el honor invicto de Dunnottar —recitó el Sinclair.

La voz le brotó con la solemnidad ancestral del antiguo código de las Highlands, limpia, profunda e inquebrantable.

— Ato mi vida a tu vida, mi acero a tu custodia y esta fortaleza a tus pasos.

Lo que las piedras han unido hoy, no lo separará rey, ni espada, ni la propia muerte.

Mi pecho subía y bajaba con violencia, adaptándose al ritmo denso de sus pulmones. La sangre de ambos se escurría en finos hilos oscuros, goteando de nuestras muñecas entrelazadas para caer sobre el granito gris del patio.

El Laird apretó nuestro agarre hasta que los nudillos se nos volvieron blancos. Sin romper el pacto, alzó nuestras manos unidas por encima de sus hombros, ofreciendo el puño sangrante ante la mirada atónita de su asamblea militar.

—¡Escuchadme, hombres de Sinclair! —bramó Gavin, haciendo temblar las vigas chamuscadas de la arquería.

— ¡Ailsa es la dueña de esta roca por derecho de sangre y acero!

Quien la traicione, la desafíe o intente rozar una sola hebra de su cabeza, estará traicionando la sangre suprema del Laird...

¡y pagará con la cabeza clavada en el pretil!

El silencio del clan explotó en una sola salva de puños golpeando los targes y espadas desenvainadas al aire.

El sonido metálico retumbó contra las nubes plomizas.

El Chieftain mayor agachó la cabeza en señal de acatamiento absoluto, mientras la presencia de Gavin continuaba envolviéndome, reclamándome y protegiéndome en mitad del viento del norte.