Capítulo 35 La dueña del granito
El sordo estruendo del rastrillo alzado de la garita exterior rasgó la bruma matutina.
Dos guardias del Clan Sinclair, apostados en las almenas con sus targes reforzados con latón sobre el pecho, se asomaron sobre el pretil de piedra.
Sus rostros, curtidos por el salitre y marcados por las cicatrices del asedio, quedaron desencajados.
Entre las columnas de niebla espesa que ascendían desde la tierra de nadie, emergió mi figura.
No avanzaba como una cautiva quebrada ni como una prófuga acorralada. Manteniendo la cabeza erguida, con la barba de la falda manchada de turba y el dirk de empuñadura de hueso golpeando con firmeza sobre la lana rústica de mi costado, crucé el paso fortificado hacia el corazón del castillo.
Al pisar las losas de granito del patio de armas principal, el ambiente del clan se congeló.
Los guerreros que raspaban la sangre seca de sus claymores contra la piedra y los capitanes veteranos que apilaban las vigas chamuscadas de la arquería este detuvieron sus tareas de golpe.
Las miradas hostiles, marcadas por el asombro y el desconcierto, se clavaron en cada una de mis zancadas descalzas pero firmes.
El aroma a madera quemada, agua salada y sudor militar parecía espesarse a mi paso.
En lo alto de la gran escalera del salón de armas destruido, la silueta masiva de Gavin Sinclair emergió de la penumbra de la arcada.
El Laird vestía la túnica de cuero ajustada sobre la cota de malla y el plaid de líneas carbón y sangre sujeto sobre su hombro herido.
Descendió los peldaños de granito con una lentitud helada, pero al divisarme en mitad del patio, sus pasos se detuvieron en seco en el penúltimo escalón.
Por un instante imperceptible, la fachada impenetrable y gélida del líder feudal traicionó una conmoción sorda.
Sus ojos, del tono exacto de la roca desnuda azotada por la marea, se dilataron antes de volverse dos cuchillas de granito gris.
Avancé hasta plantarme a escasos dos pasos de su figura imponiéndome sobre el patio.
Llevé las manos a los hombros, desenganché con un movimiento seco las correas de cuero de mi zurrón de viaje y lo dejé caer entre los dos.
La pesada bolsa de piel impactó contra las losas con un golpe sordo que retumbó por todo el patio de armas, desparramando ligeramente el borde de los pergaminos con los itinerarios secretistas y las reliquias de mi linaje.
No agaché la cabeza. Sostuve la mirada encendida del Sinclair sin parpadear, sintiendo el choque violento de nuestra respiración entre el viento helado del mar del Norte que nos azotaba las capas.
—Dijiste que la puerta estaba abierta y que el camino era libre —dije, haciendo retumbar mi voz limpia a través del silencio tenso que reinaba entre los guerreros y ancianos reunidos.
Gavin no respondió.
Su pecho masivo subía y bajaba rítmicamente bajo la cota de malla, mientras la rigidez militar de sus hombros parecía tensarse hasta el límite de la ruptura. La sombra de una duda salvaje cruzó sus facciones duras.
—Caminé hasta el límite de tu territorio —continué, dando un paso más hacia él hasta sentir el vaho de su aliento y el aroma familiar a cuero, salitre y turba que desprendía su piel—.
Y descubrí que no hay páramo en el norte, ni fortaleza Sassenach, ni rey en Escocia que pueda darme refugio o libertad.
Clavé los dedos en mi propio cinto, rozando el metal de la daga que él me había devuelto.
—Si he de estar encadenada, Sinclair, no será por tu fuerza ni por los miedos de tu consejo de ancianos —declaré, alzando la voz ante todo el clan para que cada capitán escuchara mis palabras—.
Mi único hogar y mi única celda están en las piedras de Dunnottar.
Vuelvo porque mi lealtad es mía, y he decidido entregártela a ti sobre esta roca.
Un murmullo sordo recorrió las filas de capitanes, mientras el anciano Chieftain daba un paso atrás con la cara desencajada.
Gavin rompió la distancia que nos separaba.
Su mano pesada, desprovista de guantelete, se cerró sobre mi nuca con una firmeza abrasadora y posesiva que enterró sus dedos en mi cabello húmedo. Tiró de mí hacia arriba hasta que mi frente rozó la suya.
En la profundidad de su mirada de granito ya no quedaba hielo; solo un fuego desbocado, indómito y salvaje que consumía semanas de orgullo, sangre y prudencia.
—Entonces las piedras de este castillo serán tu altar o tu tumba, Ailsa —siseó el Laird con una voz sepulcral, oscura y cargada de una posesión absoluta que hizo temblar mi vientre—. Porque de Dunnottar no volverás a salir jamás.