La elegida del águila (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 8) Capítulo 34 La frontera del olvido
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Capítulo 34 La frontera del olvido

El sordo golpeteo de mis pies vendados sobre el granito desgastado del puente de piedra marcaba el ritmo de mi partida.

Ajusté la correa de cuero de mi zurrón a la espalda, sintiendo el peso muerto de las pocas provisiones que la despensa de las catacumbas me había permitido reunir.

A mi costado, la vaina rústica que albergaba el dirk personal que Gavin me había devuelto golpeaba rítmicamente contra la lana de mi falda, recordándome a cada paso la fría libertad con la que el Laird me había despedido en el umbral.

Dejé atrás el rastrillo alzado y el portón de roble fortificado de Dunnottar, descendiendo por el serpenteante camino de herradura hacia el continente.

A medida que ganaba distancia sobre la masa del promontorio, la niebla espesa de los páramos comenzó a descender desde las crestas superiores, envolviendo el sendero en un abrazo de humedad glacial.

El rumor sordo de las olas rompiéndose contra las rocas inferiores del acantilado se fue volviendo más distante, sofocado por el silencio absoluto y opresivo de los campos desiertos.

El olor a brezo mojado, turba negra y tierra empapada inundaba mi garganta a cada respiración, despojando el aire de la sal que durante semanas me había abrasado los labios.

A cada zancada, el peso de los recuerdos me golpeaba en el pecho con la fuerza destructiva de un naufragio.

Recordé la penumbra asfixiante de las salas inferiores, la frialdad de las losas cuando me sabía su cautiva, y la vibración sorda del estruendo inglés golpeando las defensas.

Pero, por encima del terror y el óxido, emergió la calidez abrasadora de su presencia.

Recordé la presión implacable de sus dedos en mi nuca, la solidez indomable de su pecho armado protegiéndome sobre la cornisa del abismo y el sabor febril, hambriento y desesperado de sus besos bajo la lluvia salobre del patio.

Me detuve en seco.

Había alcanzado el límite exterior de los dominios del clan Sinclair. Frente a mí, semienterrado en la tierra empapada y cubierto por un musgo verde y espeso, un hito de granito gris marcaba el inicio de la tierra de nadie.

Más allá de esa piedra ancestral, el camino libre de herradura continuaba perdiéndose entre las colinas del norte, desprovisto de patrullas inglesas, de impuestos feudales y de la sombra del captor. Era la libertad absoluta por la que había arriesgado la vida.

Sin embargo, mis piernas se negaron a cruzar la línea.

Deslicé la mano derecha hacia mi cinto de cuero y extraje el dirk.

Alcé la hoja de acero pulido hasta la altura de mis ojos, observando mi propio reflejo distorsionado en la superficie del metal. Bajo la luz plomiza y ahogada por la bruma, vi las facciones de una mujer que ya no pertenecía al miedo.

El orgullo de mi sangre seguía intacto, pero la prisionera que había entrado a Dunnottar con las manos atadas había muerto en el camino.

Una certeza implacable y destructiva me atravesó las entrañas.

Esa libertad solitaria y vacía no era más que un desierto desolado si carecía del peligro, la lealtad salvaje y la presencia gélida y abrasadora del hombre que había jurado ante el mar que mi vida le pertenecía.

Él no me había retenido con cadenas; me había devuelto el acero para forzarme a elegir.

Y el abismo de partir lejos de su lado me aterraba infinitamente más que cualquier cautiverio bajo sus leyes.

—Pagué mi deuda con tu sangre, Sinclair —murmuré para mí misma, apretando la empuñadura de hueso hasta que los nudillos se me volvieron blancos—. Pero no voy a entregarte mi olvido.

Guardé el dirk en su funda con un chasquido seco.

Giré sobre mis talones descalzos en mitad de los páramos, dándole la espalda a la tierra de nadie. Encarando directamente la masa impenetrable de la niebla, eché a andar con paso firme de regreso hacia el sur, buscando la mole oscura de Dunnottar recortada a lo lejos sobre la inmensidad del océano.