La elegida del águila (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 8) Capítulo 33 El peso del acero devuelto
87%

Capítulo 33 El peso del acero devuelto

El aire helado del amanecer se colaba por el portalón de roble abierto de la garita exterior de Dunnottar, trayendo consigo el aroma limpio a salitre, el viento del norte azotando el desfiladero y el humo lejano de la turba quemada.

La luz dorada y plomiza del alba se abría paso con dificultad entre las nubes bajas, proyectando sombras alargadas sobre la mampostería desgastada del camino.

—Dijiste que no me rendirías a los Sassenachs, Sinclair —dije, manteniendo la barbilla alzada frente a la inmensidad de su figura recortada contra el horizonte salino.

Gavin permanecía inmóvil en el umbral de piedra.

No llevaba el peto de hierro de las batallas, pero la cota de malla pesada y el plaid de los Sinclair sujeto sobre su hombro herido le devolvían esa rigidez feudal, impenetrable y gélida.

Sus ojos, del tono del granito desnudo, no mostraban el ardor salvaje con el que me había reclamado en el patio o defendido ante su consejo.

En su lugar, volvía a erigirse esa fachada distante que despojaba a sus facciones de cualquier rastro de humanidad.

Llevó la mano derecha a los pliegues oscuros de su manta de lana.

Al ver el destello metálico, mi respiración se detuvo en la garganta. Gavin no desenvainó su claymore; en su lugar, extrajo un arma diminuta pero de proporciones inconfundibles. La empuñadura de hueso pulido y la hoja recta de acero fino brillaron bajo la luz plomiza de la mañana.

Era mi dirk. El arma personal que me había sido arrebatada durante el registro inicial en las salas inferiores del castillo y que el Laird había mantenido custodiada bajo su propio poder.

Avanzó un solo paso, haciendo crujir la grava salada del suelo.

—El camino de herradura hacia los páramos del norte está limpio —dijo el Laird. Su voz brotó como un chasquido sordo, sepulcral y desprovisto de toda emoción.— Las patrullas de la Corona han comenzado la retirada por la costa y no quedan hombres de la guarnición enemiga a menos de tres leguas.

Giró la mano y me tendió el dirk por la empuñadura.

—Te devuelvo tu acero, Ailsa. Quedas liberada formalmente de cualquier voto de sumisión, custodia o deuda de sangre con la casa de Sinclair. La puerta de mi fortaleza está abierta. Eres libre de partir.

La afirmación cayó sobre el umbral con el impacto frío y definitivo de una hoja cortando el aire.

Me quedé paralizada sobre la piedra.

Las palabras que durante semanas había anhelado escuchar en la penumbra de mi cautiverio sonaban ahora como un golpe brutal en el centro del pecho. La libertad que me ofrecía no tenía el sabor de la victoria, sino la aspereza de un castigo inmerecido.

Alcé la mano lentamente, sintiendo que mis dedos temblaban de forma incontrolable. Cerré los puños sobre el mango de hueso rústico de mi antigua daga.

Al tomar el metal helado, el dorso de mis dedos rozó de forma prolongada y febril la piel áspera y gruesa del Laird.

La chispa de ese contacto puramente instintivo me quemó la carne con la urgencia de una llama viva.

Esperé que sus dedos se cerraran sobre los míos, que la posesividad salvaje de su mirada volviera a reclamarme o que su brazo masivo me impidiera dar un solo paso hacia el exterior.

Pero Gavin retiró la mano de inmediato.

Lo hizo con una frialdad calculada, metódica y exasperante.

Sin añadir una sola sílaba ni bajar la vista hacia mi rostro, giró sobre los talones y le dio la espalda al camino.

Cruzó los brazos sobre la cota de malla y clavó la mirada en el horizonte salino del mar del Norte, recortando su perfil rígido e inalcanzable contra las nubes.

—El viento se vuelve más frío antes del mediodía —añadió el Sinclair, con un tono neutral que sonaba más distante que las propias colinas.— Si vas a cruzar el barranco, hazlo antes de que la niebla vuelva a cerrar el paso.

El desprecio implícito en su indiferencia me atravesó el alma.

Apreté la empuñadura de mi dirk contra la palma de la mano, sintiendo cómo los bordes del hueso pulido me se clavaban en la piel.

Miré hacia adelante.

Más allá del arco de roble fortificado, el camino de tierra libre serpeaba entre los precipicios, descendiendo limpiamente hacia los valles interiores y las colinas cubiertas de brezo rudo.

No había cadenas en mis tobillos ni guardias bloqueando la salida.

Las barreras físicas de mi prisión se habían disuelto por completo al soltar su agarre.

Y, sin embargo, fui incapaz de mover mis pies descalzos sobre la grava.

Un vacío inmenso, opresivo y doloroso se abrió en el centro de mi estómago.

La libertad física que se desplegaba ante mis ojos era una cáscara vacía.

Descubrí con un horror febril que el temor a ser apresada por los Sassenachs no era nada comparado con el abismo de cruzar ese umbral dejando atrás a la bestia que había jurado proteger mi vida sobre el granito.

El lazo que nos unía no se sostenía ya en el miedo o la fuerza feudal; era una lealtad salvaje, un vínculo abrasador que mi propio orgullo no podía negar.

Miré la espalda inexpugnable del Laird, sintiendo que la prisionera de los Sinclair había dejado de existir para dar paso a una mujer cuya única condena era la necesidad de quedarse.