La elegida del águila (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 8) Capítulo 32 El juicio del consejo de granito
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Capítulo 32 El juicio del consejo de granito

El aire helado de las catacumbas se colaba a través de las saeteras rotas del salón de armas, agitando las columnas de humo negro que ascendían desde los braseros de turba medio apagados.

Las losas de granito, todavía marcadas por el polvo de piedra y el rastro de la marea que había limpiado la sangre de la contienda, crujían bajo el peso de los ancianos y capitanes del Clan Sinclair.

En el centro de la estancia, la pesada mesa de roble —astillada por los antiguos asedios— albergaba a la cúpula militar del castillo.

Permanecí de pie en mitad del recinto, erguida, con la barbilla alzada frente al escrutinio implacable de los hombres de armas.

Bajo los pliegues desgarrados de mi vestido de lana, con los dobladillos chamuscados y manchados de hollín, mi mano derecha descendió despacio hasta rozar la empuñadura de hueso del dirk que Gavin me había entregado. El roce del acero frío contra mis yemas entumecidas era mi único punto de apoyo.

El Chieftain mayor de los Sinclair, un anciano de rostro surcado por cicatrices antiguas de la guerra contra los Sassenachs, se puso en pie a la izquierda de la cabecera. Clavó sus puños arrugados sobre la madera dañada.

—La flota inglesa ha virado sus velas hacia el sur, pero Dunnottar no estará a salvo mientras conservemos el señuelo que atrajo sus barcos a nuestra costa —bramó el anciano.

Su voz rasposa retumbó entre las vigas de roble del techo.

— La extranjera guarda los itinerarios y las reliquias de su linaje.

Exijo en nombre del consejo que esos pergaminos se entreguen de inmediato al tesoro del clan.

Y que la mujer sea expulsada antes del anochecer...

o ejecutada sobre el pretil para garantizar que ningún rey Sassenach vuelva a poner sitio a nuestras puertas.

Un murmullo bronco de asentimiento recorrió la hilera de capitanes. Olores a sudor rancio, cera de sebo quemada y cuero húmedo saturaban el ambiente. Las miradas hostiles se clavaron en mi rostro como dagas desnudas.

Sostuve la vista del Chieftain sin pestañear.

—Los pergaminos no pertenecen a vuestras arcas, anciano —repliqué, haciendo que mi voz sonara gélida y limpia a través de las corrientes de aire marino que cruzaban la sala.— Y la senda que salvó a vuestros hombres en la playa se dibujó con la tinta de mi sangre.

—¡Eres una fugitiva de los páramos sin nombre ni bandera! —escupió otro de los veteranos, golpeando la empuñadura de su claymore.— No tienes derecho a palabra en la mesa de los Sinclair.

—Suficiente —sonó una voz.

Gavin Sinclair se levantó lentamente de su asiento de roble en la cabecera.

Su figura masiva, recortada contra la penumbra de las saeteras, dominó la estancia en un instante.

No vestía la pechera de hierro, únicamente la túnica de cuero ajustada sobre la cota de malla empapada en salitre, con el plaid de líneas carbón y sangre cruzado al hombro sobre la cicatriz cerrada de la clavícula.

Alzó su mano pesada, cubierta por el guantelete de cuero militar, y la dejó caer sobre la superficie de la mesa con un impacto atronador.

El estallido de la madera resonó como un cañonazo en el salón, haciendo saltar los candiles de latón y silenciando de golpe los gritos de los capitanes.

El silencio volvió a ser absoluto, denso y opresivo.

Gavin no alzó la voz. Avanzó un paso alrededor de la mesa con la lentitud calculadora de un depredador que no necesita probar su dominio. Sus ojos, del color del granito desnudo azotado por la tormenta, recorrieron uno a uno los rostros de sus ancianos con una fijeza gélida e implacable.

—¿Olvidáis ante quién estáis hablando, Chieftain? —siseó el Laird. La voz le brotó sepulcral, rasposa, cargada con una autoridad matriarcal y militar que heló el aire entre las saeteras.

—Gavin, la seguridad del clan... —intentó intervenir el anciano, aunque la firmeza de su tono se desmoronó ante la proximidad del líder.

—La seguridad de esta fortaleza la sostengo yo sobre el acero de mi espada —sentenció Gavin, acortando la distancia hasta detenerse justo a mi lado.

La ráfaga de su calor corporal, impregnado de salitre, humo de turba y el cuero rancio de su armadura, envolvió mis sentidos en mitad de la helada corriente del recinto.

Deslizó su mano desnuda hacia mi nuca con un movimiento medido, atrapando la base de mi cuello entre sus dedos fríos y ásperos. La firmeza de su agarre no admitía resistencia, obligándome a mantener la postura erguida frente a la mesa de guerra.

—Escuchadme bien, capitanes de Dunnottar —declaró el Sinclair, dejando caer cada palabra con el peso inalterable de una ley feudal.— Nadie en este castillo, ni en el norte de Escocia, tocará una sola hebra del cabello de esta mujer. No entregará sus mapas ni será juzgada por vuestros miedos.

Apretó su agarre en mi nuca, pegando su costado masivo contra el mío hasta hacerme sentir la elevación densa de su tórax a cada respiración.

—Ailsa no es una cautiva para vuestro consejo —sentenció Gavin Sinclair, clavando su mirada de piedra en los ancianos—.

Su mente, su secreto y su sangre me pertenecen a mí por derecho de salvación.

Y quien pretenda discutir su lugar en mi lecho o en mis muros, tendrá que reclamarlo sobre el acero de mi claymore.

El vaho ardiente de sus palabras rozó mi oreja mientras los capitanes agachaban la cabeza en silencio.

Sostuve la respiración bajo la presión dominante de sus dedos, sabiendo que la coraza del Laird se había transformado en un muro infranqueable entre el mundo y mi existencia.