La elegida del águila (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 8) Capítulo 31 Cenizas sobre las olas
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Capítulo 31 Cenizas sobre las olas

Las últimas naves Sassenach viraban en la distancia, desplegando velas desgarradas para perderse entre la bruma grisácea del mar del Norte.

En la costa, las barcas de asalto abandonadas por los ingleses ardían lentamente, soltando densas columnas de humo negro que ascendían por la pared del acantilado.

Avancé por el patio de armas superior con las manos temblorosas y la falda del vestido rota, arrastrando una manta gruesa de lana para cubrir a los heridos.

El suelo de granito estaba devastado. Las vigas de la arquería este humeaban todavía, desprendiendo un calor seco que contrastaba con la garúa salobre del amanecer.

Un pestilente tufo a madera chamuscada, azufre de pólvora moribunda, vinagre de las curas y carne quemada impregnaba el aire pesado del castillo.

Me arrodillé junto a un joven guerrero Sinclair que jadeaba sobre las losas. Su cota de malla estaba partida a la altura del costado.

—Sostén esto contra la herida —le dije en voz baja, presionando el paño de lino con firmeza. El muchacho apretó los dientes, tragándose un gemido mientras el humo de la turba se le metía en la garganta.

Alcé la vista, buscando la silueta que gobernaba el caos.

Gavin Sinclair caminaba a paso lento entre sus hombres, inspeccionando el estado de la muralla y el recuento de las bajas.

No llevaba el peto de hierro, solo la túnica de cuero sobre la malla, empapada de agua salada y manchada con la sangre seca del comandante enemigo.

El viento del norte agitaba su plaid rojo y negro sobre el hombro herido.

A pesar de que los vítores por la victoria aún resonaban en los pasillos inferiores, el rostro del Laird lucía tan duro, cerrado e impenetrable como la propia roca de Dunnottar.

Un frío distinto al de la garúa se me instaló en el pecho.

La amenaza de los barcos de la Corona había terminado.

Los cañones y las balistas enemigas yacían destruidos en la playa.

Y, sin embargo, el vacilante alivio del triunfo se disipaba a cada segundo, dejando al descubierto una certeza aterradora: ya no había un asedio que nos obligara a combatir espalda contra espalda.

La alianza forzosa había expirado con la retirada de las naves.

¿Qué era yo ahora para él? ¿Seguía siendo la mística custodia que debía pagar su amparo, la fugitiva sin hogar o simplemente la mujer que había visto quebrarse su coraza de hielo?

Gavin se detuvo a pocos pasos de la arquería. Sus ojos, del color del granito desnudo, cortaron el espacio y se clavaron en los míos.

Me puse en pie despacio, sintiendo el impulso físico e involuntario de dar un paso hacia él, de acortar la distancia que el viento abría entre los dos.

Alcé una mano vendada en su dirección, buscando una señal, un destello del hombre que me había sostenido frente al abismo.

—Gavin... —el murmullo se me quebró en los labios.

El Laird no respondió. La calidez salvaje que me había abrasado durante el beso en el patio inferior pareció sepultarse bajo una capa de hielo absoluto. Gavin desvió la vista de la mía, erguimiento sus hombros masivos con una rigidez feudal que volvió a alzar todos sus muros.

Hizo un gesto seco y autoritario con la mano derecha hacia sus tres capitanes veteranos.

—En el salón de armas destruido. Ahora —ordenó con una voz rasposa y gélida que no admitía réplicas.

Pasó por mi lado sin volver a mirarme, ignorando mi mano alzada.

La masa de su cuerpo en movimiento trajo consigo la ráfaga de su aroma a cuero viejo, salitre y humo, dejándome sola entre los escombros.

Lo vi desaparecer tras la arcada de piedra flanqueado por sus mandos militares, cerrando la puerta tras de sí con un golpe sordo.

Apreté los puños contra la lana de mi falda, sintiendo una angustia opresiva que me cortaba la respiración. En mitad de las ruinas del asedio, comprendí con un terror febril que temía mil veces más a la distancia gélida del Sinclair que a todo el ejército de la Corona inglesa.