La elegida del águila (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 8) Capítulo 30 El duelo en la piedra resbaladiza
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Capítulo 30 El duelo en la piedra resbaladiza

El viento cortante del mar del Norte barría el desfiladero con una violencia helada.

Desde el nivel del suelo, la garúa constante cubría el puente de piedra del acceso principal con una película de agua salada y limo que convertía cada losa de granito en una trampa mortal sobre el abismo.

Abajo, el rugido monstruoso de las olas rompiendo a más de cien varas contra las rocas sumergidas retumbaba como el latido de la propia tierra.

En el centro exacto del arco, acorralado entre las almenas destruidas por el asedio y el avance implacable de los nuestros, el comandante general de las tropas de la Corona inglesa sostenía su posición.

Su cota de malla resplandecía bajo la luz plomiza de la mañana, aunque la túnica con el blasón de los Sassenachs estaba desgarrada y manchada de hollín.

Tenía los ojos desorbitados y la boca entreabierta por el aliento fatigado.

—¡Sinclair! —bramó el inglés, alzando su espada ancha con un temblor rabioso en los puños.— ¡Ven a reclamar este nido de rocas si tienes el valor de pisar la piedra sin tu caballería!

Descendí los peldaños del patio inferior a una velocidad suicida, ignorando las llamadas de advertencia de las mujeres del castillo.

Mis pies descalzos y vendados resbalaron en el barro salado de las losas, pero me agarré con los dedos entumecidos a los barandales de hierro de la rastrilla, pegando el rostro a la reja helada.

Mi corazón golpeaba contra mis costillas con una agitación tan salvaje que el propio aire mareado me abrasaba los pulmones.

Gavin no dudó.

Desmontó de su semental negro con un movimiento fluido y pesado a la vez.

Sosteniendo la claymore desnudada en la mano derecha y embrazando el targe de cuero tachonado en la izquierda, echó a caminar a pie por la rampa.

Sus botas de cuero empapado avanzaban con una firmeza aterradora sobre la superficie resbaladiza.

La cota de malla pesada que cubría su tórax chorreaba agua de mar y la sangre seca de los combates previos, pero sus hombros se mantenían erguidos, infranqueables.

—Permanece en la retaguardia, clan —ordenó Gavin con esa voz gélida, profunda y desprovista de toda emoción que helaba la garganta de sus propios hombres.— Este traidor muere bajo el acero de Dunnottar.

El Laird avanzó solo por el puente.

A través de las barras de hierro de la rastrilla, se me cortó el aliento.

Mi pulso latía en las sienes con una fuerza devastadora. No podía apartar la vista de la espalda de mi captor. Toda mi antigua resistencia, los restos del odio y la dignidad de mi linaje abandonado perecieron en ese instante en la penumbra del patio.

No había estrategia ni orgullo que pudiera sostener ya: la vida del hombre que sostenía mi existencia pendía de un solo tropiezo sobre la piedra mojada. Si él caía, la roca se tragaría mi libertad y mi carne a manos de los Sassenachs en cuestión de minutos.

El choque de las armas estalló en la mitad del arco con un bramido metálico.

El comandante inglés atacó primero con una estocada descendente a dos manos, buscando aprovechar el impulso para desequilibrar a Gavin sobre el pretil.

El Laird desvió el golpe con el borde reforzado de su targe, arrancando una lluvia de chispas ardientes en mitad de la garúa.

El acero de la claymore de Gavin respondió en un trazo horizontal de una velocidad cegadora.

El sonido del metal chocando contra el hierro retumbó en la garganta del acantilado.

El moho verde del granito y la salitre acumulada volvían cada paso un ejercicio de equilibrio mortal. El oficial de la Corona, acorralado y sintiendo la frialdad de la derrota sobre su cuello, recurrió a la desesperación de los cobardes.

Arrastró la suela de su bota pesada por la superficie mojada y lanzó una ráfaga de arena salada y escombros finos directamente hacia el rostro expuesto de Gavin.

—¡Gavin, cuidado! —grité entre los barandales, con las manos apretadas al hierro helado hasta que las articulaciones se me volvieron blancas.

El Laird, curtido en un centenar de escaramuzas en la intemperie de las Highlands, anticipó la treta con el instinto de un depredador ancestral.

Inclinó la cabeza hacia el resguardo de su hombro cubierto por el plaid, cerrando los ojos un instante antes de que la arena golpeara su piel.

En el mismo movimiento continuo, el comandante Sassenach lanzó una estocada traicionera a las costillas desprotegidas del guerrero.

Gavin hundió el escudo de madera contra el brazo armado del inglés.

El impacto seco del targe partió el impulso del enemigo, haciéndole perder el agarre en la empuñadura.

Las botas del oficial patinaron sobre el moho mojado del granito, y su cuerpo se tambaleó hacia atrás, descompensado sobre el pretil bajo del puente.

No hubo tregua ni piedad en el rostro del Sinclair.

Gavin abrió las piernas para afirmarse sobre las losas resbaladizas y alzó la claymore con ambos puños en un movimiento amplio, brutal e implacable. La enorme hoja de dos manos dibujó un arco escarlata en la bruma plomiza.

El filo de acero atravesó el cuello del comandante Rallies con un chasquido sordo que se oyó por encima de la marejada.

La cabeza del líder invasor se separó del tronco antes de que las manos de la víctima pudieran buscar la herida.

El casco de hierro y el rostro del Sassenach salieron despedidos hacia el vacío del abismo, cayendo en una trayectoria limpia hacia las olas embravecidas que aguardaban cien varas más abajo.

El cuerpo desplomado golpeó la piedra del puente con un sonido denso y pesado, soltando un chorro de sangre caliente que se diluyó al instante entre el agua salada y la garúa.

El silencio absoluto cayó sobre el arco de piedra.

Gavin se mantuvo de pie sobre el reguero de sangre, con el pecho masivo elevándose a bocanadas densas y la claymore goteando un hilo carmesí en la lluvia. La garúa helada le lavaba el rostro manchado de hollín y sal. Bajó despacio la espada, pero no miró el cadáver a sus pies.

Giró la cabeza hacia la rastrilla del patio.

Sus ojos, del tono gélido e inalterable del granito victorioso, atravesaron la distancia y los barrotes de hierro hasta clavarse directamente en los míos.

En su mirada no había duda ni fatiga, solo la afirmación salvaje, dominante e indestructible de un hombre que acababa de aplastar a la Corona para reclamar la eternidad de su dominio... y la mía.

Aferrada a las barras heladas, sentí un escalofrío abrasador recorrer mi columna. Mi última línea de defensa interna se desmoronó por completo sobre la piedra mojada de Dunnottar.