La elegida del águila (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 8) Capítulo 29 La carga sobre el barro de sal
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Capítulo 29 La carga sobre el barro de sal

Desde el pretil este del muro superior, mis manos heladas y apretadas contra la mampostería húmeda sintieron temblar la piedra sólida del promontorio.

Abajo, en el camino de acceso fortificado que serpeaba hacia la garganta del acantilado, el pánico de las tropas enemigas se respiraba con la misma densidad que el aire glacial que ascendía de los abismos.

La bruma baja que había cubierto la garganta al amanecer se disipaba a grandes jirones bajo el viento cortante del norte, dejando al descubierto la retirada caótica de la vanguardia Sassenach.

Privados de sus catapultas en la playa y con la artillería reducida a cenizas humeantes por la incursión nocturna, los infantes de la Corona retrocedían en desorden sobre la estrecha manga de granito, tropezando con los escombros de su propia derrota.

No había escapatoria rápida para ellos en el desfiladero. Tampoco habría piedad.

El estruendo bronco de las trompetas de cuerno del clan rasgó la niebla desde el patio inferior.

Me incliné sobre las almenas, ignorando el salitre helado que me azotaba las mejillas y el latido punzante de mis pies vendados sobre las losas. La puerta fortificada principal se abrió de par en par con un gemido estruendoso de roble y hierro que resonó en todo el barranco.

A la cabeza del contingente de caballería pesada irrumpió Gavin Sinclair.

Montaba su semental negro, una bestia enorme que pateaba el suelo levantando chispas contra el granito mojado.

Gavin no vestía el peto de hierro de la fortaleza; su figura masiva estaba envuelta en la cota de malla manchada de sangre seca, algas y salitre, mientras el plaid de los Sinclair —de un rojo sangre dominado por líneas de carbón— se agitaba furiosamente sobre su hombro herido, sujeto únicamente por el broche de bronce cruzado al pecho.

En su mano derecha mantenía alzada la claymore desnudada, cuyo acero limpio captaba la luz plomiza del cielo con el destello letal de una ejecución.

—¡Sinclair! —bramó el Laird, alzando la hoja mandoble hacia el firmamento con un rugido que hizo temblar el vado del camino—. ¡Devolvedlos al mar!

La carga de la caballería estalló cuesta abajo con el impacto de un alud de piedra.

Mis ojos no pudieron apartarse de la silueta del Laird ni por un instante.

El semental negro abrió brecha en el centro del barro salado, embistiendo a los primeros filas de la infantería inglesa con una violencia devastadora.

El choque de las armaduras de hierro, el restallido de los escudos targe rompiéndose y los gritos ahogados de los invasores llenaron el foso natural del camino.

Gavin hacía girar la claymore a dos manos desde la montura con una precisión escalofriante, abriendo un reguero escarlata a cada embestida.

Mi respiración se detuvo en la garganta. Mis dedos se clavaron con desesperación en la piedra pulida del muro, sintiendo cómo el terror instintivo que durante semanas me había dominado ante el nombre de mi captor mutaba bruscamente en algo mucho más oscuro y visceral.

Ya no veía en su brutalidad una amenaza hacia mi piel.

La ferocidad implacable con la que cortaba las filas enemigas no era la de un tirano arbitrario, sino la de un escudo primario y salvaje e instalado entre los perros de la Corona y mi propia existencia.

Él era el único hombre capaz de sostener mi libertad sobre este promontorio de granito; el único guerrero cuya voluntad gélida impedía que las cadenas del enemigo regresaran a mis muñecas.

La certeza de esa lealtad me abrasó las entrañas más que el propio viento del norte.

De pronto, en mitad de la vorágine de hierro y barro salado de la garita exterior, la luz plomiza reveló una sombra traicionera.

Un arquero inglés, oculto entre la brecha de una mampostería derrumbada y con la rodilla clavada en la tierra empapada, alzó una ballesta pesada de hierro.

Gavin acababa de derribar a un capitán Sassenach a su izquierda y su montura caracoleaba entre las rocas; la falda de su plaid y la cota de malla de su espalda descubierta quedaban completamente expuestas a la línea de tiro del ballestero a menos de diez varas de distancia.

El Laird no veía el arnés del lanzador.

—¡Gavin! —el alarido se me desgarró en los pulmones, proyectándose desde las alturas del pretil este hacia la garganta del barranco.

El aire helado me quemó las vías respiratorias mientras el terror febril me paralizaba el pulso. El arquero inglés apretó la llave de la ballesta.

Pero el instinto de la bestia de las Highlands desafió al tiempo.

Escuchando mi grito sobre el fragor del combate o presintiendo el aire cortado a su espalda, Gavin Sinclair tiró de las riendas de cuero de su semental en una maniobra cegadora y brutal.

La montura negra viró sobre sus cuartos traseros, levantando una cortina de barro salado y agua de mar sobre la piedra del desfiladero.

El virote de hierro rozó el hombro de su túnica con un silbido mortífero, perdiéndose en el abismo.

Antes de que el ballestero pudiera bajar el arma para buscar la daga de remate, la claymore de Gavin trazó un arco horizontal en el aire con la fuerza de una guadaña. El acero mandoble cruzó la penumbra con un restallido seco y definitivo.

La cabeza del arquero voló por encima de la brecha del muro antes de que el cuerpo decapitado cayera inerte sobre el lodo salino.

Sin detener el impulso de la montura ni bajar el brazo empapado en sangre fresca, Gavin hizo caracolear al semental sobre el reguero escarlata que cubría la entrada.

Alzó su mirada de granito gélido directamente hacia el pretil este, clavando sus ojos en los míos a través de la bruma con una intensidad posesiva y dominante que anuló la masacre a sus pies.

—¡Adelante! —bramó el Laird a su vanguardia, señalando la puerta exterior de la barrera con la punta sangrienta de su espada—. ¡Cerrad el paso al mar!

Clavó las espuelas de bronce y encabezó la persecución final hacia las puertas exteriores del promontorio, dejándome aferrada a las losas con el corazón desbocado y la garganta seca, sabiendo que mi destino pertenecía irrevocablemente al conquistador de la roca.