Capítulo 28 La promesa sobre el abismo
El trueno de las piedras abriendo brecha en la muralla sur retumbó con una ferocidad suicida. La bruma del amanecer comenzaba a disiparse bajo la furia de un viento tempestuoso que arrastraba el olor a azufre, sangre fresca y el amargor del salitre helado desde las rocas del abismo.
—¡A las almenas! —sonó la orden distante entre los escombros del patio inferior—.
No tuve tiempo de retroceder hacia la seguridad del arco central.
Un grupo de asalto de la Corona inglesa, cegado por el pánico de ver arder sus catapultas en la playa y liderado por el propio comandante superviviente, irrumpió por el pretil destruido del muro sur.
El oficial avanzaba a pasos ciegos, empuñando un mandoble con las manos manchadas de brea y los ojos desencajados por la rabia de la derrota.
Su mirada de odio atravesó el humo moribundo y se clavó sobre mí.
—¡La bruja de las reliquias! —bramó con la voz rasgada por el humo de la artillería—. ¡No dejaré este nido de rocas con las manos vacías!
Retrocedí instintivamente sobre las losas mojadas, pero el granito terminó bruscamente tras mis talones descalzos. Detrás de mi espalda no había muro ni parapeto, solo el vacío absoluto del acantilado sur y las olas embravecidas rompiendo cien varas más abajo contra las rocas sumergidas.
Apreté mis dedos entumecidos alrededor del dirk de Gavin, pero la zancada del oficial inglés fue letal. Desplazó su cota de malla pesada y atrapó la lana desgarrada de mi manga con los nudillos encendidos en ira, arrastrándome hacia el borde de la piedra con una fuerza desmedida.
—¡Si la Corona cae en Dunnottar, te despeñarás conmigo al mar, Sassenach! —rugió, inclinando su peso corporal hacia el vertiginoso precipicio.
El aire me faltó en los pulmones al sentir el vacío tirando de mis tobillos. Mis pies vacilaron sobre el musgo resbaladizo, contemplando la caída libre hacia la marea roja de la costa.
Entonces, la sombra del águila descendió sobre la roca.
Gavin Sinclair irrumpió desde el pasadizo con una velocidad mortífera y ajena a la gravedad. Sin el peto de hierro pero vistiendo la cota de malla empapada en agua de mar y su targe de cuero tachonado, el Laird se interpuso bruscamente entre el oficial y el abismo.
Interceptó la estocada del acero enemigo con el borde de madera del escudo en un choque metálico tan estruendoso que arrancó chispas de latón en mitad del viento helado.
El impacto obligó al comandante inglés a soltar el dobladillo de mi vestido de lana. Caí de rodillas contra el granito húmedo, jadeando, mientras la sombra masiva de mi captor cubría mi cuerpo frente a la amenaza.
—No volverás a tocar lo que es mío, perro Sassenach —siseó Gavin Sinclair. La voz del Laird brotó gélida, profunda y exenta de toda duda, cargada de una posesividad implacable que dominó el rugido de la tempestad.
Antes de que el oficial pudiera armar la guardia para un nuevo golpe, Gavin acortó el espacio de combate en un movimiento brutal de enfrentamiento cuerpo a cuerpo.
Apresó el antebrazo armado del inglés con su mano desnuda y, alzando el dirk en su mano derecha, hundió la hoja de acero recto hasta el tope en la garganta del oficial.
El chasquido del hueso rompiéndose fue sofocado por el silbido del viento del norte.
Gavin no pestañeó. Con una violencia calculadora, giró el arma incrustada en el cuello del Sassenach y utilizó el peso de su propio escudo para empujar el cuerpo del enemigo sobre el límite del pretil destruido.
El comandante de la Corona se desprendió del borde de la piedra sin lanzar un solo grito, hundiéndose en una caída libre hacia la bruma marina hasta estrellarse contra las rocas y el oleaje salvaje del mar del Norte.
El silencio cayó bruscamente sobre el borde del acantilado.
El viento tempestuoso agitaba el plaid empapado del Laird, desprendiendo gotas de lluvia helada y agua salada que chocaban contra mi rostro.
Gavin limpia la sangre enemiga de la hoja de su dirk contra su túnica con un movimiento seco antes de envainarlo en su cinto de cuero.
Se giró hacia mí.
Sus ojos, del tono gélido del granito desnudo azotado por la tempestad, devoraron la turbación de mi rostro y la violencia con la que mi pecho se elevaba contra las piedras.
Avanzó una sola zancada masiva que anuló cualquier espacio de huida y, encajando sus dedos gruesos en la parte posterior de mi nuca, me obligó a ponerme en pie de un tirón firme, sosteniéndome a escasas pulgadas del acantilado sur.
El vaho ardiente de sus pulmones fatigados chocó directamente contra mis labios entumecidos.
—Escúchame bien, Ailsa —declaró el Laird, con una lentitud sagrada y desgarradora que hizo vibrar las telas de su pechera contra las mías—. Has entregado el secreto de tus antepasados para salvar la sangre de Sinclair, y sobre esta roca he derramado la del enemigo para proteger la tuya.
Sostuve su mirada devoradora, sintiendo el calor abrasador de sus manos marcando mi piel bajo la fría garúa del amanecer.
—El pacto está pagado, Sinclair... —logré articular en un murmullo entrecortado, intentando sofocar el temblor febril de mis manos contra el cuero de su cinto.
—El pacto apenas comienza —sentenció Gavin, apretando su agarre en mi nuca hasta que el vacío del abismo a mi espalda pareció desaparecer por completo tras la inmensidad de su presencia—.
Que el mar del Norte me escuche: cualquier hombre, sea rey o perro Sassenach, que intente poner una sola mano sobre mi elegida, morirá devorado por las rocas de Dunnottar.
No eres una prisionera en estas tierras; eres la mujer por la que arderá Escocia antes de que te deje salir de mis manos.
La certeza de su juramento se selló entre nosotros con la fuerza inalterable del acero medieval, mientras la bruma se disipaba sobre las ruinas del asedio y el victorioso Clan Sinclair reclamaba la eternidad de su fortaleza.