La elegida del águila (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 8) Capítulo 27 El retorno del guerrero de sal
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Capítulo 27 El retorno del guerrero de sal

El agua verdosa de la marea, cargada de espuma y algas desprendidas, inundaba el patio inferior de Dunnottar. Las olas rompían contra los pilares de la portilla poterna, levantando una garúa helada que se mezclaba con el viento del norte y el aire plomizo del amanecer.

Permanecí de pie sobre las escalinatas de granito, con los nudillos entumecidos apretando la empuñadura de hueso del dirk personal de Gavin.

El roce del metal pulido contra mis muslos era el único punto de anclaje de mi cordura.

Bajo mis pies, el suelo de piedra acumulaba escombros, charcos de sangre diluida y ceniza negra que despedía un tufo ácido a humo moribundo, salitre concentrado y cuero rancio empapado.

El portón de hierro de la poterna crujió con un chirrido metálico desgarrador.

Los primeros guerreros de la incursión emergieron de las sombras del pasadizo. Avanzaban a paso lento, cojeando sobre las losas mojadas, arrastrando los targes abollados y sosteniendo a los heridos por los hombros.

Venían cubiertos de la cabeza a los pies por una pátina de barro salado, hollín y sangre enemiga que comenzaba a secarse sobre la piel de sus rostros.

Eché a correr por los peldaños de piedra, rompiendo la formación de las mujeres que aguardaban con paños y antorchas.

Me abrí paso a empujones entre las filas de hombres que jadeaban con el pecho al descubierto. Mis pies descalzos y vendados patinaron dos veces sobre el granito húmedo, pero ignoré el latido punzante de mis llagas mientras buscaba desesperadamente una silueta entre la bruma.

—¡Sinclair! —el grito se me rompió en la garganta, ahogado por el silbido de la tormenta marina.

Registré cada rostro exhausto, cada túnica de lana desgarrada. El pánico, frío y voraz como el agua del abismo, amenazó con cerrarme los pulmones.

Entonces, al final de la columna de supervivientes, el aire pareció congelarse.

Gavin Sinclair emergió de la penumbra del arco inferior con la lentitud masiva de un monumento erigido en la noche.

Su cota de malla pesada chorreaba agua de mar, cubierta por ramales de algas oscuras que se adherían al hierro y chispas de salitre blanco secadas sobre su pecho.

El hombro izquierdo, donde la llaga de la cauterización permanecía oculta tras las vendas de lino, sangraba de nuevo, tiñendo de carmesí el escote de su túnica.

En su mano derecha, arrugada y negra por la brea, arrastraba por la tela deshilachada el estandarte capturado del comandante Sassenach.

El león rampante de la Corona inglesa iba arrastrándose por el barro salado del patio, manchado de escombros y traición.

Al divisarme en mitad del recinto, la marcha de Gavin se detuvo en seco.

Sus ojos, del tono gélido del granito desnudo azotado por la tormenta, se clavaron en mis facciones con una fijación salvaje, desmedida e incontrolable que despojó a la estancia de todo ruido.

En el fondo de sus pupilas no había la frialdad del estratega que gobernaba el castillo, sino un fuego primario que aplastó la distancia entre ambos.

Gavin abrió los dedos de su mano izquierda y soltó la claymore. El pesado acero mandoble cayó sobre las losas mojadas con un estruendo metálico que resonó entre los muros de piedra.

Dio tres zancadas colosales hacia mí, haciendo saltar los charcos de agua salada bajo sus botas de cuero empapado.

—Ailsa... —murmuró. La voz le brotó como un rugido sordo y rasposo, cargado con el vaho caliente de sus pulmones fatigados.

Antes de que pudiera articular réplica o bajar la mirada ante sus capitanes, la mano desnuda y helada del Laird se encajó en mi nuca con una fuerza atroz.

Su otro brazo rodeó mi cintura, envolviendo las telas de mi vestido de lana rota contra el metal gélido de su cota de malla.

Me alzó del suelo de un tirón brutal, pegando mi pecho al suyo hasta hacerme sentir el choque violento y desbocado de su corazón latiendo contra mis costillas.

El impacto del hierro salado contra mi cuerpo quemado por el frío me hizo ahogar un jadeo, pero el calor invasivo y febril que emanaba de sus entrañas me envolvió de inmediato.

Gavin estampó su boca contra la mía con una pasión frenética, desesperada y hambrienta.

No hubo espacio para la reserva ni para la compostura feudal.

Fue la posesión ruda, fiera e indomable de un hombre que regresaba de la boca de la muerte reclamando su territorio sobre la piel de la mujer que había salvado a su clan.

El sabor concentrado a salitre, sangre fresca, brea ardiendo y hierro impregnó mis labios.

Tragué su aliento ardiente en una bocanada compartida mientras mis manos, abandonando toda resistencia, soltaron el cinto de su dirk y se hundieron con frenesí involuntario en la masa de su cabello sucio de agua y ceniza.

Me apretó contra su torso masivo con un agarre que amenazó con fracturarme las costillas, devorando la debilidad de mis labios con un afán posesivo que hizo temblar mis rodillas.

A nuestro alrededor, el silencio del patio estalló en una catarsis salvaje.

Los capitanes y los guerreros del Clan Sinclair alzaron sus hachas y sus targes abollados hacia el cielo plomizo, haciendo restallar los aceros mientras sus voces broncas borraban el rugido de la marea.

—¡El granito no dobla la rodilla! —gritaron al unísono, aclamando el lema de su sangre entre la garúa helada.— ¡Por el Laird! ¡Por la dama de la roca!

Gavin rompió el beso apenas tres pulgadas, lo justo para dejarme respirar. Sostuvo mi rostro entre sus dedos fríos y ásperos, obligándome a mirar la marea de sus ojos claros en mitad de la bruma. Su vaho abrasador rozó mis mejillas manchadas de ceniza y lágrimas de sal.

—Te dije que volvería sobre el acero de mi casa, Ailsa —susurró con una firmeza implacable que retumbó en mi pecho como una sentencia definitiva—.

Ni el agua del mar del Norte ni los perros de la Corona van a arrancarte de mis manos.

Esta fortaleza puede convertirse en cenizas, pero tu vida me pertenece sobre esta piedra.

En mitad del patio empapado, rodeada por el clamor de los guerreros y el olor a sangre y sal, me pegué a la solidez inexpugnable de su pecho armado, aceptando en silencio que mi libertad había quedado sepultada para siempre bajo la sombra del hombre que gobernaba mi destino.