La elegida del águila (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 8) Capítulo 37 La dama sobre las rocas
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Capítulo 37 La dama sobre las rocas

El sordo chisporroteo del fuego de turba encendida en la gran chimenea central rompía la frialdad del estrado principal del gran salón de armas. La calidez del hogar se extendía en ondas lentas sobre la mampostería, disipando las corrientes glaciares que aún se colaban por las saeteras rotas.

Gavin me conducía por el brazo, mantenido su mano sangrante apretada contra la mía en un abrazo de carne y acero que aún dejaba escapar finos hilos de sangre seca sobre las losas grisáceas.

Sus pasos, lentos e implacables, marcaban el ritmo con el que cruzábamos la estancia ante la asamblea atónita del clan Sinclair.

Nos detuvimos frente a la pesada mesa de roble y los asientos elevados de la cabecera.

El Laird desató con un movimiento seco el broche circular de plata que sujetaba su propia capa de lana rústica.

Era una prenda masiva, pesada, forrada con gruesas pieles de oso y tejida con el tartán rojo sangre y negro carbón de su linaje.

Desprendía un aroma penetrante a fuego de leña, salitre limpio, cuero viejo y usquebaugh.

Se posicionó a mi espalda.

La masa de su cuerpo me cubrió del viento que soplaba desde el abismo mar afuera. Deslizó la capa pesada sobre mis hombros desgastados, envolviendo la lana fina de mi vestido destrozado y la manta áspera bajo el amparo de su heráldica.

El contraste entre el peso del tejido y el calor de las pieles rozando mi nuca me arrancó un suspiro ahogado.

Gavin juntó los pliegues del tartán a la altura de mi pecho, asegurando el broche de plata sobre mi clavícula con dedos precisos.

—Miradla —la voz del Sinclair retumbó entre las vigas de roble del techo destruido.

No alzó el tono, pero su resonancia sepulcral y gélida hizo que los capitanes alineados a lo largo del salón contuvieran el aliento—.

Esta es Ailsa. No lleva el apellido de un traidor Sassenach ni debe sumisión a los miedos de vuestras fronteras.

Apoyó sus manos masivas sobre mis hombros en mitad del estrado, fijando su posición a mi espalda como una torre inexpugnable.

—Desde este instante, viste la lana de mi casa y camina bajo el escudo del águila —sentenció el Laird, clavando la mirada en la hilera de veteranos—. Es la Señora y Dama de Dunnottar. Su palabra en estas piedras lleva el mismo peso que el acero de mi claymore.

El silencio reinó en el gran salón por un instante agónico. El olor a vino de usquebaugh recién vertido en los cuencos de peltre se mezclaba con el aroma dulce a brezo mojado que desprendía mi piel.

El Chieftain mayor de los Sinclair, el anciano que minutos atrás exigía mi ejecución sobre el pretil, dio un paso al frente.

Miró el rastro de sangre escarlata que unía nuestras manos, la capa de oso que me cubría y la altivez inquebrantable de mi postura.

Despacito, dobló la cerviz y agachó la cabeza en señal de acatamiento feudal.

Uno a uno, los capitanes del clan le siguieron. Las cabezas se inclinaron y los cuencos de peltre se alzaron en un saludo mudo y solemne.

En lo más profundo de mis entrañas, sentí cómo las últimas cadenas invisibles de mi cautiverio se desintegraban.

El terror a ser entregada como una paria o ejecutada por los ancianos se disolvió por completo.

La fría mazmorra, las catacumbas de granito y el asedio de la Corona habían quedado atrás.

No había prisión en aquella roca de la costa; solo la certeza limpia, desbocada y recíproca de una posesión salvaje.

Había dejado de ser la fugitiva de los páramos para coronarme sobre la fortaleza de mi captor.

Gavin dio un paso más hacia mí.

Deslizó su brazo masivo alrededor de mi cintura, pegando mi espalda contra la rigidez acorazada de su pecho. Su agarre me elevó imperceptiblemente sobre las losas, manteniéndome firme en el centro del estrado.

La barba corta de su mandíbula rozó el lóbulo de mi oreja, y el vaho ardiente de su respiración penetró la frialdad del ambiente.

—Pensaste que la libertad estaba al otro lado del desfiladero, pequeña mística —murmuró el Laird contra mi piel. Su voz era una caricia de raspo y hierro que me erizó los vellos de los brazos—.

Apretó su abrazo en mi talle con una fuerza voraz, haciéndome sentir el latido denso y acelerado de su corazón latiendo contra mis costillas.

—Pero no hay norte suficiente para huir de mí —siseó Gavin Sinclair, ajustando el tartán rojo sobre mi hombro con posesión inalterable—. La única cadena que te impondré para siempre será el peso de estos brazos. Y de este cautiverio no te liberará ni la muerte.

Apreté mis dedos sangrantes contra la manga de su jubón de cuero, cerrando los ojos al sentir que el abismo de las Highlands se transformaba, al fin, en mi único hogar.