Capítulo 25 La senda bajo la marea
El estruendo del roble fracturándose en la entrada principal retumbó hasta la torre central de Dunnottar con la violencia de una sentencia de muerte.
En la sala de guerra, el estallido seco de la madera resquebrajándose marcaba los minutos finales.
Las vigas del techo vibraban bajo la presión de las tropas enemigas, desprendiendo una lluvia continua de mortero seco sobre la pesada mesa de roble donde se extendían los mapas del promontorio.
Gavin Sinclair ajustó el cinturón ancho sobre su pesada cota de malla con un movimiento seco, desenvainando parcialmente la claymore para comprobar el deslizamiento del acero en el tahalí.
Sus hombros alineados, ensanchados por la pechera de hierro ajustada, no delataban la hendidura cauterizada que aún le quemaba bajo la carne.
Sus capitanes principales —hombres curtidos, cubiertos de hollín y sangre seca— aguardaban sus órdenes con las empuñaduras apretadas y la mandíbula tensa.
—Bloquearemos la portilla del patio inferior con los escombros de la herrería —bramó Gavin con su voz gélida, inapelable, que dominaba el estruendo exterior—. Cargaré sobre el puente antes de que el ariete derribe el rastrillo interior. Los expulsaremos al abismo o moriremos sobre la roca.
—Es una carnicería, mi Laird —intervino el chieftain del flanco este, ajustando su targe cubierto de tachuelas de latón—. Tienen quinientos hombres alineados en la manga del desfiladero. Cruzar el puente es ofrecerles la yugular.
—No hay más opciones sobre este suelo —sentenció Gavin, alzando su mirada de granito helado hacia los mandos.
—Sí que las hay, Sinclair —interrumpí.
Me abrí paso a través de la hilera de guerreros que custodiaban el arco de entrada, ignorando los cuchicheos ásperos de la guardia.
Mis pies descalzos y vendados apenas hacían ruido sobre las losas heladas, pero el rozar de mi vestido de lana rota —chamuscado en los dobladillos y manchado con la sangre seca del Laird— atrajo la mirada de todos los capitanes de la estancia.
Gavin se giró bruscamente hacia mí. El destello implacable de sus ojos oscureció aún más las facciones de su rostro manchado de ceniza.
—Te ordené que permanecieras en las profundidades de la roca, Ailsa —siseó el Laird, dando un paso amenazante hacia adelante que recortó la distancia que nos separaba—. Tu lugar no está en la mesa de guerra de mi clan.
—Mi lugar está donde mi secreto evite que la estirpe Sinclair quede masacrada antes del mediodía —repliqué sin agachar la cabeza, sosteniendo la presión instintiva de su presencia masiva.
Extraje del dobladillo oculto de mi manto el pergamino desgastado que las relictas me habían confiado antes de ser exterminadas por la baronía inglesa.
Las costuras de lana que protegían el pliego de piel de becerro estaban empapadas en salitre y ceniza, pero la tinta de hiel retenía la traza original intacta.
Me acerqué a la mesa con paso firme y, con una zancada resuelta, aparté de un golpe los mapas antiguos del Laird para desplegar mi pliego justo bajo la luz parpadeante del candil.
Los capitanes se inclinaron sobre la mesa con murmullos de asombro. Gavin no desvió la vista de la mía, pero su respiración se volvió más densa, cargada con el calor abrasador que desprendía a pesar de la inclemencia de la sala.
—Las crónicas de tu castillo son incompletas, tirano —dije en un murmullo cortante, rozando con el índice vendado el borde occidental del pergamino—. Buscáis defensas en la puerta principal mientras la masa del acantilado oeste oculta el verdadero paso.
Gavin clavó sus manos gruesas en el borde de la madera de roble, inclinándose sobre el dibujo del promontorio.
—La muralla oeste cae en vertical sobre el abismo del mar del Norte —dijo el Laird, con una incredulidad calculada en su tono rasposo—. Es roca pura azotada por el oleaje. Ningún hombre con vida puede marchar por la base de la pendiente.
—Salvo durante el cambio de luna de esta noche —disputé, clavando la mirada en su rostro manchado de hollín—.
La marea más baja del invierno retira el agua tres varas por debajo de la plataforma de granito.
Existe un paso estrecho de rocas sumergidas que rodea la base del acantilado.
Es transitable únicamente durante dos horas antes del amanecer.
El silencio cayó sobre la sala de guerra con el peso de una losa. El único sonido era el silbido helado del viento del norte colándose por las saeteras y el estruendo rítmico del ariete enemigo golpeando las defensas exteriores.
El chieftain mayor dio un paso al frente, con los ojos desorbitados sobre las líneas de tinta.
—Por los antepasados... Si rodeamos la falda del acantilado por esa senda, saldremos directamente a la retaguardia de la artillería Sassenach en la playa —murmuró con la voz temblorosa por la revelación—. Podríamos quemar sus catapultas y coger a su infantería por la espalda en el desfiladero.
Gavin no miraba el mapa.
La coraza de hielo del Laird se quebró al comprender el alcance militar y personal de mi confesión.
Había entregado el secreto guardado por las custodias de mi sangre, rompiendo mi último lazo con los muertos para poner la salvación de Dunnottar —y la vida del hombre que sostenía mi cautiverio— en sus manos desnudas.
Dio un paso lento alrededor de la mesa.
La pesada armadura vibró con cada zancada hasta quedar a un palmo de mi cuerpo.
El aroma a cuero viejo, sudor febril, hierro salado y el perfume persistente a brezo seco de mi piel saturaron el reducido aire entre los dos.
Se quitó el guantelete derecho con un movimiento seco, dejándolo caer sobre el pergamino.
Sin pedir permiso ni pronunciar advertencia alguna, su mano desnuda, brutal, fría por el ambiente y áspera por el manejo continuo de la claymore, se encajó en mi mentón y rodeó mis mejillas manchadas de ceniza.
La firmeza implacable de sus dedos obligó a mi cabeza a inclinarse hacia atrás, exponiendo la vulnerabilidad de mi cuello ante la mirada gélida del guerrero.
El toque de su piel desató una descarga eléctrica por toda mi columna que me cortó el aliento.
—Has tenido este acero guardado en la entraña de mi casa desde el primer día —susurró Gavin. Su vaho ardiente me abrasó los labios mientras su pulgar descalzo acariciaba la línea inferior de mi boca con una posesividad salvaje, lenta e incontrolable.
—Era la moneda para comprar mi libertad cuando la fortaleza sucumbiera, Sinclair —logré articular en un murmullo entrecortado, intentando mantener la altivez ante la violencia con la que mi pulso chocaba contra el suyo.
—Mentira —sentenció el Laird, hundiendo los dedos de su otra mano en la masa de mi cabello despeinado para sujetarme con una fuerza atroz que no admitía distancia—. Has entregado el alma de tu linaje para evitar que mi sangre manche la piedra de este patio.
—El fuego de los ingleses os habría exterminado a todos... —siseé, sintiendo cómo el calor invasivo de su torso pegado al mío derretía el helado frío de los muros.
Gavin apretó las mandíbulas, y en el fondo de sus ojos del color del granito desnudo parpadeó un destello de orgullo y lealtad salvaje que aplastó definitivamente la distancia de nuestra antigua enemistad.
—No eres una simple fugitiva arrojada a mis puertas, Ailsa —declaró el Laird, dejando caer cada palabra con la sacralidad de un pacto de sangre definitivo ante las miradas atónitas de sus capitanes—.
Eres la salvación que la Providencia ha enviado a la casa de Sinclair...
y el acero de mi clan responderá por tu vida hasta que el mar se trague esta roca.
Sostuve su mirada devastadora en mitad de la penumbra, sabiendo que al entregarle la senda bajo la marea había sellado mi destino irrevocablemente al del hombre que gobernaba mi vida y mi libertad.