La elegida del águila (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 8) Capítulo 24 La confesión del ariete
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Capítulo 24 La confesión del ariete

El estruendo del metal y la madera rompiéndose en la superficie retumbó a través de la piedra maciza de las catacumbas con una violencia brutal.

Al alba, el primer golpe seco del ariete de hierro enviado por los ingleses sacudió los cimientos del promontorio, haciendo temblar los candiles colgados de las paredes del pasadizo subterráneo.

Una cascada de polvo de mortero cayó desde las juntas del techo, impregnando el ambiente con un tufo seco que se mezcló con el olor a hierro salado y la bruma helada que ascendía del mar del Norte.

Gavin permanecía de pie en el primer escalón de la escalera de caracol que conectaba las cavidades inferiores con el patio de armas.

Me acerqué a él con los dedos entumecidos por el frío y las palmas de las manos cruzadas por vendajes limpios.

Sobre sus hombros desnudos, cruzados por la cicatriz incandescente y cerrada a fuego de la clavícula, deslicé la cota de malla pesada.

El roce del metal pulido contra su piel descubierta provocó un chasquido sordo.

Gavin ni siquiera parpadeó. Ajusté las hebillas de cuero endurecido en sus costados con pulso firme, sintiendo la elevación densa y rítmica de su tórax a cada bocanada de aire.

Un segundo impacto del ariete estremeció el arco de mampostería sobre nuestras cabezas. El granito vibró bajo las suelas de mis botas gastadas.

—La puerta principal no resistirá más de tres horas, Sinclair —dije en voz baja, sin alzar la mirada mientras terminaba de asegurar el broche de latón de su pechera de hierro.

Gavin no respondió de inmediato. Levantó su mano derecha —enorme, cubierta por el guantelete de cuero militar— y me atrapó ambas muñecas con una firmeza implacable que detuvo mis movimientos en el acto.

Me obligó a dar un paso al frente, recortando el espacio entre sus telas y mi vestido de lana rota hasta que la curvatura de su peto se estampó contra mi pecho.

El olor a cuero viejo, grasa de armamento y el aroma rústico a brezo que desprendía mi propio cabello atrapado entre sus dedos llenaron la penumbra de la escalera.

Sostuvo mis manos temblorosas contra la frialdad de su coraza.

Sus ojos, del tono gélido del granito desnudo azotado por la tormenta, abandonaron la distancia militar para clavarse directamente en las mías con una fijación devoradora y desprovista de toda armadura psicológica.

En el fondo de sus pupilas no había la frialdad del estratega que había gobernado Dunnottar, sino una furia contenida y mortal.

—¿Crees que he sostenido este nido de rocas por el orgullo de mi apellido, Ailsa? —siseó el Laird. Su voz brotó áspera, profunda, como un rugido contenido desde las profundidades de su pecho armado.

—Es tu obligación feudal, Sinclair —repliqué, intentando zafar los puños de su agarre, aunque la violencia con la que mi corazón golpeaba mis costillas delataba la falsedad de mis palabras.— Es la tierra de tus antepasados.

Gavin soltó una carcajada amarga y corta que no guardaba pizca de humor. Tiró de mis brazos con más fuerza, pegando mi mentón hacia arriba hasta que su vaho caliente y abrasador me quemó los labios en la penumbra.

—Mentira —sentenció con una rotundidad implacable que hizo temblar el espacio que nos separaba.

— Podría haber quemado los graneros, haber vendido los pasos del norte a la Corona inglesa por mil marcos de oro y haber llevado a mis hombres a los valles interiores lejos del alcance de su flota.

Podría haber entregado las llaves de esta fortaleza a los Sassenachs hace tres días y conservar cada pulgada de mi piel intacta.

Un tercer golpe del ariete hizo saltar chispas de piedra en el muro exterior, pero el sonido quedó eclipsado por la proximidad de su rostro.

—¿Por qué no lo hiciste entonces? —desafié, sintiendo cómo mis uñas se clavaban instintivamente en el cuero de su cinto.

—Porque la sola idea de ver un solo dedo de los ingleses tocando tu piel me destruye las entrañas más que el exterminio completo de mi propia sangre —confesó Gavin Sinclair.

La afirmación cayó sobre la quietud de la escalera con el impacto desgarrador de una hoja de acero.

La fachada indomable y gélida del guerrero se fracturó por completo ante mí, dejando al descubierto una posesividad salvaje, desmedida e incontrolable. No hablaba el líder de un clan; hablaba el hombre que había decidido convertir mi existencia en el centro absoluto de su resistencia.

Me quedé paralizada, con la garganta seca y el aliento detenido bajo su mirada de piedra.

Antes de que pudiera articular réplica o levantar el muro de mi antiguo odio político, la mano izquierda de Gavin abandonó mi muñeca y se encajó en mi nuca con un tirón brutal.

Su brazo rodeó mi cintura, aplastándome contra su pechera de hierro con una fuerza atroz que no admitió distancia ni resistencia.

Su boca se apoderó de la mía en un beso desesperado, salvaje y hambriento.

No hubo ternura ni concesiones en el contacto. Fue la imposición fiera de un hombre que se marchaba a la masacre reclamando su territorio sobre la piel de su cautiva.

El sabor salobre de su aliento, el ardor febril de sus labios y la contundencia de su cuerpo armado envolvieron mis sentidos hasta hacerme perder el suelo. Tragué su aliento en una bocanada compartida mientras mis dedos se hundían con desesperación involuntaria en la lana de su plaid.

Gavin rompió el contacto de golpe, dejándome jadear en la penumbra con los labios encendidos y el pulso desbocado.

Me sostuvo la mirada un segundo más, devorando la turbación de mi rostro mientras la madera de la puerta principal cedía con un crujido estruendoso en la distancia superior.

—Si la muralla cae, no salgas de las sombras de esta roca, Ailsa —susurró el Laird, con una orden final que sonó como un voto sellado ante la muerte.— Volveré por ti sobre el acero de mi casa o no volverá nadie.

Soltó mi cuerpo y giró sobre sus talones, desenvainando la claymore con un restallido metálico que resonó en la gruta.

Subió los peldaños de caracol de tres en tres, desapareciendo hacia la luz sangrienta del patio inferior y dejándome sepultada en la penumbra del subterráneo, con las manos temblando contra mi pecho y el corazón marcado irrevocablemente por la confesión de mi captor.