La elegida del águila (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 8) Capítulo 23 Las pieles sobre la roca viva
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Capítulo 23 Las pieles sobre la roca viva

El estruendo sordo del asedio en las alturas llegaba hasta las entrañas de Dunnottar como un temblor lejano, amortiguado por toneladas de mampostería y granito desnudo.

La lluvia incesante de proyectiles de brea y las rocas pesadas lanzadas por catapultas inglesas habían vuelto impracticable el patio de armas superior, obligando a Gavin a trasladar el centro de mando, las escasas reservas de grano y a los convalecientes a los almacenes profundos excavados en la roca viva del acantilado.

El aire abajo era de un frío glaciar, espeso y saturado por una humedad impenetrable que rezumaba continuamente por las paredes de la gruta.

El olor rancio a grasa de ballena ardiendo en los candiles rústicos se mezclaba con la peste a cuero húmedo, el rastro de la sangre cauterizada de las batallas y el vaho continuo que expulsábamos por la boca a cada respiración.

—Acomoda a los heridos junto al muro este —ordenó Gavin a sus capitanes. Su voz sonó rasposa, profunda y rota por la fiebre que aún amenazaba con devorarlo, pero cargada con esa autoridad gélida e inamovible que no admitía replicas.

Despojado de su pechera de hierro para no presionar la llaga de su hombro, el Laird vestía únicamente el jubón de cuero militar abierto y las vendas de lino empapadas que cubrían la brecha incandescente de su clavícula.

Su torso masivo se elevaba a tirones, revelando el esfuerzo sobrehumano que le costaba mantenerse en pie.

Las sombras gigantescas proyectadas por las llamas vacilantes de las antorchas bailaban sobre las paredes nudosas de la cueva.

Me mantuve inmóvil cerca de una de las columnas de soporte, con los nudillos entumecidos por el frío y el vestido de lana rota pegado a la piel.

Mis pies descalzos sobre la piedra helada habían perdido la sensibilidad hacía horas, pero mi pecho ardía con una agitación que nada tenía que ver con las corrientes del exterior.

Observé al hombre que gobernaba mi encierro.

El orgullo implacable con el que sostenía el peso de su casa aun al borde del colapso físico desarmaba cualquier intento de mantener mi distancia.

Gavin caminó hacia la esquina más resguardada del almacén, alejada de las infiltraciones de agua del mar del Norte. Con un movimiento torpe y pesado de su brazo derecho, improvisó un camastro rústico extendiendo sobre las losas una capa gruesa de pieles de oso curtidas y mantas de lana ruda.

Se giró hacia mí. Sus ojos, del tono del granito desnudo golpeado por la bruma, se clavaron en mis facciones con la fijación posesiva y devoradora de un depredador reclamando su territorio.

—Echa el cuerpo sobre las pieles, Ailsa —dijo, con un tono helado que resonó con la firmeza de un mandato feudal.

—Hay hombres gravemente heridos en el pasillo, Sinclair —repliqué, sosteniendo su mirada mientras me cruzaba de brazos para disimular el temblor de mis hombros.— El frío los matará antes del amanecer.

—Esos hombres tienen el fuego de la turba y la lana de su clan —siseó el Laird, recortando la distancia entre los dos con dos zancadas lentas y pesadas que hicieron crujir el barro seco bajo sus botas.— Y tú no vas a congelarte en mi cueva por jugar a la mártir. Abajo, ahora.

Apreté los dientes ante su tono, pero la helada que subía desde las losas heladas atravesaba ya mis huesos con la fuerza de cien dagas.

Me dejé caer sobre el lecho improvisado, hundiendo los pies en el pelaje denso de las pieles de oso.

El calor acumulado en las mantas era una tentación física a la que fue imposible resistirse.

Un segundo después, la sombra colosal de Gavin se inclinó sobre la gruta.

El Laird se tendió a mi lado bajo la pesada marea de mantas de lana. La estrechez del camastro de piedra y la necesidad primaria de conservar el calor vital para evitar la hipotermia disolvieron cualquier margen de separación.

Gavin se acomodó sobre su lado sano, y el frío glacial del ambiente me forzó a pegar la espalda desnuda y tiritante directamente contra la anchura descubierta de su pecho.

Un escalofrío violento me recorrió el espinazo ante el choque térmico.

La piel de su torso, febril y ardiendo a pesar de la penumbra de la cueva, despedía una calidez salvaje que me envolvió al instante.

Sentí el roce áspero de la lana de su plaid, el aroma penetrante a brezo seco pegado a su cuello y la contundencia de sus músculos tensos pegados a mis costillas.

—Te estás congelando, prisionera —murmuró el Sinclair junto a mi oreja. Su aliento tibio y salobre me abrasó la piel de la nuca, enviando una descarga eléctrica por toda mi columna.

—La piedra de tu fortaleza es un témpano de hielo —logré articular con la voz entrecortada, incapaz de controlar el ritmo desbocado de mis pulsaciones.

Gavin no respondió con palabras. En lugar de apartarse, extendió su brazo derecho —el sano— sobre mi costado.

Su mano enorme y fría se posó sobre mi cintura con un agarre destructivo, hundiéndose en los pliegues del vestido y tirando de mi cuerpo hacia atrás hasta aplastar por completo mi cadera contra la suya.

El contacto fue tan brutal como absoluto. Sostuvo mi peso contra la firmeza inexpugnable de su anatomía, anulando cualquier posibilidad de distancia.

Sentí la elevación pesada de sus pulmones contra mi espalda, acompasada por el latido denso, grave y furioso de su corazón golpeándome entre los hombros.

—Sostén la respiración y no te muevas —siseó el Laird contra mi cabello despeinado, con un murmullo posesivo que hizo vibrar el aire en la gruta.

—No soy tu escudo contra el frío, Gavin... —protesté en un hilo de voz que delató mi propia debilidad, mientras mis dedos tiritantes buscaban a tientas el borde de las pieles para no aferrarme a su brazo.

—Eres lo único que me mantiene despierto en este infierno —susurró él, pegando su boca a la curva entre mi cuello y mi hombro en una caricia contenida y fiera que me congeló el aliento en la garganta.

En la penumbra sepulcral de la gruta, rodeados por la humedad del acantilado y la amenaza inminente del amanecer, la barrera final de mi odio se desmoronó bajo el calor abrasador de sus pieles unidas.

Cerré los ojos, pegándome a la solidez de mi captor y aceptando que el refugio más peligroso de las Highlands estaba en el abrazo feroz del hombre que sostenía mi vida sobre la roca desnuda.